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Los Museos de Arqueología. Ausencia del Presente en las representaciones del Pasado

Lic. Delfino, Daniel D.*
Lic. Rodríguez, Pablo Gustavo**

"Me parece bárbaro todo lo que tienen
de los indios, las momias...No es para
ir muy seguido. Te aburris". 

-Jorge Villanueva-
(31 años, gastronómico. La Plata, 1992)


Respondemos a la convocatoria a abordar la problemática museológica en ocasión de conmemorarse el quinto centenario del arribo de Cristobal Colón a este continente, con algunas reflexiones sobre los museos de arqueología, desde una óptica antropológica.

En varios trabajos anteriores (Delfino y Rodríguez, 1989a, 1989b, 1991, 1992a, 1992b) hemos venido dando forma a una concepción y práctica de la arqueología como ciencia socialmente útil, desarrollando una idea tomada de Varsavsky (1982:46). Es desde este marco que valorizamos los papeles que desempeñan los museos de arqueología, tema que nos ocupa en esta ocasión.

Se ha dicho de los museos en general que "[...] expresan una posición frente a la sociedad, frente a la historia [...] . Todos los museos tienen un sustento ideológico y lo expresan en su organización, en su estructura, en los servicios que ofrecen, en la selección de sus ediciones" (Lumbreras, 1980:20; véase también García Canclini, 1989b:16-17). Es igualmente cierto que los museos de arqueología llenan funciones educativas y guardan una relación con la formación/consolidación/reinterpretación de las identidades sociales y culturales. ¨ Pero qué imagen del pasado queremos brindar a través de ellos?. De algunos museos de arqueología se ha dicho que cumplen "[...] un rol alienante en contra del pasado aborigen", promoviendo "[...] nuestra separación histórica con ese pasado y nuestra identificación excluyente con la tradición occidental" (Lumbreras, op.cit. p. 21). De otros se ha dicho que constituyen "museos de la élite" donde se relata el esplendor de las antiguas clases dirigentes, el boato de la vida cortesana y la monumentalidad de las obras de estado. En otros museos se ha buscado resaltar la vida cotidiana de las diversas capas sociales, trabajadores, artesanos, esclavos, comerciantes, y minorías. Concentrarse en destacar los "altos niveles de desarrollo" logrados en las artes, la arquitectura y la ingeniería alentaría de alguna manera en el visitante la impresión de que "todo tiempo pasado fue mejor" para esos pueblos cuyos descendientes conocemos hoy viviendo en condiciones mucho menos confortables.

A través de los museos podemos también presentar, junto a "las maravillas" del pasado, una imagen total del contexto social y de su desarrollo histórico que incluya las causas y las explicaciones de los cambios producidos.

Un museo que no muestra los lazos históricos que unen el pasado arqueológico a nuestro tiempo no permite que el conocimiento de ese pasado sirva para la mejor comprensión y transformación de nuestro presente.

Para que un museo arqueológico desempeñe eficazmente una función educativa no puede limitarse a dar un relato parcial de la vida de las elites dirigentes ó de las obras monumentales. Debería intentar ofrecer una visión crítica de la historia que una el pasado con nuestro presente de tal manera que pueda ser apropiado por el visitante, incluso el visitante ocasional, sin una preparación especializada. Esto se ve facilitado por el tipo de participación que el visitante tiene en la producción de la exposición. En este sentido los museos de sitio son más propicios que los grandes museos metropolitanos debido a que se prestan más a la integración con actividades locales como la artesanía, para constituir museos integrales cooperativos, u otros centros de actividad comunal. Esta manera de concebir los museos y su papel en la producción de un relato sobre el pasado es relativamente reciente y se refleja no sólo en el modo de presentar los materiales que se ofrecen al visitante sino en el mismo diseño arquitectónico, el cual constituye un modo de organizar el espacio, como medio signifcante, para transmitir mensajes. Estas ideas se entenderán mejor si las ilustradamos con algunos ejemplos.

