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Las jerarquías simbólicas del patrimonio:
distinción social e identidad barrial en el Centro Histórico de la ciudad de México

Ana Rosas Mantecón
Departamento de Antropología
Universidad Autónoma Metropolitana

 Introduccion

A lo largo de las últimas décadas la periferia de la ciudad de México ha conseguido una creciente importancia demográfica, territorial y económica. No sólo se han ido formando numerosos subcentros, sino también ha habido un proceso de desplazamiento y yuxtaposición de las funciones del centro hacia la zona poniente [1] . No obstante, podemos reconocer todavía una zona central principal con una intensa combinación de usos económicos, políticos y culturales.  Se trata de un territorio que condensa seis siglos de historia urbana, en donde múltiples actores compiten por la definición de su vocación espacial: grandes y pequeños propietarios inmobiliarios, inquilinos, artesanos, comerciantes establecidos y ambulantes,  diversos capitales, empleados, prestadores y usuarios de servicios recreativos, partidos políticos y,  desde luego, el aparato gubernamental.  Concentra la mayor densidad de monumentos  históricos no sólo del país sino de América Latina [2] : además de restos arqueológicos y cientos de edificaciones coloniales,  varios de los principales museos de arte e historia, teatros, cines, parques, plazas y centros de espectáculos de carácter popular, y sigue siendo el referente político y simbólico por excelencia del país. Dentro de esta zona central se localiza el Centro Histórico: se trata de un área, delimitada oficialmente, que comprende aproximadamente 668 manzanas y una superficie de 9.1 km2.

Junto a la magnificencia de múltiples construcciones, destaca la degradación extendida de los edificios. La otrora ciudad de los palacios se ha venido convirtiendo peligrosamente en una ciudad en ruinas, tras la desaparición o deformación de buena parte de los testimonios arquitectónicos, sobre todo en la parte este, norte y sur, en donde se mantienen la vivienda y las actividades populares. 

El problema del deterioro es un asunto complejo. Un primer reto radica en no sucumbir a la tentación de señalar maniqueamente a culpables aislados de la degradación de los monumentos: que si los decretos de rentas congeladas [3] de los años cuarenta, la voracidad del capital inmobiliario, el proceso de popularización que arrancó con las Leyes de Reforma del siglo pasado, el cambio acelerado de uso del suelo que ha devenido en una terciarización [4] de la vocación del espacio central, etc. Es necesario entender históricamente cómo se han ido articulando diversos factores que afectan a los monumentos, tanto de orden físico como social y político: deterioro natural, hundimiento y desnivelación del suelo por extracción de agua, temblores, lluvia ácida, así como la subdivisión, sobreexplotación y uso inadecuado de muchas construcciones -hacinadas viviendas, talleres, comercios y, sobre todo, bodegas.

Los procesos de transformación de la zona central suponen la existencia de un conjunto de actores con diferentes estrategias mutuamente referidas, que no pueden ser interpretadas como emergiendo simplemente de un cálculo limitado a intereses económicos independientes y absolutos [5] . Estos cuestionamientos nos obligan a reconocer múltiples escenarios problemáticos, como la multideterminación de las políticas públicas, la relación de los habitantes y de diversos sectores de la sociedad civil con el patrimonio y la presencia de capitales que, a través de diversas alianzas, también intentan ampliar sus espacios y esferas de acción en la zona. Desde esta perspectiva, por ejemplo, el Estado puede ser visto como un interlocutor directo, con un papel más protagónico en la cuestión patrimonial.

En la búsqueda de legitimación a través de la utilización de determinados espacios, el Estado sacraliza funciones y jerarquías que, por otra parte, permiten legitimar o excluir otros usos. Uno de los que ha sido más desdeñado desde las políticas sacralizadoras de conservación del patrimonio ha sido el habitacional, que es justo el que ha permitido mantenerse en pie -aunque sea precariamente-  a buena parte de las construcciones históricas. Este proceso ha contribuído al despoblamiento progresivo del área, situación que no es nueva  -pues el centro de la ciudad de México no ha cesado de perder habitantes desde mediados de siglo-, ni exclusiva de nuestra ciudad, pues en otros centros de las grandes ciudades europeas y norteamericanas ocurren fenómenos similares. De hecho, la historia de esta zona ha sido la de vastas construcciones que vieron transcurrir por ellas a ricos habitantes, que cedieron el paso a inquilinos menos afortunados, quienes a su vez son progresivamente expulsados por la expansión de las actividades de comercio y servicios, en detrimento de otros usos del espacio. 

Con excepción de las intervenciones posteriores a los sismos de 1985, las acciones encaminadas a  regenerar el patrimonio histórico se han restringido a ciertas edificaciones monumentales. No obstante su limitado rango de acción [6] , la rehabilitación postsísmica realizada por Renovación Habitacional Popular (RHP) [7] demostró las posibilidades de incluir a los monumentos en los programas habitacionales de carácter masivo realizados por el Estado, alentando la permanencia de la población que tiene arraigo en el centro y sentando las condiciones para la conservación de esta importante parte del patrimonio de nuestra ciudad.

