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LA REVALORIZACIÓN Y RENTABILIZACIÓN DEL PATRIMONIO ARQUEOLÓGICO: TENDENCIAS Y PERSPECTIVAS.

J. Simón Gornés Hachero.

Mi artículo pretende poner sobre la mesa algunas reflexiones sobre las tendencias y perspectivas que la revalorizacion y rentabilización del patrimonio arqueológico esta experimentando en los últimos tiempos. Esta exposición hará referencia, principalmente, a casos, ejemplos y experiencias sobre las Islas Baleares, comunidad autónoma que sufre fuertes presiones turísticas y urbanísticas que afectan, cada día más, a todo el territorio y por extensión, al patrimonio histórico insular.

Este planteamiento nos sitúa conceptualmente en un punto de partida que todos los que, de una forma u otra nos dedicamos a gestionar el Patrimonio Histórico, reconocemos como implícito e inherente a éste: el patrimonio arqueológico tiene valor en el sentido más amplio del termino. Evidentemente no nos extenderemos en analizar con detenimiento este extremo, perfectamente sistematizado ya por algunos autores (Ballart et alii: 1996; Ballart 1997) a los cuales debe reconocerse el inicio de unas reflexiones totalmente necesarias en esta materia. Es precisamente esta atribución de “valor” hacia el patrimonio arqueológico el que ha hecho que su gestión –en el sentido integrador que le otorga Querol (1996)- sea algo de interés para la sociedad occidental actual. Evidentmente cada segmento social o profesional otorga un concepto diferente de “valor” al patrimonio arqueológico en función de sus conocimientos e intereses, pero precisamente esto hace que las noticias, opiniones y debates públicos sobre acciones que se realizan sobre el patrimonio arqueológico sean de interés y actualidad con cierta frecuencia.

De la misma manera, esta actualidad casi cotidiana –no es infrecuente hallar a diario alguna noticia en los medios de comunicación- crea también opinión entre la sociedad. Y esta, muchas veces, se expresa sin miedo a decir lo que fuera, se tenga o no conocimiento de causa. Es algo así como opinar de cultura en términos generales: todos tenemos alguna opinión y algo que decir o criticar. En mi opinión, en la gestión del patrimonio arqueológico también pasa algo parecido. Todo el mundo puede opinar respecto a una determinada actuación de revalorización o incluso de una pura intervención sobre éste. Evidentemente, la “democratización” de las opiniones hace que el debate pueda enriquecerse notablemente por el aporte de opiniones provenientes del gremio de profesionales junto a otras procedentes de asociaciones de defensa del patrimonio, asociaciones de vecinos, culturales, etc. Pero de la misma forma el debate puede sufrir graves distorsiones al verse inmerso en opiniones que entorpecen la percepción real del problema o en discusiones estériles.

De hecho, cuando los profesionales de la arqueología han empezado a trabajar en la presentación o difusión del patrimonio arqueológico sobre el mismo yacimiento ha sido cuando por primera vez muchas personas han “contemplado” patrimonio arqueológico en su contexto real, fuera de las vitrinas de un museo. Debe tenerse en cuenta que la visita a museos –más si son de arqueología- no es una de las actividades preferidas por el gran público, y que durante la etapa de formación escolar la arqueología se estudia, lógicamente, desde otro prisma, en el contexto de las grandes civilizaciones y con una fuerte carga historicista, en el mejor de los casos.

Así, la difusión y la accesibilidad física e intelectual sobre el patrimonio arqueológico (como bien dice Ruiz Zapatero: 1998:11) debería convertirse en una prioridad para los arqueólogos con el fin de conseguir precisamente aquello que repercute en una doble vertiente de beneficios: hacia el patrimonio arqueológico y hacia la profesión del arqueólogo al otorgar más valor a éstas. En este contexto de sensibilización es donde yo personalmente creo que deben situarse las acciones para dar valor al patrimonio arqueológico. Y esto puede hacerse desde muchos campos de actuación: desde el propio yacimiento, desde los museos, desde las escuelas, etc. y utilizando también un rico conjunto de métodos y nuevas tecnologías para hacerlo atractivo.

Estoy convencido que para presentar el patrimonio arqueológico, para difundirlo y aumentar su valoración social –su supervivencia en definitiva- es necesario contar con los instrumentos, los medios y los conocimientos idóneos en la línea que apunta Hernández (…): investigación/reelaboración del objeto de estudio, hipótesis de técnicas para musealizar de forma comprensiva, y comunicación. Creo que no se puede entender ninguna musealización o presentación de bienes del patrimonio arqueológico que no parta del planteamiento antes expuesto. Y es evidente que si queremos comunicar bien, habremos de contar con profesionales de la didáctica y la comunicación para hacerlo correctamente, tanto respecto a la elaboración del mensaje como de los canales de comunicación.

