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ÉTICA ECOLÓGICA Y EDUCACIÓN AMBIENTAL

Nelcinéa Cairo do Amparo

Estudiante de doctorado de Medio Ambiente Natural y Humano en las Ciencias Sociales en la Universiadad de Salamanca - España

 

RESUMEN

Considerando la crisis ambiental que se extiende más allá del medio físico en dirección a la humanidad y abarca todo el planeta, el artículo busca inicialmente analizar las bases éticas que han apoyado las acciones de nuestra civilización en los últimos años y algunas de sus consecuencias. Enseguida, aborda el aspecto ético presente en la Educación Ambiental destacando la llamada relación” simbiótica”, existente entre la Ética Ecológica y la Educación Ambiental. A modo de conclusiones traza consideraciones sobre lo que ha sido la Educación Ambiental en el contexto actual y cual es su papel si la sociedad asume nuevos valores éticos.

 

 Introducción

Actualmente es consenso social de que hay una crisis ambiental que, pudiendo ser comprendida de formas diferenciadas y abordada según intereses específicos, es una pauta que comparten todos. Teniendo en vista estar asociada al modelo de organización de nuestra sociedad, en sus aspectos económicos, políticos y sociales además de los culturales, estudiosos acaban por reconocerla como un síntoma de una crisis que alcanza nuestra civilización y el planeta.

Eso viene del gran error que se ha diseminado en el mundo moderno que nos hace sentirnos intrínsecamente separados del universo, de nuestros semejantes y de los demás seres vivos. La consecuencia es que nos impulsamos a contraponernos unos contra los otros, a intentar someter los demás seres, a destruir aspectos de la Naturaleza que nos molestan y, por extensión, a apropiarnos de aquellos que nos traen placer y bienestar, además de beneficios económicos. Son cada vez más evidentes los indicios de alteraciones que complican la convivencia humana, irradiándose por sistemas y procesos ecológicos básicos para la diversidad de la vida.

Las crisis que, en las últimas décadas han impactado los modos de crecer y desarrollarse de las sociedades llamadas avanzadas, la búsqueda de iniciativas de solución que se proyectan en diversos planos del que hacer político y social, casi siempre acaban por remitirse a algun tipo de respuesta alternativa desde la educación. Ante los múltiplos desafíos del futuro, la educación surge como un triunfo indispensable a la humanidad en su construcción de los ideales de paz, de libertad y justicia social. Razón por la cual en ella han encontrado acomodo muchas de las reflexiones e inquietudes a cuestiones como la igualdad, la oportunidad social, la función económica del sistema educativo en el mercado productivo–laboral, la participación y democratización de la vida política, la preservación del medio ambiente y, sobre todo, (en) la formación de valores.

No obstante, la tentativa de obedecer a los desafíos internacionales dirigidos cada vez más a la expansión de posibilidades de educación, especialmente en los países en desarrollo, ha hecho con que la educación haya fijado sus ingresos en dar respuestas a la creciente búsqueda de instrucción escolar, dejando de conceder prioridad a la calidad de la educación ministrada. Buscase cantidad en detrimento de la calidad. La consecuencia ha sido escuelas con un numero de alumnos mayor a lo que su capacidad permite, métodos de enseñanza ultrapasados, aprendizaje basada en la memorización, profesores sin formación adecuada e incapaces de adaptarse a métodos más modernos que permitan la participación democrática en el aula, el aprendizaje cooperativo y la preparación del alumnado para la resolución de problemas.

En ese contexto, la Educación Ambiental emerge con abordajes que van desde la formación de hábitos de preservación de la Naturaleza, hasta los que comprenden la cuestión ambiental como una cuestión ética. En ésta ùltima, importa desarrollar procesos colectivos que permitan educar para la responsabilidad, transformando a los individuos en consumidores moderados; creando una conciencia ambiental en la cual (de que) el ser humano es parte de la Naturaleza y su sobrevivir, en cuanto especie, depende de la relación que establezca con ella; y, sobre todo, despierta valores de solidaridad y respeto convirtiendo la relación con el medio ambiente y con los semejantes en una cuestión ética.

¿Habrá que preguntarse sí la solución de tantos problemas vendrá realmente de programas de educación ambiental o de nuevas tecnologías conocidas o por conocer?¿Cuál es la Educación Ambiental que podrá traer cambios significativos a los rumbos del capitalismo y a  sus mecanismos de producción que poco caso hace a las discusiones y propuestas de mejorar los impactos ambientales tan destructivos a la naturaleza?¿Será que el modelo de desarrollo necesitará que los riesgos y las consecuencias de los impactos ambientales, lleguen a todos los niveles sociales del planeta con el mismo grado de destrucción para que pueda asimilarse (realmente) la necesidad de un cambio de paradigma que facilite cambios reales en todos los niveles?¿Tendrá la Educación Ambiental condiciones reales de promover un efectivo cambio de valores en la medida que, en general, sigue siendo desarrollada por los mismos profesores y sistemas antiguos y obsoletos, que guardan en si mismos valores arraigados de la ética tradicional y que son todavía fuertes resistentes a los cambios?