     Con los decretos expropiatorios y la creación de dicho programa, la situación  para diversos damnificados del Centro Histórico cambió radicalmente: se abrió la posibilidad de pasar de inquilinos de desvencijadas vecindades [8] a condóminos de una vivienda nueva o rehabilitada. Por lo que respecta a los habitantes de las vecindades catalogadas como monumentos históricos por el INAH, ante la posibilidad de rehabilitación de la vivienda o construcción de una nueva, en un primer momento la opinión mayoritaria se inclinaba por la no permanencia en los edificios y la adquisición de vivienda nueva [9] , no obstante que ésta sería en general de menores dimensiones [10] . La opción por la vivienda nueva aparecía como la más segura en el marco de la reconstrucción postsísmica: dominaba el escepticismo por la falta de mantenimiento a los edificios y el estado de abandono en que se encontraban [11] , así como por las dificultades que interponía Renovación Habitacional Popular para rehabilitar.

El estudio de este caso fue producto de la puesta en práctica de técnicas de investigación cuantitativas, como la encuesta, y cualitativas, como la entrevista y el uso de imágenes fotográficas para favorecer la verbalización de una problemática no siempre fácil de explicitar [12] . Centraremos en esta ocasión nuestro análisis en el  papel de las representaciones del patrimonio en la disposición a mantenerlo por parte de sus habitantes. La rehabilitación y el cambio de propiedad no garantiza dicha disposición. No obstante que el proceso de rehabilitación gubernamental de los monumentos propició una revaloración del patrimonio habitacional, ésta fue en cierta manera incompleta. Por revaloración incompleta nos referimos no sólo a que apenas un sector de los ahora condóminos ha sido partícipe de ella, sino a que no se ha transformado significativamente  la  jerarquía  simbólica  del  patrimonio    -compartida por diferentes sectores sociales de la ciudad- que, en términos generales, valora el monumental sobre el popular, como mostraremos enseguida. Mientras no se dé una revaloración integral del patrimonio cultural, se dificultará la disposición colectiva para la inversión de tiempo y recursos en  conservación.

Por vivir en quinto patio: las jerarquías simbólicas del patrimonio

Jerome Monnet asegura en su investigación sobre los usos e imágenes del Centro Histórico, que en el complejo imaginario asociado con esta zona hay una visión muy positiva sobre su patrimonio [13] . De hecho, a nivel general, funciona como el punto de referencia urbano por excelencia, acumulando una dimensión simbólica tal, que al interrogar a los habitantes de las vecindades rehabilitadas por los lugares a los que llevarían a pasear a un visitante, el 60% mencionaron espacios comprendidos en su perímetro.

Si bien es innegable esta valoración positiva general del conjunto monumental, una mirada más atenta nos permite vislumbrar que en ese conjunto reconocido no se incluye todo el patrimonio. Habría que precisar tal vez que sí se incluye, pero de manera jerarquizada: tiende a valorarse más lo prehispánico que lo colonial, lo arquitectónico que lo intangible, lo monumental que lo popular. Así, las representaciones [14] que sobre el patrimonio se han formado los habitantes de las vecindades rehabilitadas están estructuradas de acuerdo a un particular orden cultural que les da sentido. Más que hablar de una jerarquía del patrimonio, deberíamos referirnos a un conjunto articulado de ejes jerárquicos, definidos en términos dicotómicos: colectivo/individual, público/privado, pasado prehispánico/pasado colonial, uso escenográfico/uso práctico-cotidiano, alta cultura/cultura popular, sagrado/profano, que se estructuran de manera cambiante, de acuerdo a situaciones específicas que modifican las jerarquías.

En las primeras etapas de la investigación, la preferencia por la vivienda nueva la interpretamos como parte de una desvaloración o rechazo a lo viejo, lo pasado, y lo contrastábamos con lo que sucede a otras clases sociales. Nos referimos a una tendencia que si bien es mucho más marcada en los países desarrollados, ha tenido también repercusiones en México. Dice Rosa Queralt, refiriéndose a Europa:

Si el futuro tuvo prestigio hasta los sesenta, en la última década -y sobre todo hoy- vivimos la fascinación del pasado: la música y las canciones tradicionales, las labores de punto, los bordados y los encajes, la cerámica y el tapiz, el redescubrimiento del vidrio, la madera, la paja o el algodón, la cocina popular, las ediciones facsímil, la vuelta a la fiesta y al ritual colectivos, la medicina natural, el hasta ahora desconocido respeto por los barrios y edificios antiguos [15] .

La última encuesta que realizamos [16] nos permite matizar esa posición, ya que el rechazo parece darse específicamente a la representación de la vecindad y a lo que ha venido simbolizando históricamente y no a su carácter de antigÜedad. Este tipo de edificaciones fue sujeto de crítica social desde fines del siglo pasado, por sus condiciones higiénico-sanitarias y hacinamiento; su mala fama fue explotada primero por la novela y, posteriormente, por la música y el cine. En contraposición a las vecindades, se fue oponiendo, desde los años cuarenta de este siglo, a los multifamiliares, que representaban el ideal moderno del habitar para los sectores que no podían acceder a la vivienda unifamiliar [17] .

