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La fotografía en el Trabajo Etnográfico

Por MARÍA CARMAN

Me piden que le ponga palabras a un arte que paradojalmente prescinde de ellas: la fotografía. Cómo dar cuenta del lugar que puede ocupar la fotografía en un trabajo etnográfico, cuando ella misma, por sus propias cualidades artísticas, suele ser lo más inasible del proceso, la pieza más cargada de subjetividad?

Hay un viejo lema de los periodistas, muy conocido, que dice que "una imagen vale más que mil palabras". Este lugar común expresa no obstante el asombroso poder de síntesis de la fotografía: mientras que las palabras descomponen a las cosas en sus partes, las imágenes nos permiten en cambio percibir todo un cuadro al mismo tiempo, y procesar la información holística y rápidamente. La fotografía permite, según Sontag, " ...atravesar un panorama de acontecimientos dispares con agilidad", en tanto sus fracciones de tiempo y espacio son nítidas y apropiables.

Nos proponemos entonces hacer algunas reflexiones acerca de cuál podría ser la utilidad de la fotografía, incorporada a un trabajo etnográfico.

Acerca de nuestro trabajo de campo en las casas tomadas del Abasto.

Las fotos seleccionadas complementan y enriquecen, con su particular lenguaje de claroscuros, el trabajo de campo que estamos realizando en el barrio del Abasto, en el marco de una beca de investigación. Dicho trabajo investigativo indaga acerca de las disputas materiales y simbólicas, al interior de este entramado barrial, entre los ocupantes ilegales de casas tomadas y los demás actores sociales.

Como parte de esta lucha por la apropiación del espacio urbano, nos interesa develar de qué manera las casas tomadas configuran estrategias habitacionales para estos sectores populares. También nos proponemos, entre otras cosas, ahondar en las prácticas y discursos que se construyen en relación a los "otros" del barrio, a la vez que evidenciar de qué manera los actores se apropian diferencialmente de los bienes materiales y simbólicos de este escenario barrial.

La ocupación de casas y edificios abandonados es un fenómeno novedoso y aún escasamente explorado, que comienza a difundirse en la Capital Federal a partir de la década del 80. Siguiendo a Carla Rodriguez, su origen está vinculado al problema de los desalojos de inquilinatos, a la existencia de un parque físico desocupado de alrededor del 15% del total y a una valorización de la ciudad por parte de los sectores populares en la medida en que les permite optimizar sus recursos. Las ocupaciones se suelen localizar en viejas casas abandonadas -sin sucesión o remanentes de las expropiaciones de Cacciatore para las autopistas-, estructuras de hormigón armado de edificios truncos, fábricas de persianas cerradas por quiebra, escuelas u hospitales que no funcionan como tales, recovecos u otros lugares ociosos de la ciudad.

Esta alternativa habitacional de los sectores populares tiene actualmente un peso significativo dentro del paisaje urbano de la Capital Federal: mientras que en 1980 existían aproximadamente -según el Censo- unos 37.000 ocupantes gratuitos, los datos del último Censo nos permiten estimar -con un cierto margen de error- que existe una población ocupante que ronda las 200.000 personas. Estos datos nos acercan a la relevante dimensión que está adquiriendo este fenómeno, que se ha generalizado y extendido en numerosos barrios de la ciudad.

El barrio que nos incumbe es denominado por el sentido común de la gente como "el Abasto", ya que allí fue emplazado, a fines del siglo pasado, el Mercado Central de frutas y verduras, en torno del cual se desarrolló una vasta actividad sociocultural. Retomamos entonces esta denominación, procurando respetar los límites barriales que más se aproximan a este imaginario vecinal y a las singulares características edilicias que se entretejen alrededor del mercado. El Abasto cuenta con dos peculiaridades difíciles de hallar juntas en otros barrios de Capital: a) su ubicación céntrica y b) su gran cantidad de espacios vacíos (baldíos, antiguos depósitos, casas abandonadas, etc.) que antes eran utilizados por el mercado, el cual fue clausurado hace 10 años, produciendo una profunda recesión en la zona. Otras de las peculiaridades que distinguen a este barrio es el marcado contraste entre los distintos grupos sociales que allí conviven, ya que encontramos residencias de clase media (edificios, casas dúplex, etc.) contiguas a deteriorados conventillos de sectores populares.