Para ingresar al Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata se debe ascender por una amplia escalinata. Considerando la jerarquización del espacio característica de la tradición occidental, donde "superior" connota el sentido de "más ó mejor", hemos de entender que nos estamos "elevando" hacia el saber. Asimismo, hasta hace pocos años, las salas de ciencias naturales (biología, paleontología, geología) se hallaban exclusivamente en la planta baja y la planta alta se reservaba para las salas de etnografía, arqueología y antropología física, puesto que, de acuerdo a la visión aristotélica, el hombre ocupa el lugar m s "elevado" en la escala evolutiva. Más allá de esta macrodisposición, dentro de las salas de arqueología los materiales tienen un orden poco preciso de presentación. Desde el mismo estilo y estado del edificio, la pobre iluminación, hasta la forma descontextuada y amontonada en que se exhiben las piezas, reproduce los museos del siglo XIX . Generado como un depósito de los "botines de guerra" de la Conquista del Desierto, en una época en la que los indios eran considerados como animales (de ahí su ubicación en un museo de ciencias naturales), sus vitrinas semejaron durante mucho tiempo las de un almacén antiguo proveyendo de muy escasa información de manera tal que sólo quienes poseían un conocimiento de lo que allí se mostraba puedían sacar algún provecho educativo de su visita. Usualmente los estudiantes de arqueología recorren sus salas para ver "en vivo" las piezas que conocen ya por los libros.

Los criterios de selección de los materiales para exhibición han sido típicamente lo más bonito, lo más grande, lo más antiguo, lo único, lo original, lo exótico, y lo que está  completo (Idénticos criterios utilizó la UNESCO en forma explícita, al seleccionar los bienes culturales que integran la "lista del patrimonio mundial de valor universal" -UNESCO 1977:242-). La mayor parte de sus colecciones proceden de lugares distantes del país y algunas del exterior. Es decir que no guardan relación directa con la población local.

Por diversos motivos no ha sido una práctica común la de conservar los materiales arqueológicos en instituciones próximas a sus lugares de procedencia. Del mismo modo que en los últimos dos siglos los museos europeos constituyeron sus colecciones sobre la base del saqueo de bienes culturales a sus colonias, los grandes museos nacionales, lo hicieron sobre el despojo del interior. Esta estrategia reprodujo una suerte de "colonialismo interno", bajo el signo ideológico del positivismo y el proyecto político de la Generación del '80.

Ahora bien, a nivel internacional comenzó en la década del setenta un movimiento en sentido inverso, de restitución o repatriación de bienes culturales (Stétié, 1981; Cater, 1982; Lavondés, 1981; Clark, 1986). En muchos casos la iniciativa parte de los países de procedencia de esos bienes; en otros, procede de los propios "conservadores" metropolitanos. En la década anterior, instituciones como el Museo Británico, de Londres, o el Museo de Australia Meridional, en Adelaida, habían puesto en marcha programas de restitución de bienes culturales a sus dueños originales (Anderson , 1990; Shaw, T.,1986). La UNESCO ha actuado en muchos casos como intermediaria o facilitadora de estas transacciones (UNESCO, 1989, 1988, 1986).

Esto nos hace pensar en la posibilidad de un movimiento análogo en nuestro país, de alguna forma de restitución de los objetos concentrados en los grandes museos capitalinos a los museos regionales, locales o incluso a sus propietarios originales, cuando ellos aún existan como grupo con identidad cultural propia. Ya existen antecedentes en este sentido, como el reclamo de los restos de los caciques Pinzén e Inacayal efectuado por aborígenes que afirman ser sus descendientes al Museo de La Plata donde se hallaban depositados.