Encontramos que en la jerarquía del patrimonio que comparten los habitantes de vecindades rehabilitadas uno de los ejes más claramente identificables es el prehispánico-colonial. Al exponerles el caso de las excavaciones del Templo Mayor, les preguntamos su parecer acerca de la demolición -realizada por el gobierno- de edificios coloniales y el 70% estuvo de acuerdo,  argumentando que vale la pena evidenciar "la historia más antigua", que "es más mexicano lo arqueológico" y el que el deterioro era "inevitable".  Encontramos las huellas del proyecto nacionalista que finalmente triunfó hace un siglo, cuando vemos que el aprecio por lo colonial fue manifestado expresamente por apenas el 3.1%. La noción de patrimonio se forjó en México al mismo tiempo que el nacionalismo. Los intelectuales criollos de finales del siglo XVIII, en la búsqueda por dar sustento a una identidad nacional independiente,  incorporaron la herencia cultural realizada antes de la Conquista.  Así, utilizaron el patrimonio como instrumento de apropiación de un pasado y de rechazo del otro (el español). Una y otra vez el Estado mexicano ha buscado establecer una filiación directa con los aztecas, extrayendo los beneficios simbólicos para la magnificación y la  reproducción de su poder, tal como fue el caso de las excavaciones del Templo Mayor, en pleno centro de la ciudad de México.

Ante la demanda de su parecer de que por la construcción de alguna obra de infraestructura o regeneración urbana se afectaran diferentes espacios, el más apreciado resultó ser el Templo Mayor. No hubo nadie  a favor de que se tocara este espacio.

 

CUADRO 1

¿Qué opina de que por la construcción de alguna obra de infraestructura o regeneración urbana se afectara:

En contra Lo mismo A favor
Catedral 94.5  2.9 2.5
Bellas Artes 95.8 2.5 1.3
Palacio Nacional   92 5 2.9
Templo Mayor  96.6 3.4 0
Museo de la cd. de Méx.   97.1 2.5 0.4
Vecindad considerada mon.   83.2 10.5 5.9
La Alameda   92 5.9 2.1
Zócalo   96.2 2.9 0.8
Barrio de la Merced  63.4 13 23.1
El Caballito  87.4 8.8 3.8

 

El análisis del cuadro número 1 nos permite reafirmar la hipótesis de que el estigma se carga sobre la vecindad y no sobre su carácter de antigÜedad: la mayor indiferencia hacia una afectación se dió en torno a una vecindad considerada monumento. Junto con el barrio de la Merced, es la que menor simpatía despierta. Pareciera que la desvaloración se extiende de la vecindad al barrio, en particular, el de La Merced, cuya imagen mediática es muy negativa [18] .

Si nos detenemos en el cuadro número 2 podemos corroborar los planteamientos anteriores e ir precisando a qué nos referimos cuando afirmamos que tras la rehabilitación hubo sólo una revaloración parcial del patrimonio.

CUADRO 2

¿Qué conforma nuestra herencia cultural? (fotos)

si no
Templo Mayor 98.7 0.8
Danzantes  90.3 9.7
Iglesia  92.4 7.6
Escribanos 68.1 30.7
Vecindad deteriorada  72.7 27.3
Convento de las Mercedes 95.4 4.2
Zapatero  70.6 27.3
Vecindad rehabilitada 84.9 15.1
Edificio arq. posmoderna 77.3 21.8
Ofrenda de muertos  93.7 5.9

 

En esta ocasión les mostramos una serie de fotografías para que elegieran aquellos elementos que formaban parte de nuestra herencia cultural. Una vez más, en el cuadro número 2 observamos que el carácter prehispánico tiene un peso definitivo en la valoración de los monumentos. El Templo Mayor aparece como parte indiscutible de nuestro patrimonio, con el mayor porcentaje.

Así como en las políticas estatales hacia el patrimonio, en las jerarquías simbólicas que ahora exploramos parece pesar más lo arquitectónico que lo intangible: con excepción de los danzantes, los escribanos y los zapateros gozaron de menor legitimidad como parte de nuestra herencia cultural. Aunque tal vez, dicha subvaloración haga mayor referencia -entre algunos entrevistados- a su carácter popular.

El deterioro ha sido, sin duda, un factor que ha pesado en la valoración negativa de las vecindades. Como podemos apreciar en el cuadro número 2, al mostrarles dos fotos, una de una vecindad rehabilitada y otra deteriorada, casi la tercera parte de los entrevistados consideró que una vecindad deteriorada no forma parte de nuestra herencia cultural pero, aún rehabilitada, un 15% siguió considerándola fuera. En el mismo sentido, ante la pregunta sobre dónde se fotografiarían en el centro de la ciudad, mientras el 21% lo haría en el Zócalo tan sólo el 1.3% lo haría en su propia vecindad y el 0.5% en su barrio. 

Algunos mostrarían cuando mucho  la parte exterior. Es curioso como el fachadismo [19] que ha predominado en la política oficial de restauración en el Centro Histórico, ha dejado también su huella en ciertos habitantes. Frente a la pregunta sobre de qué parte de la vecindad tomaría fotos si tuviera que enviarlas a algún pariente,  la fachada (esto es, la parte exterior de la vecindad) ocupa la tercera parte de las respuestas, el patio el 20%, la propia casa el 6.8% y "nada" el 8%. Estas respuestas nos permiten vislumbrar las dificultades para que se transformen las valoraciones de un espacio una vez que se le haya restaurado, aunque ya empieza a verse el aprecio de algunos por ciertos elementos de su vivienda, como el altar, los arcos, los corredores, etc.

CUADRO 3

Con los siguientes temas, ¿un fotógrafo podría hacer una imagen bonita o fea?