Nuestro trabajo de investigación, iniciado en octubre de 1993, se planteó en una primera etapa la realización de una prospección barrial. Una vez culminada la misma, comenzamos a realizar entrevistas informales a los más diversos actores barriales (ocupantes ilegales, comerciantes, linyeras, propietarios, organismos vecinales, inmobiliarias, etc.), las cuales se vieron profundizadas con el propósito de "internarnos" en la heterogeneidad social distintiva de esta porción de la ciudad. Las mismas nos permitirán reconstruir la lógica de las diversas perspectivas de los actores, sus percepciones y significaciones.

La fotografía como herramienta.

La introducción de la "máquina de solemnizar" en este trabajo etnográfico se enmarca dentro de la preocupación más general por dar cuenta de las apropiaciones diferenciales de las que el barrio en cuestión es producto, lo cual se evidencia en las diversas actitudes de los actores, situaciones y distribución de los espacios. Lo que buscamos retratar es, entonces, las múltiples facetas observables de aquello que nos propusimos investigar. Coincidimos con Ana María Rocchietti cuando afirma que "...la selección de cámara (lo que la cámara ve o "elige" ver) (...) está presidida por el concepto". El corpus teórico en el cual nos apoyamos está delimitando, sutil pero certeramente, nuestro universo de "lo fotografiable", de aquellas cuestiones que vale la pena fotografiar.

Más allá de estos límites, sin embargo, en el acto de fotografiar -hecho artístico por excelencia- aparece con mucha contundencia la subjetividad del investigador: sus valores estéticos intervienen decisivamente a la hora de apretar el disparador, y de transmitir una determinada poética, resultante del vínculo que se establece entre él mismo y el objeto fotografiado. Esta subjetividad que se pone en juego en la fotografía, nos ha de servir para analizar nuestras propias implicaciones en el trabajo de campo: desde qué mirada estamos contemplando la problemática, por qué elegimos determinado ángulo y no otro, etc.

Por otra parte, las mismas experiencias de campo nos llevaron a ir modificando nuestra estrategia de inserción "cámara en mano". En una primera instancia del trabajo en terreno, nos preguntábamos cómo introducir la máquina fotográfica precisamente en un momento en que el ambiente estaba tan caldeado. Hace pocos meses, el mercado fue comprado por un poderoso financista húngaro, y desde entonces han proliferado los operativos policiales que giran en torno de aquello que es percibido como "lo peligroso": las casas tomadas. Los allanamientos con gran dosis de espectacularidad y la policía montada apostada en las veredas del ex-mercado se convirtieron, pues, en moneda corriente. A esto se suma la mordaz curiosidad que este "conjunto deprimente y olvidado" despertó últimamente en los medios de comunicación. Las notas periodísticas nos hablan, en tono apocalíptico, de este "Bronx porteño" donde "...nada tiene número ni nombre", ya que "...la gente tomó por asalto lo que la ciudad había despreciado"; aunque, "en realidad, todo el mundo sabe que esto va a desaparecer".

Mi actitud inicial distaba de ser desinhibida: desenfundaba la cámara casi culposamente, porque aún no tenía muy en claro qué era lo que estaba buscando captar, ni cuál sería la reacción que ésta despertaría en los ocupantes o en los anónimos retratados de situaciones callejeras. Me sentía algo así como un "servicio" disfrazado de estudiante cándida, y creo que esta representación que tenía de mí misma tuvo un impacto negativo a la hora de sacar mis primeras tomas. Recuerdo una tarde que me topé con la siguiente escena: una barra de chicos tomaba cerveza en una esquina bajo la mirada atenta de un policía cruzado de brazos. Obviando la mirada escrutadora del policía, me dispuse a capturar esta imagen y luego seguí caminando sin intercambiar palabra con él, como si no hubiera pasado nada. Esto me valió ser "interceptada" media cuadra más adelante, y sometida a un extenso interrogatorio del policía, que indignado me preguntó si yo le había estado sacando fotos a él, cosa que negué rotundamente, a la vez que alegaba estar haciendo "un trabajo práctico para mi curso de fotografía". De todos modos el policía seguía amenazándome con llevarme a la comisaría, por no tener documentos. Finalmente el asunto no pasó a mayores (aunque ahora pienso que quizás hubiera sido interesante conocer a la seccional del barrio de esta manera!).