El hecho de dar a conocer el patrimonio arqueológico a un gran segmento social interesado ha obligado a los profesionales a plantear las formas idóneas para hacerlo comprensible y asequible. Podemos encontrar múltiples iniciativas en este sentido: museos especializados, museos de sitio –generalmente denominados aquellos que presentan, junto al yacimiento, los restos localizados durante las investigaciones- ecomuseos, etc. y más recientemente han surgido nuevas iniciativas como los parques arqueológicos, las rutas temáticas y los centros de interpretación. En muchas ocasiones la denominación de uno y otro no corresponde realmente al significado original del término ni a lo que se muestra en su interior. Todas pueden ser válidas, en abstracto, para dar a conocer el patrimonio arqueológico, pero se utilizan discursos, técnicas, objetivos y sobre todo presupuestos diferentes en función de múltiples factores, como es natural. También debe comentarse que el amparo legal o jurídico de estos frecuentemente autodenominados centros de interpretación, museos, parques arqueológicos, etc. muchas veces brilla por su ausencia incluso para aquellos de titularidad pública –el caso de algunos ayuntamientos de las Islas Baleares, por poner un ejemplo, es paradigmático-, que no disponen de ningún anclaje legal ni tan siquiera para demostrar su constitución formal por parte de la administración. Esto hace que muchas veces la incertidumbre jurídica que afecta a las colecciones y edificios sea realmente preocupante, a tenor de que según la legislación estatal vigente todos los bienes arqueológicos descubiertos por azar o por intervenciones arqueológicas son de titularidad pública a raiz de la ley del patrimonio histórico español de 1985. Es cierto que sobre este aspecto hay mucho que decir en función de las legislaciones autonómicas de cada territorio, lo que no hace más que añadir incertidumbre jurídica sobre estos bienes. Son pocas las comunidades autónomas que regulan este aspecto –la catalana puede ser uno de los casos pioneros- y realmente la legislación estatal vigente no abarca todo este movimiento de “musealización” que sufre nuestro país.

Estamos de acuerdo con lo que dicen Sanchez-Palencia (et alii 1996) en que la sensibilidad internacional –desde las directrices de la UNESCO hasta la Convención de Malta de 1992- en las intervenciones para revalorizar patrimonio arqueológico se contemplan, aparte del propio patrimonio arqueológico –monumento, yacimiento, bien mueble, etc- los factores medioambientales, el entorno y el desarrollo histórico de la zona objeto de interpretación. Y creo que es así cada vez más porque los profesionales (Orejas: 1998), a partir de unos años de reflexión y debate, son finalmente conscientes de que no se puede entender ni interpretar realmente el patrimonio arqueológico sin analizar la diversidad del entorno natural y la incidencia del hombre sobre este. Es lo que ICOMOS denomina los paisajes culturales. De hecho, no hay declaración reciente de Patrimonio de la Humanidad que no implique reconocer tanto los valores históricos o culturales de un sitio como los valores naturales del mismo. Ejemplos claros y recientes los tenemos en España: la zona arqueológica de Las Médulas, la ciudad y entorno de Cuenca y la ciudad y praderas submarinas de posidónia de Ibiza.

La definición expuesta por Sánchez-Palencia para definir paisajes culturales y parques arqueológicos es precisa, a pesar de que yo añadiría también la determinación de factores cualitativos en la evaluación, identificación y priorización de éste. Podemos encontrar muchos “tipos” de paisajes culturales, la diversidad es extensa, pero deben determinarse factores de calidad –conservación, monumentalidad, accesibilidad, interés científico, histórico y natural, etc- que, tal y como es costumbre para ICOMOS en la evaluación de bienes que son candidatos a la nominación como Patrimonio de la Humanidad, les otorguen valores que hagan que permitan que esos paisajes culturales, parques arqueológicos etc. sean más interesantes y rentables tanto económica como socialmente, el realizar las acciones pertinentes para ponerlos en valor.