Tema Bonita Fea
Escultura 89.5 3.4
Baile folklórico 89.9 8.8
Manifestación 18.9 80.7
Músico ambulante 54.2 41.2
Artesano 95 3.8
Edificio monumental 94.1 2.5
Monumento que es vivienda 68.5 23.9
Vecindad 52.1 38.7
Museo 97.1 1.7
Danzante 90.8 9
Comerciante ambulante 31.5 65.5

 

En el cuadro número 3 observamos  claramente la jerarquía del patrimonio, en el "abismo estadístico" que separa a los que consideran que el Edificio monumental y la Vecindad  sólo pueden ser objeto de una fea fotografía, y -aunque más matizado-, al Edificio monumental del Monumento que es vivienda.

En este mismo cuadro se aprecia que el estigma alcanza a la manifestación y al comerciante ambulante,  si observamos que el  80.7% de los entrevistados consideraron que no se puede tomar una fotografía bonita con la primera, y el 65.5% con el comerciante ambulante. Ambos se han destacado por invadir el espacio cotidiano de los habitantes del centro, pero también es cierto que han recibido una amplia difusión negativa a través de diversos medios de comunicación.

Si atendemos a lo que dijeron los condóminos sobre los espacios del Centro Histórico que se mostrarían a un visitante, el Zócalo es sin lugar a dudas el más importante. Constituye un espacio fundamental para mostrarnos pero también para reconocernos. Así, ante la pregunta de a qué lugares llevaría a pasear a sus hijos, también el Zócalo fue la opción más socorrida para una cuarta parte de los entrevistados.

No ocurre lo mismo con otros exponentes de nuestro patrimonio, como el Palacio de Bellas Artes y la Alameda Central. El primero pareciera constituir un espacio que funciona para mostrarnos orgullosamente hacia el exterior pero no como ámbito deseado de socialización que forme parte del mundo cotidiano. Mientras  el 7.6% llevaría a un visitante a Bellas Artes, tan sólo el 1.5% considera relevante que sus hijos lo conozcan. Por su parte, la Alameda Central -el mayor parque de la zona- goza de las mayores simpatías como espacio de recreación familiar para poco más de la quinta parte de los encuestados, mientras apenas el 4.7% llevaría allí a un visitante. Su carácter cotidiano, al igual que el del Zócalo, fue ampliamente mostrado  cuando los interrogamos sobre los mejores y los peores lugares para citarse con alguien, pasear, descansar, comer, echar relajo, etc.:  las fotografías de ambos espacios fueron seleccionadas como los espacios más deseables para la mayoría de las actividades propuestas.

Podríamos formular la hipótesis de que el patrimonio monumental, constituído por aquéllas obras únicas cuya relevancia arquitectónica o histórica cuenta con amplio consenso,  tiene como función estructurar la imagen urbana en el centro de la ciudad, más que servir como un equipamiento cuyo uso sea frecuente; por tanto, su papel podría valorarse como más emblemático que cotidiano. Así, al mostrarles un conjunto de fotografías de espacios característicos de la zona central, de manera general un 66.4% no ha los había visitado en el último año. Bellas Artes fue reconocido prácticamente por todos los entrevistados, pero sólo un 30% lo había visitado recientemente. 

La no cotidianeidad de los habitantes de vecindades rehabilitadas en su relación con los monumentos se vincula estrechamente a la sacralización de que son objeto, así como a la asociación entre patrimonio y uso educativo. Ante la posibilidad de que se permitiera el uso de pirámides o iglesias para  diversas actividades, un 77% (en promedio) se manifestó en contra de estos usos diversificados; el único medianamente tolerado fue la realización de conciertos de música clásica, considerada como legítima, ya  que  pertenece, junto con ciertas obras monumentales, a la alta cultura. Es curioso si lo contrastamos con el rock,  que suscitó el doble de oposición.

 

CUADRO 4

¿Qué opina de que se permitiera el uso de pirámides o iglesias para

a favor le da igual en contra
rock 16.8 3.4 79.8
fiestas 13.9 2.1 84
música clásica 46.6 4.2 48.7
concursos de belleza 16.4 2.1 81.5
comerciales 36.6 3.4 60.1
recepciones oficiales 25.2 3.8 71

 

La pregunta sobre el uso deseable de un convento rehabilitado nos permite mostrar más claramente el distanciamiento y la reverencia hacia los monumentos. Frente a las opciones de convertirlo en museo (36.3%), escuela (31.6) y biblioteca (12.2), es destacable el bajo porcentaje que consideró usos menos sacralizados y más cotidianos como vivienda (2.9%), hospital (7.1%), gimnasio (1.3%) u oficina (0.8%). Se presenta una  asociación entre monumento y, por tanto,  pasado, con un uso educativo y/o escolarizado. Lo lúdico se descarta como posibilidad. El problema con el distanciamiento de que es objeto el patrimonio es que obstruye las posibilidades de que sea apropiado como referente identitario, tanto a nivel barrial como nacional. Extraña paradoja: la gente que vive en el espacio donde se concentran con mayor intensidad las expresiones del patrimonio no se puede apropiar de éstas. Le son, en mayor o menor medida, ajenas.