Otro ejemplo interesante para analizar qué vision del pasado puede presentar un museo nos lo ofrece la descripción que brindaba en los años 70’s un arqueólogo del Tercer Mundo de la exposición denominada "Los tesoros de Tutankamón", presentada en Inglaterra en 1972-73. La muestra fue realizada con materiales prestados por el gobierno egipcio, pero organizada e interpretada por sus anfitriones ingleses. Según el profesor A.Gidiri los britá nicos "[...] pusieron el énfasis en la riqueza de los tesoros, el esplendor del arte y la extraña historia y destino del faraón y su tumba [...] Los cultos religiosos, los símbolos rituales, las crisis espirituales, nuevos y viejos dioses, las intrigas de sacerdotes y cortesanos, los reyes muertos y las reinas viudas - toda la habilidad de los anticuarios eruditos legitimizó la mistificación y romantización de Tutankamón y el Egipto Antiguo de su tiempo. Fue como si estos importantes tesoros históricos fueran despojados de su particular dimensión histórica y se volvieran en cambio en vehículos para los sueños románticos y los dramas emocionales del arte y la literatura burguesa occidental. Nada se decía de la sociedad de la época, de la vida del pueblo sobre el que gobernó Tutankamón, o del sistema esclavista que hizo posible que tal riqueza y destreza artesanal fuera prodigada sobre el gobernante muerto, ahora convertido en un inadvertido héroe de un drama moderno" (Gidiri, 1974:433).

"No se hizo ninguna mención de los trabajadores egipcios que realmente condujeron la excavación y encontraron la evidencia vital de los escalones que llevaban a la tumba [...] La `Egiptología' imperialista levantó una pared histórica artificialmente entre el Egipto faraónico y ptolemaico y el Egipto arabo-islámico a fin de reclamar a la antigua cultura como parte de su propia genealogía. Así, Carter es descripto como `un arqueólogo estudioso y dedicado que"[...] dió al mundo una comprensión única de la cuna de la civilización occidental- la tumba de Tutankamón'" (idem. p.434).

El mismo autor, contrasta esta exposición anglo-egipcia con otra que se realizó en Francia casi simultáneamente, con objetos procedentes de China. A diferencia de la anterior el ordenamiento e interpretación de la exposición "El genio de China", que quedó completamente en manos de los propios chinos, es presentada como "[...] el producto de una labor arqueológica colectiva y anónima, llevada a cabo por cientos de trabajadores, campesinos, soldados e intelectuales revolucionarios" (idem.). En ella la interpretación "[...] conducía nuestra atención a la extravagancia de los gobernantes feudales y su ruda explotación y opresión del pueblo. Al mismo tiempo, evocaban [...] la destreza consumada del pueblo trabajador de la China Antigua, fuente de esas ricas obras de arte" (idem. p.435).

Esta descripción se asemeja, a su vez, a la que da L. Lumbreras del Museo Nacional de Antropología y Arqueología de Perú:

"Se trata de que el visitante del museo se impresione más que con los objetos mismos, con el proceso social que los produjo [...] los objetos sólo son el producto del trabajo social, hay pues que conocer al trabajador y no a los objetos" (Lumbreras, 1983:12).

La exposición china y el museo peruano constituirían ejemplos de museos "no de élite", y quisiéramos diferenciarlos en conjunto de los museos de sitio debido a que estos últimos ofrecen mayores oportunidades para un involucramiento de la población debido a su carácter local.

La experiencia del museo arqueológico de El Caño, Panamá nos servirá para ilustrar esta particularidad. Museo de sitio, basado en tradiciones étnicas e históricas donde se exhiben las piezas descubiertas en el  área. Incluye la exposición abierta al público de uno de los montículos funerarios completamente excavados, con los objetos fúnebres.

Con el fin de albergar las colecciones exhumadas del sitio, la Dirección Nacional del Patrimonio Histórico de Panamá   mandó construir una gran casa de estilo precolombino tal como fuera descrita y dibujada por uno de los primeros españoles que llegaron a la región entre 1516 y 1520. La obra fue llevada a cabo con materiales similares a los mencionados en las crónicas y por campesinos de la zona conocedores de la tecnología arquitectónica indígena. Su interior también fue preparado de acuerdo a las descripciones, utilizando, además de los objetos arqueológicos rescatados de las excavaciones, maniquíes que representan a los aborígenes, su vestimenta, los cuales, al igual que los tapices y el adorno de sus cabellos, fueron confeccionados por artistas panameños que se inspiraron en la cerámica y la orfebrería arqueológica. La ambientación fue complementada con música interpretada en ocarinas y otros instrumentos antiguos autóctonos.