Estas acciones de revalorización –medidas de conservación, consolidación, investigación y de comunicación del bien objeto de intervención- deben tener en cuenta, de una forma prioritaria, la preservación del bien patrimonial de cara al futuro. Estamos demasiado acostumbrados a ver que en beneficio del desarrollo local de un territorio, se explota un bien –en el sentido de agotamiento del recurso- y este sufre tal presión humana que finalmente pierde todo el sentido de disfrute cultural o intelectual, convirtiéndose en un simple lugar donde el principal objetivo es la rentabilidad económica y mercantil por encima de la social o patrimonial. Así, como decía antes, me parece que cualquier fórmula de activación y valorización del patrimonio arqueológico debe hacerse bajo parámetros de calidad y conservación integral del bien. La aplicación de nuevas tecnologías es, a mi entender, y siempre que se haga de forma respetuosa con el lugar y sus valores, una forma cada vez más necesaria de comunicar y transmitir conocimientos. Estos pueden adaptar su mensaje a los diferentes niveles de público en función de su interés, formación y hasta tiempo disponible para la visita. Evidentemente la profesionalidad de los responsables de elaborar guiones, contenido y formato de estos elementos de comunicación resulta fundamental para conseguir un producto verdaderamente útil para difundir los valores del patrimonio arqueológico.

Esta nueva metodología y forma de difusión y comunicación ha abierto, en algunos círculos, algún debate sobre si los bienes patrimoniales objeto de revalorización deben ser objeto de una visita interactiva –que muchas veces se limita a ser una visita de comunicación unidireccional del bien patrimonial hacia el visitante- en el sentido que las tecnologías aplicadas en éste son las únicas que “actúan”, que conducen el discurso, en una visita casi absolutamente pasiva por parte del visitante y que motiva poco ejercicio intelectual. Evidentemente el punto intermedio, como en todo, es el ideal hacia el que debe tenderse: ni Port Aventura ni museos decimonónicos.

Por otra parte también soy partidario de no renunciar a medio plazo, una vez conseguida la rentabilidad social sobre un bien patrimonial puesto en valor, a la rentabilidad económica. Tal y como están las cosas hoy en día, creo que es una cuestión de supervivencia tanto para los profesionales que nos dedicamos a la gestión del patrimonio arqueológico como para continuar gestionando y promoviendo inversiones de este tipo tanto desde el ámbito público como privado.

Si el promotor de la iniciativa observa que el bien tiene valor, que tiene repercusión social, puede continuar promoviendo otras iniciativas y/o inducir a otros a iniciarlas. Las administraciones públicas, siempre con presupuestos limitados cuando no ridículos, no pueden emprender suficientes iniciativas en este sentido para absorber la demanda patrimonial existente en la actualidad. Así se hace cada vez más necesario promover la iniciativa privada en este campo, incentivándola fiscalmente y convenciéndola de los beneficios de marketing y de imagen empresarial o institucional que tiene invertir en estos bienes. Creo que buenos ejemplos los tenemos recientemente con Caja Madrid, que desde hace unos años impulsa una interesante iniciativa que asocia la restauración del patrimonio histórico con la entidad bancaria, acompañada, evidentemente, con una buena campaña en los medios de comunicación.

Creo que uno de los ámbitos a tantear en este campo es el sector turístico que, a mi parecer, promociona sus servicios adjuntándolos al conjunto de recursos naturales y culturales de su territorio inmediato. En Baleares son pocos los folletos informativos que no hagan alguna referencia al patrimonio que circunda la zona hotelera o los recursos naturales de la zona. Y por tanto seria necesario acabar de concienciar a las grandes empresas turísticas que invertir en patrimonio histórico es una forma excelente de promoción de la zona, y de dar calidad a la imagen de la empresa.

Bibliografía:

-Ballart Hernández, J. 1997. El patrimonio histórico y arqueológico: valor y uso. Ed. Ariel.

-Ballart Hernández, J.; Fullola Pericot, J.Mª; Petit i Mendizábal, Mª A. 1996. El valor del patrimonio histórico. Homenaje al Prof. Fernández-Miranda. Complutum extra 6, Vol II. Universidad Complutense de Madrid.

-Hernàndez, Xavier. (…) La didàctica en els espais de presentació del patrimoni. Consideracions epistemològiques. A P. González (ed). Actes del II Seminari Arqueologia i ensenyament. Treballs d’Arqueologia 5, Bellaterra. Pp139-148.

-Orejas, Almudena. 1998. El estudio del paisaje: visiones desde la arqueología. Arqueologia espacial 19-20. Arqueologia del paisaje. Teruel. Pp 9-19.

-Querol, Mª Angeles; Belen Martínez, Mª. 1996. La gestión del patrimonio arqueológico en España. Alianza Ed. Madrid.