Pareciera darse una suerte de deslocalización del patrimonio. Inquiridos sobre las similitudes y diferencias de las personas que viven en el centro entre sí y con las de  otras colonias, más de la mitad aseveró que existía una identidad de grupo diferenciada (55.5%). ¿En qué se basa la diferencia? No se enunciaron rasgos claramente compartidos por la mayoría, y sí varios que son  contradictorios entre sí, tales como: calmados (3.4%) o acelerados (10.5%), amigables (9.2%) o agresivos (6.3%). Lo que me parece más importante destacar es el bajo porcentaje que mencionó la identificación con el espacio y con la tradición (3.4%). Igualmente, al preguntarles por el elemento que más los identifica como mexicanos, una bajísima proporción consideró a los monumentos (0.8%).

Ciertamente, las nuevas condiciones de multiculturalidad y la consiguiente diversificación de los referentes identitarios nos ha obligado a los analistas sociales a transformar la visión estática del fenómeno (que vinculaba la identidad ineludiblemente a la tradición y al territorio). Las nuevas conceptualizaciones renoconen que el sentido de pertenencia a un grupo se desarrolla sobre la base de compartir un universo simbólico común (una representación colectiva que define una relación entre nosotros y los otros) que puede tener asiento sobre muy diversos fenómenos, no necesariamente territoriales o tradicionales.

La insistencia en las dificultades de esta población para apropiarse simbólicamente del patrimonio que habitan y para integrarlo positivamente dentro de sus referentes identitarios, no se inscribe en una nostalgia de la integración y la homogeneidad cultural supuestamente característicos de una ciudad  preglobalizada. Por el contrario, nuestra preocupación se centra en la exploración de las posibilidades de transformación de la identidad negativa, estigmatizada, que les impide reconocer y reconocerse colectivamente en ese patrimonio, así como participar activamente en las políticas referidas a su entorno.

El patrimonio como construcción social

¿Cómo explicarnos esta preferencia de los habitantes de las vecindades por la vivienda nueva?  El patrimonio cultural es, esencialmente, una obra colectiva, producida por el conjunto de la sociedad. Pero en las sociedades altamente diferenciadas la contribución a su construcción y el acceso de las clases sociales a ese patrimonio es diferencial. Grupos y clases se apropian de elementos culturales diferentes que son frecuentemente utilizados como instrumentos de identificación colectiva en oposición a otros segmentos. Como ha señalado Eunice Ribeiro Durham, este fenómeno no es totalmente recíproco:

el hecho de que las relaciones sociales estén permeadas por el poder significa que ciertos grupos consiguen, hasta cierta medida, imponer sus gustos y patrones estéticos y morales, decidir qué es lo mejor para los otros o, inversamente, impedir que segmentos de los dominados tengan acceso a bienes culturales altamente privilegiados [20] .

      En la investigación encontramos que entre los habitantes del Centro Histórico se conoce y comparte una visión monumentalista y sacralizante sobre el patrimonio:  tienden a ser más valoradas la historia de las clases dominantes y las edificaciones "monumentales" y "artísticas",  consideradas histórica y estéticamente como únicas y de valor excepcional, en detrimento de los edificios no monumentales y la historia de las clases populares. El patrimonio monumental es, para estos habitantes del centro,  sinónimo de "cultura", de saber, mientras que el patrimonio no monumental es sinónimo de no arribo a la modernidad, de un bajo  peldaño en la escala social. Así, a la sobrevaloración de un determinado tipo de patrimonio, se aúna la valoración negativa del patrimonio habitacional conocido como vecindades.

La relación del patrimonio con la identidad puede ser problematizada sólo si lo concebimos como construcción social:  conceptualización que pone en evidencia el acceso diferencial al patrimonio  y su papel como instrumento de identificación colectiva de un grupo o clase frente a otro, pero también como instrumento de diferenciación social. En el caso que analizamos, debido a la identificación de "patrimonio cultural habitable" con "vecindad derruída", esto es, a la estigmatización por otros y por ellos mismos de dicho patrimonio, se dificulta la integración de éste como base de la identidad de los habitantes del Centro Histórico.

La conceptualización del patrimonio cultural, generalmente entendido como las expresiones culturales de un pueblo que se consideran dignas de ser conservadas, ha transcurrido un largo camino. Desde sus orígenes, en el siglo XVIII, la noción ha estado estrechamente vinculada a la de acervo de obras apreciadas como valiosas [21] . Su legitimidad, amparada en el prestigio histórico y simbólico, aparece como incuestionable y su carácter de herencia excepcional  ha llevado a desconsiderar el análisis de la relación con ella por parte de los diferentes sectores de una sociedad; ésta no podría ser otra que la de la admiración y el cuidado. En caso de no darse tales, las razones se ubican generalmente en la desatención y la ignorancia. En las últimas décadas, cuando los estudios dejaron de centrarse  exclusivamente en el sentido interno de los objetos o bienes culturales, y pasaron a ocuparse de su proceso de producción y circulación social, y de los significados que diferentes receptores les atribuyen, la noción del patrimonio como acervo resultó inoperante. Se hicieron evidentes las desigualdades en la constitución y en la reproducción cotidiana del patrimonio cultural, por lo que algunos autores fueron formulando la conceptualización de éste como construcción social, esto es, como una cualidad que se atribuye a determinados bienes o capacidades, que son seleccionados como preservables, de acuerdo a jerarquías que valorizan a unas producciones y excluyen a otras.