Pero nada es en vano, al contrario. Meses después me acerqué a la significativa esquina desde donde custodia, como un panóptico, la policía montada. Esta se aposta de espaldas al ex-mercado y de frente a la cortada Carlos Gardel -la calle de la cantina tanguera hoy tomada-, donde aparentemente "se esconden los pesos pesados" (no sea cosa que a los ocupantes se les ocurra meterse en el edificio del futuro shopping!). Evidentemente yo ya no me sentía tan "extranjera" en el barrio: mi primera actitud fue caminar directamente hacia las próximas "víctimas" de mi lente, y entablar una conversación distendida con los dos policías mientras acariciaba extasiada a los caballos. Esta estrategia de "vender" -y creerse uno- una versión más "light" arrojó muy buenos frutos. Los policías, al percibirme como alguien absolutamente inofensivo, me dejaron fotografiar a mis anchas e incluso la conversación terminó aportándome un valioso material para mi investigación.

Algo similar sucedió con los ocupantes. Cuando aún me sentía una "intrusa", mi proposición de sacar fotos era tímida y casi inaudible. Con el tiempo me fui soltando; también me incentivó notablemente la sorpresa que me causó volver a algunas casas y encontrar las fotos que yo había sacado enmarcadas en un portarretrato, o colgada con chinches en la puerta de un placard. Es importante tener en cuenta además que existen determinadas fechas -como los feriados, las semanas del carnaval y los

fines de semana- en donde las calles del barrio "pertenecen" a los ocupantes. En estos días se multiplican las picadas futboleras en el pasaje Zelaya; los grupos de salsa que improvisan alguna melodía a puertas abiertas; la entrada de las bailantas atiborradas de gente; los ensayos de la murga en la cortada, etc. El ambiente festivo de estas ocasiones contribuye -la mayoría de las veces, aunque con sus honrosas excepciones- a que la presencia de la cámara resulte menos sospechosa.

La toma de fotografías fue planteada, pues, como un auxiliar de este trabajo en terreno, que incluso permitió abrir nuevas puertas de acceso al barrio: en más de una ocasión algún vecino, intrigado por nuestro interés en retratar fachadas y graffittis, se acercó para hablarnos, con lo cual se fueron estableciendo nuevos contactos favorecidos por la mediación de la cámara.

Por otro lado, trabajar sobre nuestras propias representaciones en el trabajo de campo permitió mejorar nuestras estrategias persuasivas para introducir la cámara fotográfica en la cotidianidad de los diversos actores barriales. Algunas implicaciones personales estaban estrechando demasiado los límites de aquello que era plausible de ser fotografiado. Problematizar estas cuestiones redundó luego en que el horizonte de las "fotos posibles" se ampliara considerablemente, a la vez que revirtió el escepticismo que inicialmente provocaba nuestra presencia cuando se advertía el detalle inquietante del "arma" fotográfica, que nos colocaba en el lugar de "extraños".

En el caso de los ocupantes, si bien nos interesaba especialmente capturar imágenes de la vida cotidiana de estas familias, la cámara sólo fue utilizada en aquellas ocasiones en que ya existía una cierta confianza, ya que consideramos que es importante evitar que una foto importuna despierte suspicacias. Incluso muchas veces regresábamos del barrio sin siquiera haber desenfundado la cámara: preferimos hacer un uso prudente de la misma, en donde su mayor presencia en patios, entrepisos y baldíos sea el correlato de una consolidación de los vínculos con nuestros informantes. Existe una tensión, pues, entre lo que anhelamos retratar y el respeto a la intimidad del otro.

Por otra parte, la fotografía posibilita una suerte de devolución; de retribuir, en cierto modo, el tiempo y la dedicación que los ocupantes nos dispensan. En la mayoría de los casos, los ocupantes tienen cierta reticencia a ser fotografiados, pero se entusiasman con la posibilidad de que sus hijos sean retratados, ya que por lo general no cuentan con fotografías propias.

Podríamos suponer que existe una cierta relación entre la "provisoriedad" de su situación habitacional y la no existencia de fotos: como si hubiera una contradicción en "eternizar" un momento no deseado -el estar ocupando ilegalmente una propiedad-, percibido en general como una situación "pasajera". Bourdieu comenta en un artículo que "fotografiar a los hijos es convertirse en el historiógrafo de su infancia y prepararles, como un legado, la imagen de lo que han sido". Observamos que las madres reciben con agrado la idea de obtener, por nuestro intermedio, una fotografía de sus hijos, pero a la vez procuran "...que no se vea la mugre de atrás", vale decir: que la cámara no de cuenta de la precarización de sus condiciones de vida, que las fotos no le devuelvan una imagen de ellos mismos vivida como vergonzante; una imagen que no se corresponde con el "deber ser", ni tampoco con sus propias expectativas y aspiraciones.