-Ruiz Zapatero, Gonzalo. 1998. Fragmentos del pasado: la presentación de sitios arqueológicos y la función social de la arqueologia. A P. González (ed). Actes del II Seminari Arqueologia i ensenyament. Treballs d’Arqueologia 5, Bellaterra. Pp 7-34.

-Sánchez-Palencia, F.J.; Fernández-Posse, Mª D.; Fernández Manzano, J.; Orejas, A.; Álvarez González, Y.; López González, L.F.i Pérez Garcia, L.C.1996. Las zonas arqueológicas como paisajes culturales: el parque arqueológico de Las Médulas (León). Homenaje al Prof. Fernández-Miranda. Complutum extra 6, Vol II. Universidad Complutense de Madrid.


El futur de l’arqueologia: Models de gestió del patrimoni arqueològic.

Josep Simó Gornés Hachero.

En los últimos años, en nuestro país, se ha abierto una nueva área de discusión respecto al futuro de la arqueologia, la valoración que hace la sociedad de la labor de los arqueólogos, su repercusión como factor generador de cultura y a veces, atmbién, como valor y dinamizador económico. Pero a este análisis extrospectivo también le corresponde el análisis introspectivo: ¿se enseña correctamente arqueología en los ámbitos académicos?, ¿responden estos adecuadamente a las necesidades formativas y profesionales de los arqueólogos y arqueólogas?, ¿se disponde del necesario amparo legal y administrativo para que el patrimonio arqueológico pueda ser conservado y transmitido a las generaciones futuras?, ¿está la sociedad realmente interesada en esta labor?.

Son preguntas que se pueden hacer a raiz de la bibliografia publicada desde hace unos años que se centra más en la reflexión sobre las dinámicas y factores que afectan al ejercicio de la profesión arqueológica que a las investigaciones propiamente dicha, como si se hubiese despertado la conciéncia profesional sobre este debate. Pero paradogicamente, si observamos con algo de detalle observaremos que principalmente quien genera estas reflexiones son jovenes arqueólogos que intentan ejercer la libre profesión desde el ámbito privado o son jovenes profesores que inician una nueva linea de investigación y debate sobre los principales problemas que sufre el ejercicio de la arqueologia inbuidos de esta nueva problemática que nos afecta.

El debate entre arqueología de urgencia y arqueología académica o universitaria aun está abierto y creo que dificilmente superable mientras se mantengan las condiciones actuales. Generalmente la arqueologia denominada de urgencia implica que la intervención no sea como consecuencia de una investigación planificada, y que se deba realizar como consecuencia de alguna obra pública o privada que, de forma casual o no, afecte al patrimonio arqueológico. La llamada arqueología universitaria o academica –es decir, la promovida desde las universidades o otros centros de investigación, como pueden ser por ejemplo los museos-, suele planificar la intervención con suficiente antelación puesto que obedecen a un proyecto global de investigación en el que la intervención de campo puede ser sólo un elemento más del proyecto en su globalidad. Es cierto que, a veces, ambos modelos pueden jugar papeles contrarios a lo antes expuesto. No es infrecuente ver que museos intervienen de urgencia en aquellas ocasiones que la administración reclama su ayuda precisamente, por falta de recursos económicos o de previsión para dar salida a intervenciones no esperadas.

Por otro lado, para aquellos que plantean el debate de uno u otro tipo de intervenciones arqueológicas como más o menos científicas, mi opinión es que se trata de un debate estéril al no tener más que una salida. Soy de la opinión que toda intervención arqueológica es investigación. No se puede plantear otra alternativa a este argumento si no se quiere pervertir gravemente el objeto principal de la ciencia arqueológica.

La supuesta mancha de la llamada arqueologia de urgencia está en la opinion formada en algunos sectores, digamos que académicos, al atribuirle una acepción claramente despectiva como actividad de segundo orden. El hecho de estar sujeto muchas veces al mercado de la oferta y de la demanda, a presiones de los promotores de obras, a presiones de la misma administración, en definitiva, a la presión impuesta por la mercantilización de la actividad, ha provocado que algunos proyectos de intervención se hayan visto envueltos de cierta polémica tanto por el desarrollo de los propios trabajos de intervención arqueológica como por el destino que sufrian finalmente los restos arquitectónicos localizados, muchas veces destruidos por las excavadoras y el cemento Realmente son aquellos profesionales –los menos, afortunadamente- que se ven sometidos a estas presiones y que no desarrollan su labor de forma correcta, los que desprestigian y dan argumentos a aquellos que ponen en segundo lugar a la llamada arqueologia de urgencia.