El museo arqueológico incluye también un pequeño huerto adyacente a la casa, con las especies de cultígenos hallados en el sitio. Cada uno de ellos identificado con su nombre científico y local (Torres de Aráuz, 1982a).

En Agua Blanca, Ecuador, la población local (en su mayoría, campesinos pobres) recurría al huaqueo y comercialización de piezas arqueológicas como un complemento de sus bajos recursos económicos. Juntamente con la tarea de construcción del museo de sitio se emprendió un proyecto para aliviar las necesidades materiales de la población creando nuevos medios de subsistencia, con el propósito de desalentar el saqueo de los sitios con fines lucrativos.

El equipo de profesionales buscó la ayuda de los vecinos sabiendo que alcanzaría sus objetivos (preservación del patrimonio arqueológico para su estudio científico) en la medida en que cooperara para realizar los de los habitantes de Agua Blanca (mejoramiento de sus condiciones de vida material).

Se mantuvieron reuniones "[...] entre el equipo arqueológico y el concejo de la aldea [...] " donde se discutían "[...] no sólo los trabajos llevados a cabo en el yacimiento sino también otros temas relacionados con la vida de la comunidad" (Hudson y McEwan, 1987:127). Se logró un alto grado de interés y movilización de la gente por las tareas científicas realizadas. Los carpinteros de la aldea, en colaboración con un diseñador, confeccionaron las vitrinas para el museo que se instaló en la casa comunal. Los responsables del proyecto afirman que: "A medida que avanzaba el trabajo, el entusiasmo de todos [...] acabó por suscitar un interés tan grande que los aldeanos terminaron por ceder de buena gana sus objetos para la exposición" (idem., p.128). La misma se inauguró con una ceremonia muy animada, organizada por la comuna. Experiencias similares se realizaron en el Museo de Real Alto, Ecuador (véase Alvarez, 1990; Marcos, 1990).

Los responsables de los grandes museos metropolitanos suelen oponerse a la descentralización de las colecciones, argumentando que los museos locales y provinciales no ofrecen las condiciones de seguridad e idoneidad necesarias para una buena conservación de los bienes a su cargo y que la inestabilidad política de los gobiernos provinciales y municipales en los países subdesarrollados ó de la periferia no pueden garantizar la continuidad en la atención del patrimonio cultural. Hasta cierto punto es comprensible esta renuencia ya que casi "[...] ningún conservador está  dispuesto a renunciar de buen grado a un objeto que le es caro, por el cual siente apego, y que constituye uno de los principales atractivos de la colección de su museo" (Shaw, 1986:46). Los conservadores suelen justificar la permanencia de los materiales en los museos centrales argumentando que los retienen en calidad de guardianes, y que en estas instituciones se brinda a las colecciones la mejor seguridad, así como la atención más idónea y contínua.

Sin embargo la experiencia enseña que la estrategia más segura es la descentralización. "Es muy difícil predecir donde reside la mayor seguridad. Se suele considerar que, Europa es más segura que los países de Africa o del Medio Oriente, pero si Schliemann no hubiera sacado ilegalmente de Turquía el llamado tesoro de Priamo para entregarlo al Museo de Berlín, no habría desaparecido en durante la guerra mundial y tal vez hoy fuera posible admirarlo (idem. p.48). Asimismo durante la época de la guerra fría las autoridades del Museo Brit nico seguían considerándolo seguro, cuando Europa se había convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo, sembrada de misiles Pershing II y sus homólogoss soviéticos ("Bastaría la explosión de un SS 20 a dos o tres kilómetros del Museo Británico para convertir en chatarra buena parte del patrimonio de la humanidad" [ibidem. p.48] ).