La concepción del patrimonio como acervo ha prevalecido sobre todo en las disciplinas directamente responsables de su cuidado -arqueología, arquitectura, restauración, las cuales se han abocado a la defensa de monumentos con una visión en mayor o  menor medida estática, esto es, como si la definición y apreciación de los bienes culturales estuvieran al margen de conflictos de clases y grupos sociales. Decimos en mayor o menor medida porque hay grupos que, aún enarbolando la concepción de acervo, reconocen una cierta gama de conflictos al nivel de los posibles usos del patrimonio y buscan defenderlo de la voracidad, privada u oficial, que lo afecta en aras del aprovechamiento de su prestigio simbólico.

Los primeros pasos para el cuestionamiento del planteamiento del patrimonio como acervo se dieron en la búsqueda de ampliar la gama de bienes culturales que son considerados dignos de protección legal. Se empezó entonces a discutir la necesidad de albergar no sólo el patrimonio tangible sino también el intangible (lengua, tradiciones, etc), no sólo el proveniente del pasado sino también el más reciente y, con más insistencia, no sólo el perteneciente a los grupos dominantes sino también el indígena y el popular. En algunos casos, estos pasos condujeron a la demanda de legitimidad para otras expresiones culturales, cuestionando la elitización con la que se había definido el patrimonio. Así, por ejemplo, a mediados de la década de los ochenta se realizó en Perú un importante estudio sobre la preservación y defensa del patrimonio cultural, patrocinado por la Fundación Ford. El diagnóstico abarcó una pluralidad de aspectos y detalla la falta de legislación adecuada que se adapte al pluralismo [22] y que evite el saqueo, la debilidad del aparato institucional que debería velar por el patrimonio; la ausencia de un atlas cultural y lingÜístico, de registros y catastros de bienes culturales, etc. Con una mirada particularmente lúcida pugnan por el reconocimiento del patrimonio intangible en general, así como de las producciones culturales de los sectores dominados, pero su espíritu crítico se detiene en estos aspectos y no logran llevar el dinamismo que imprimieron en el análisis de la definición del patrimonio al ámbito de su percepción y apropiación.

Este caso nos ilustra sobre las limitaciones de un enfoque que consigue avanzar sustancialmente, revisando el patrimonio considerado legítimo, pero que al continuar sosteniendo la visión del acervo  no puede problematizar las condiciones en las cuales se da la compleja relación de la población con el patrimonio. Con estos presupuestos resulta difícil superar la  perspectiva de que la cuestión es estrictamente técnica, educativa. Al referirse a las relaciones de los diversos sectores con el patrimonio, las referencias vuelven a ser la necesidad  "de campañas públicas que puedan despertar la conciencia nacional respecto a la importancia y valor de los bienes culturales", la "escasez y deficiencia de los medios a través de los cuales se difunden nuestros valores culturales" y en las conclusiones se acentúa la necesidad de enfocar el aspecto educativo para contrarrestar "la pérdida de la identidad nacional" que tiene su punto de partida en la "...inconciencia que existe a nivel de gran público de los fundamentos de nuestra cultura" [23] .

En las obras de diversos autores brasileños encontramos también un cuestionamiento de la lógica bajo la cual se ha ido conformando el patrimonio nacional: sólo los testimonios vinculados a la experiencia victoriosa de la etnia blanca, de la religión católica  y del Estado conducido por la élite política y económica de Brasil eran considerados dignos de conservación [24] . Sin embargo, el reconocimiento del carácter construído del patrimonio, les permite trascender la mera demanda de ampliación de la definición de patrimonio legítimo y plantear una de las repercusiones que ha tenido la preservación elitista: el desinterés popular por la cuestión patrimonial [25] .  Este desinterés es visto como producto ya no de la ignorancia o  de una falla en el reconocimiento de nuestra herencia cultural, sino de las condiciones desiguales en las que se constituyó -y sigue reproduciéndose- y las repercusiones políticas que tiene para el presente.

Se logra entonces incorporar la dimensión del conflicto al conjunto del análisis del patrimonio cultural, reconociendo las desigualdades tanto en su conformación histórica como en su aprovechamiento actual. Al mismo tiempo que demandan la inclusión de las producciones culturales de los amerindios y negros, enjuician el exclusivismo no sólo en la definición del patrimonio sino también en su usufructo; esto les permite plantearse la demanda de una mayor participación social en el proceso de decisión, implementación  y repartición de los beneficios de las políticas oficiales de preservación.

La obra de Pierre Bourdieu y la de Walter Benjamin constituyeron importantes pivotes para la discusión latinoamericana que se dió originalmente en la antropología brasileña [26]   y pocos años después en la mexicana [27] . ¿Qué implica entender al patrimonio como una construcción social? Fundamentalmente,  reconocer las fracturas y el conflicto tanto en su proceso de definición, en las políticas de conservación como en la relación de  los habitantes de una nación con él. El tener presente la aleatoriedad de su constitución permite develar las políticas de la tradición y allanar el camino a la lucha permanente por ampliar el patrimonio valorado para que puedan reconocerse otros grupos sociales, otras voces que pugnan por pluralizarlo y actualizarlo. Plantear la complejidad de la relación de los habitantes de una nación con el patrimonio oficialmente reconocido, devela su utilidad para la identidad pero también para la diferencia y la alteridad, permitiéndonos cuestionar el presupuesto del valor por todos reconocido del legado patrimonial.