Soc de l’opinió que aquells arqueòlegs que desenvolupen la seva activitat des de l’àmbit privat, com a autònoms o com a promotors o contractats per empreses dedicades a les intervencions arqueològiques, s’han hagut d’enfrentar a un doble repte: reciclar-se professionalment per fer front a la realitat dels treballs de camp i de la vertadera pràctica arqueològica que no varen veure a la universitat, i en segon lloc han hagut d’aprendre a moure’s pels laberints de les administracions –permisos, llicències, subvencions, etc- i del lliure mercat de l’empresa privada. Dos àmbits pels quals la Universitat no et prepara ni d’enfora. La bufetada que imposa la realitat és realment desconcertant pel qui s’inicia en aquest àmbit.

El futur crec que passa per articular diverses àrees que incideixen en la pràctica de la professió. Primer, seguir treballant i seguir elaborant i executant intervencions arqueològiques amb professionalitat –en tots els àmbits, des dels acadèmics com els extraacadèmics-, publicant-les i donant-les a conèixer no només als restringits cercles científics especialitzats sinó també al gran conjunt de la societat. A l’efecte s’han d’elaborar, evidentment, els documents i materials adients per aconseguir aquesta difusió en funció del públic a qui van destinats. Qui no comunica no existeix, i aquesta seria la segona àrea en la qual incidir. Des dels mitjans de comunicació, fins als circuits d’especialistes –sempre en funció, evidentment, de la investigació que tinguem entre mans- s’ha de preveure i elaborar la informació adequada per complir l’objectiu desitjat: informar sobre la intervenció, informar sobre una investigació arqueològica.

La tercera àrea la situaria en donar cos a una estructura associativa –en aquelles zones territorials on no existís- que aglutinés als professionals de l’arqueologia, a tots els possibles, amb l’objectiu de crear un organisme o entitat que de qualque forma pogués servir d’altaveu d’aquest col·lectiu professional davant intervencions desafortunades, intrusisme professional, de reivindicació, consulta i informació davant les administracions, però principalment de fòrum comú per exposar i debatre idees, formes d’actuació, projectes, problemes i en definitiva, totes aquelles idees que poguessin sorgir

per tal de millorar la pràctica de les intervencions arqueològiques. Són aquestes entitats, per altra banda, unes entitats a partir de les quals es poden establir ponts entre la gestió del patrimoni i la sensibilitat dels ciutadans i ciutadanes no implicats directament en la gestió del patrimoni arqueològic.

Organitzacions com l’”Asociación de Arqueólogos” de España –de la qual fa estona que no en sabem res- o la mateixa Associació Professional d’Arqueòlegs de Catalunya, poden jugar un important paper en les facetes comentades anteriorment. Cal potenciar-les tal vegada més, des de dins i des de fora. Un exemple interessant pot resultar del camí que empren l’”Asociación Española de Gestores del Patrimonio Cultural”, per tal d’esbrinar les passes que donen per a implantar-se en la societat i en determinats cercles administratius com a forma d’influir i comunicar determinats missatges i formes d’actuar al respecte del tema que ens ocupa.

El marc legal és un altre aspecte principal per acabar de tancar el cercle. Crec que és important l’experiència que s’està desenvolupant en el marc de l’estat de les autonomies envers el desenvolupament de lleis i normatives que volen adaptar-se a les necessitats de cada territori. El problema però, és que moltes vegades és la pròpia administració la que no compleix, o no pot complir, amb aquelles disposicions que ella ha aprovat. De qualsevol manera crec que es donen lents avanços en aquest sentit i que les obligacions de les administracions haurien de progressar més en funció de les necessitats i demandes que planteja, en termes generals, la gestió del patrimoni arqueològic.

Finalment, tal vegada la principal, està en aconseguir una formació adequada a les necessitats i realitat de la pràctica arqueològica. És una opinió generalitzada que l’actual formació universitària –excepte honroses excepcions, com pugui ser la Rovira i Virgili- no imparteix els coneixements necessaris per a desenvolupar correctament una intervenció arqueològica i que aquesta preparació s’ha d’adquirir, moltes vegades, fora de l’àmbit estricte de les classes de la universitat, assistint a cursos especialitzats, excavacions, etc. per tal d’adquirir els coneixements i pràctica necessaris per desenvolupar de forma mínimament efectiva una intervenció arqueològica.

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