 La imagen como testigo y documento.

 Procuramos seleccionar aquellas fotografías que resultasen paradigmáticas, vale decir: que lograran comunicar aspectos relevantes de nuestra temática sin descuidar su contenido estético. Retomando a García Canclini, podemos decir que buscamos captar, a través del lente, los diversos "lenguajes" que representan a las principales fuerzas que actúan en el barrio que nos atañe.

Estas imágenes eternizadas en el papel expresan el encuentro entre el observador etnográfico y un cúmulo de acontecimientos, en apariencia efímeros o fortuitos, pero que, sin embargo, participan en la construcción de una historia. Cartier-Bresson dice al respecto que "la fotografía (...) capta el instante y su eternidad": inmortaliza a determinados personajes y situaciones de un determinado momento histórico.

Asimismo, en tanto la fotografía se ocupa de las cosas que continuamente están desapareciendo, se vuelve un instrumento imprescindible para atestiguar los procesos de cambio. En nuestro caso, las fotografías conseguidas en archivos históricos que nos muestran el mercado en plena actividad y la conformación del barrio en ese entonces, se configuran en un elemento indispensable para reconstruir la historia del Abasto. Incluso varias de nuestras propias fotografías -que no tienen más de tres años- están más próximas a ser una "pieza de colección" que un reflejo de la actualidad: hemos fotografiado comercios que ya han desaparecido, locales partidarios y centros culturales que han sido reciclados o abandonados; casas que han sido demolidas, etc. Casi sin quererlo, nuestras imágenes se transforman en un documento: aportan su grano de arena para desentrañar la siempre escurridiza historia barrial. El valor testimonial de la fotografía constituye, en fin, una de sus más importantes ventajas: nos brinda la posibilidad de acercarnos a realidades lejanas, a la vez que aporta la sensación de estar presentes en el lugar.

A modo de conclusión.

El barrio del Abasto es el personaje múltiple que ha sido retratado. En parte quedó atrapado en la desnudez despiadada de este juego de luces y sombras; en parte sigue escabulléndose de nuestra mirada.

Todavía tenemos muchos interrogantes acerca de cómo hemos de aprovechar el abundante material fotográfico acumulado durante nuestro trabajo en terreno, para los fines de esta investigación. Por lo menos contamos con la certidumbre de que, dentro de este proceso etnográfico de "documentar lo no documentado", la fotografía aporta una irremplazable perspectiva visual que esclarece y redimensiona las crónicas de campo.

La fotografía nos ofrece, en fin, una nueva posibilidad de registro: la de

escribir con la luz.

BIBLIOGRAFÍA

-ABBA, A. y otros (1984): Diagnóstico de la situación habitacional de la población carenciada de la Capital Federal. Subsecretaría de Planeamiento, Dirección de Políticas y Planes. M.C.B.A.

-BOURDIEU, P. (1992): La máquina de solemnizar. En: Clic! El sonido de la muerte. G. J. Indij (comp.) Colección cuadernillos de géneros. Editorial La Marca. Buenos Aires.

-CORTÁZAR, J. (1994): Obra crítica/2. Editorial Alfaguara. Madrid.

-GARCÍA CANCLINI, N. (1992) Culturas híbridas. Editorial Sudamericana. Buenos Aires.

-LOURAU, R. (1991): El análisis institucional. Editorial Amorrortu. Buenos Aires.

-ROCCHIETTI, A.M. (1994): Antropología visual: extensión de campo o nuevo campo? Ponencia presentada en las Primeras Jornadas sobre Etnografía y Métodos Cualitativos, IDES. Mimeo.

-ROCKWELL, E. (1987): Reflexiones sobre el proceso etnográfico. Departamento de Investigaciones Educativas. Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del IPN. México.

-RODRIGUEZ, M. C. (1991): Vinculación entre organizaciones populares y el gobierno municipal en la Ciudad de Buenos Aires. El caso del Ex-Patronato de la Infancia. Informe final beca de estudiante UBACyT.

-RODRIGUEZ, M.C. (1993): La ocupación de viviendas en Capital Federal. En: Delito y Sociedad No. 3. Buenos Aires.

-SONTAG, S. (1989): Sobre la fotografía. Editorial Edhasa. Barcelona.

 

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