La construcción del patrimonio es una operación dinámica, enraizada en el presente, a partir del cual se reconstruye, selecciona e interpreta el pasado. No se trata del homenaje a un pasado inmóvil, sino de la invención a posteriori de la continuidad social -en la que juega un papel central la "tradición" [28] .  Creaciones y bienes culturales van siendo retirados del flujo de la vida cotidiana, se reunen, resignifican y recontextualizan -a la manera de un collage, según lo ha descrito Antonio Arantes-, y participan de la dinámica específica de la dimensión de la cultura que crean y recrean  los órganos públicos de preservación [29] . Una vez que forman parte del patrimonio, adquieren carta de naturalización y el proceso de selección e interpretación queda oculto.

Como ha señalado Néstor García Canclini, las  desigualdades en la formación y apropiación del patrimonio demandan estudiarlo como cohesionador nacional, pero también como espacio de enfrentamiento y negociación social, como recurso para reproducir las identidades y diferencias sociales, así como la hegemonía de quienes logran un acceso preferente a él. No obstante su importancia, la temática continúa relativamente inexplorada; muchos de los conceptos propuestos apenas han sido esbozados, por lo que será la retroalimentación entre la reflexión teórica y la investigación atenta al desarrollo de conflictos concretos, la que tendrá la última palabra sobre su valor explicativo. Es un hecho que mientras persista el vacío de investigaciones sobre recepción de bienes culturales, seguiremos desconociendo los datos básicos para vincular eficazmente las acciones culturales referidas al patrimonio con las necesidades de la población.

Comentario final

No se pueden enfrentar los desafíos que presenta la política de preservación del patrimonio sin una permanente y progresiva ampliación de la participación social en el proceso de toma de decisiones y de implementación de programas y proyectos oficiales. El efectivo rescate del patrimonio cultural incluye su apropiación colectiva, por lo que requiere de  condiciones que permitan a los diversos grupos sociales compartirlo y encontrarlo significativo.

Es necesario entonces que la política hacia  el patrimonio contemple varios niveles de acción: en primer lugar, y tomando en cuenta las necesidades materiales y culturales de los usuarios, se deberán cambiar las condiciones en que se encuentran las edificaciones. La mejoría de la calidad de vida, que incluye el establecimiento de condiciones que faciliten la permanencia en la zona, puede abrir camino a una nueva concepción del patrimonio, pero serán necesarios también programas de capacitación técnica y de concientización de la comunidad, que consoliden  el sentimiento de pertenencia a la zona monumental. No se trata sólo de informar a los vecinos sobre las técnicas adecuadas para la conservación o la importancia de los edificios que ocupan. Se deberá dar una batalla permanente por la revaloración del patrimonio cultural del Centro Histórico (que permita darle nuevos usos y significaciones), lo cual implica el involucramiento de los diversos actores sociales en los distintos programas y decisiones que competen a esa zona.

Está en juego no sólo una parte destacada de la memoria nacional, sino las posibilidades de que estos sectores ejerzan polenamente su ciudadanía. Democratización y revaloración del patrimonio son así dos procesos que caminan de la mano.

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Antonio Augusto Arantes

"La preservación de bienes culturales como práctica social"

ponencia presentada en la ENAH

No podemos dejarnos engañar por la seducción romántica que deviene de la concepción de que los bienes culturales están disponibles para el disfrute universal (10-11). Los bienes inmuebles constitutivos del patrimonio, como también los muebles, están sujetos a las reglas de la economía tout court y a las de una esfera específica del mercado del arte y antigüedades, que bien podría titularse "mercado de bienes del patrimonio", haciendo uso del concepto acuñado por Pierre Bourdieu. (11)

Necesidad de enfocar la preservación como práctica social con múltiples implicaciones. Como vimos, ella es una acción desencadenada por los intereses de grupos sociales específicos, decorre de prácticas profesionales institucionalizadas y depende de un lastre jurídico-administrativo construído históricamente. Es decir, se trata de una actividad productiva, creadora de valor: de valor económico que puede ser aumentado o disminuído, dependiendo del tratamiento que se de a los bienes preservados; de valor simbólico, constitutivo  de la memoria, la territorialidad y la identidad nacional, además de otras identidades más específicas y locales; y de valor político, remitiendo al aspecto de la hegemonía y al de los derechos ciudadanos. Estas múltiples dimensiones de valor se encuentran interrelacionadas y es sobre el conjunto de ellas que se opera el proceso de apropiación social de esos bienes. En cuanto bienes del patrimonio, las cosas preservadas participan de la vida social como soportes privilegiados  de significaciones y resignificaciones sucesivas, las cuales, a pesar de ilimitadas, estarán necesariamente incorporadas en las marcas que esos bienes conllevan de su propia historia (13-14).



      [1] Jerome Monnet ha hecho notar que la extensión de las funciones centrales en el espacio urbano no ha operado mediante la sustitución de  un viejo centro por uno nuevo, sino más bien a través de la constitución de una cadena complementaria de centros especializados que se han ido yuxtaponiendo uno con otro. V. Monnet, 1995:153.

     [2] Esta zona concentra casi 1500 edificios catalogados como monumentos históricos, o sea, las tres cuartas partes de los monumentos del Distrito Federal.

     [3] Se trató de un conjunto de decretos que, buscando apoyar el proceso de industrialización, prohibieron la elevación de las rentas a los inquilinos que ocupaban inmuebles en diversas zonas de la ciudad. Fueron abrogados hasta 1992.

     [4] Entendemos por terciarización la ocupación del suelo urbano por el sector terciario de la economía, es decir, el sector servicios: bancos, oficinas y comercios.