Otro argumento esgrimido contra la restitución del patrimonio y la proliferación de museos locales y de sitio dice que a causa de su carácter de "pequeña escala", su fundación suele responder a alguna motivación personal de un funcionario de turno. Como estas personas son nombradas en sus cargos por autoridades electivas, suelen cambiar cuando estas finalizan su mandato, o incluso antes, después de las elecciones internas del partido oficialista. Con el recambio de autoridades el museo suele ser desatendido con el consiguiente deterioro o en ocasiones la pérdida parcial de sus colecciones. Hechos de este tipo efectivamente ocurren. Pero no consideramos válida la objeción porque ello es así sólo cuando los museos municipales o provinciales son "pequeños museos de élite"; es decir cuando no son el resultado de un interés colectivo, o no responden a las necesidades de la comunidad local, y cuando ésta no ha tenido mayor ingerencia en su creación y administración. En suma cuando les es ajeno.

Hudson y McEwan extraen estas reflexiones de la experiencia de Agua Blanca:

"[...] rara vez se oye hablar de intentos de intervenir de modo positivo en los medios populares para alentar a las poblaciones indígenas a ver en las antigüedades prehistóricas algo más que objetos de un valor económico inmediato. Cuando la gente conoce su pasado y est  orgullosa de él, está  menos dispuesta a separarse de objetos en los que puede reconocer componentes importantes de su identidad cultural. En vez de satisfacer el placer personal de una minoría, estos objetos pueden enriquecer las vidas de sus legítimos guardianes: los descendientes de quienes los fabricaron" (ibidem, p.125).

Como afirma Chesneaux: "La relación de nuestra época con cada época del pasado es más importante que la relación de cada época del pasado con el resto del pasado" (Chesneaux 1984:75). Habitualmente el pasado cobra sentido para nosotros en base a su vinculación con nuestro presente. En este sentido, el discurso sobre el pasado que transmiten los museos de arqueología, es siempre, aunque en forma diferida, un discurso sobre el presente. Es una excusa para hablar ahora de nuestro ahora. El presente condiciona nuestra visión del pasado a la vez que esta última es utilizada en la tranformación de nuestro presente. La utilidad social de los museos de arqueología es una "función" de la cantidad de vínculos que estos puedan establecer entre la actualidad y el pasado arqueológico. Cuando tales vínculos están ausentes, el público se siente ajeno al relato transmitido por medio de las colecciones. Esta situación se presenta cuando los museos de arqueología son preparados en consideración a los problemas "científicos" exclusivamente. Sobre esta base conviven el reconocimiento de los logros culturales de pueblos "arqueológicos" con el silencio respecto del deterioro en las condiciones de vida y los derechos de sus descendientes tras 500 años del asépticamente llamado "contacto" con el "hombre blanco" .¨ En qué serían diferentes los museos de arqueología si las naciones indias del continente compartieran en ellos el poder de decisión junto a museólogos y arqueólogos, respecto de qué piezas exhibir, como distribuirlas y como organizar las colecciones ?. ¨ Cómo sería un Museo del Quinto Centenario, por ejemplo, donde "la visión de los vencidos" se expresara junto a la oficializada del "Descubrimiento de América " o la del "Encuentro de dos Mundos" ?. Tales museos podrían parecer menos eruditos, pero tal vez estarían en mejores condiciones de cumplir la función educativa que se pretende que cumplan y que a veces tan infructuosamente se esfuerzan en desempeñar, no pudiendo evitar que sus visitantes "se aburran". Lo cual ocurre sencillamente porque esos museos no les hablan de las cosas importantes de la vida, ni de su época; porque no conecta los problemas de nuestra sociedad moderna, ni las inquietudes, necesidades, aspiraciones y sueños de los hombres y mujeres de hoy día con el pasado del que se pretende dar cuenta.

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