     [5] V. Coulomb y Duhau (coord.), 1988,   La ciudad y sus actores, México, UAM-A, pp. 41-53, 69-74.

     [6] El Programa de Renovación Habitacional Popular dejó sin rehabilitar el 91% de los monumentos que se usan como vivienda. V. RHP, 1988:39, y Ortega:148 y 150.

     [7] Los edificios históricos rehabilitados por RHP fueron 68, un 2.2% del total de acciones realizadas por el organismo. V. RHP, 1988:73-75. Casi todos estos edificios eran de habitación colectiva (vecindades), que estaban  bajo  el  régimen  de  rentas  congeladas -legislación que fue abrogada el 30 de diciembre de 1992- o con mensualidades bajas, y fueron construídos en los siglos XVIII, XIX y principios del XX.  

     [8] Se conoce como vecindad al edificio que contiene un conjunto de viviendas en hilera, constituídas cada una de ellas por una o dos habitaciones, alrededor o a lo largo de un espacio abierto de uso común. Se trata de grandes casonas coloniales o decimonónicas que, al ser abandonadas por sus dueños originales, fueron subdivididas y ofrecidas en alquiler como habitación colectiva.

     [9] En algunos casos, inclusive, se llegó a solicitar la demolición de la vecindad. V. Paz, 1987:7-8 así como RHP, 1988:71. En las entrevistas abiertas a los antiguos inquilinos pudimos corroborar dicha preferencia. Sin embargo, ésta no era generalizada. Varios edificios fueron incorporados al programa por la insistencia de la organización Nueva Tenochtitlan Sur, la cual  obligó a las autoridades a  revisar y discutir las propias propuestas de los afectados. V. Tamayo:121. 

     [10] Para obra nueva, los límites de superficie en las viviendas fueron de 40m2, mientras que el promedio  de superficie por vivienda en los monumentos era de 60. 

     [11] Según contestaron los propios inquilinos a la encuesta de RHP realizada pocos meses después de la catástrofe, alrededor del 15% se encontraba derrumbada o inhabitable, dos terceras partes deterioradas  y sólo el restante 15%  en buen estado.

     [12] Gracias al  procesamiento y análisis estadístico de la encuesta  impulsada por Renovación Habitacional Popular  en los monumentos históricos a ser  rehabilitados (1985), así como a la propia realización de otras dos (una en 1993 y otra en 1995), pudimos acercarnos al conocimiento de esta parte de los habitantes de monumentos históricos y de su situación antes y después de la rehabilitación. Por lo que respecta al recurso al material fotográfico, conscientes de la imposibilidad de presentar a los entrevistados un material completamente neutro, que diera una visión "objetiva" (el corpus de imágenes estaba sesgado por el imaginario del fotógrafo y el mío)  intentamos acotar la subjetividad, o sea el propio imaginario, utilizando diversas fotografías para representar el mismo objeto, así como referentes verbales (el nombre específico de los elementos del patrimonio o menciones genéricas -del tipo "una vecindad considerada monumento").

     [13] Monnet, 1995:177-178.

     [14] Gran parte de nuestra experiencia espacial multisensorial se compila para formar una representación interna, llámese mapa o esquema cognoscitivo, a la que se accede por medio de imágenes de tipo visual. Esto no implica que no se utilicen también elementos intermedios verbales.

     [15] Queralt: 58.

     [16] V. nota a pie de página número 12.

     [17] Los multifamiliares fueron propuestos como el reemplazo ideal de las vecindades, ya que su transformación parcial no podía ser pensada: todos los males sociales habitaban allí. Así, en los años cuarenta, los multifamiliares fueron pensados inicialmente como un instrumento de saneamiento de las áreas donde se localizaban las vecindades. V. Balent:52.

     [18] Para un análisis sobre la imagen mediática de diversos espacios del Centro Histórico ver Monnet, 1995:181-182.

     [19] Consiste en restaurar exclusivamente la fachada de los edificios.

     [20] Ribeiro, 1984:31.

     [21] V. Giménez:5.

     [22] Con investigaciones serias y bien documentadas se fundamenta la necesidad de ampliar la cobertura del patrimonio protegido para que se consideren también la tradición oral, el patrimonio documental y las artesanías. V. los trabajos de Rafael Varón, Félix Oliva, José Antonio Lloréns y Luis Millones, en Millones et al., 1986.

     [23] V. Millones et al., 1986:19-21, 306 y 307.

     [24] V. Velho:38 y Joaquím Arruda Falcão, "Política cultural e democracia: a preserva¢ão do patrimõnio histórico e artístico nacional" en Miceli, 1984:21-39.

     [25] V., por ejemplo, Arruda Falcão en Miceli, coord.:39,  y Arantes, 1987:7.

     [26] Así, en los primeros años de la década de los ochenta se publicaron trabajos pioneros como los de Antonio Arantes (coord), Joaquim Falcao, Benedito Lima de Toledo, Sergio Miceli (comp.), Eunice Ribeiro Durham y Gilberto Velho, entre otros.

     [27] El replanteamiento inicial del tema del patrimonio en la antropología mexicana fue alentado por Néstor García Canclini y por Guillermo Bonfil, principalmente. 

     [28] En el sentido en el que lo desarrolla Hobsbawn, 1983.

     [29] V. Arantes, 1987:5:

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