2. ¿Qué ética ha respaldado nuestras acciones?

La humanidad ha ido resolviendo su relación con la Naturaleza de modos muy distintos según los lugares épocas y éticas dominantes. En las comunidades primitivas el hombre establecía con la Naturaleza una relación de totalidad y la sacralidad era un atributo que podría ser o estar manifiesto en todo. La utilización de la tierra se reducía al uso primario de sus recursos o a una agricultura de subsistencia. La Tierra era la Tierra-Madre creada por los Dioses y, por ello, impregnada de sacralidad. En su evolución científica (Novo,1995:65) la humanidad: fue adquiriendo instrumentos de potencia cada vez más grandes y devastadores que le permitían ocupar y manipular los espacios naturales; fue introduciendo, ademàs,  formas que ocasionarón a consecuencia la modificación de los ecosistemas; fue construyendo ciudades y “vías de comunicación...a través de que regirán todo el documento: el desarrollo sostenible y la responsabilidad global”.

En esa “evolución”, (Sosa, 1985) la revolución industrial ha generado un proceso en el que ha imperado la idea de que el “desarrollo industrial es sinónimo de progreso humano y de mejora general de las condiciones de vida”. De ahí que gran parte del deterioro creado en el planeta tiene que ver con las consecuencias que el desarrollo tecnológico que si bien por un lado, ha sido determinante para el progreso que ha alcanzado la humanidad, por el otro, ha sido el responsable de la alteración de los equilibrios ecológico globales, algunos con carácter de irreversibilidad, así como del incremento de las desigualdades globales sobre la base de una “superélite” tecnológica y económica, creadora de valores y modelos de vida (Barrón, 2002).

Resulta de ahí lo que Nicolás Sosa(1988) ha llamado crisis civilizatoria, de ámbito planetario y de trascendencia generacional, resultado del modelo económico basado en profundas desigualdades de consumo de recursos entre los pueblos de la Tierra: por una parte, el llamado Norte rico, consumista y desarrollado, consume recursos de forma ilimitada, mientras que, por la otra, los pueblos pobres, del llamado Sur, son obligados a sobreexplotar recursos que son consumidos de forma irresponsable en los mercados internos y externos, sin posibilidades de salir del estado de pobreza en que viven causado entre otras razones por las deudas externas generadas en este proceso.

Para entenderse mejor la problemática ambiental que viven los países del Sur, según Angela Barrón (2002:23) hay que “tomar conciencia de las múltiples imposiciones /dependencias a que ellos son sometidos por el dominio económico del Norte que genera la necesidad de sobreexplotar sus recursos para el beneficio de multinacionales extranjeras en unas injustas y desiguales relaciones de intercambio costes-beneficios, imposición de modelos de explotación de monocultivo para satisfacer necesidades de consumo del Norte, generando, a su vez, una fuerte dependencia de tales países tanto en importación de semillas, abonos, plaguicidas, tecnología, créditos, etc.; así como en el establecimiento de precios, sobre la dura competencia que establece el libre mercado internacional”.

En ese tipo de concepción impera una ética (Sosa, 1998:118) elaborada por y para un tipo de sujeto moderno: “individuo varón, occidental, racionalista propietario, adulto, poseedor de los instrumentos para dominar y someter la naturaleza, colonizador, creyente ciego en el progreso y en le crecimiento como dogmas indiscutibles”. En esa ética no se plantea la relación del hombre con la naturaleza pues como problema”moral” por cuanto esta centrada en una perspectiva antropocéntrica 1.

Según Angela Barrón(2002), esa ética tradicional ha sido también partícipe de la ruptura inherente a la tradición-cristiana y a la racionalidad científico-técnica de la cultura occidental dominante: la disociación Humanidad-Naturaleza, la fragmentación de la complejidad sistémica unitaria de la realidad ambiental, que ha conducido a una consideración del medio humano como estructura independiente del medio natural, ignorando sus interdependencias.

La consecuencia de ello, como ha sido visto, es una crisis ecológica o planetaria. Esa crisis que el planeta padece no es ya mantenida solamente por una minoría social concienciada y preocupada con los problemas ambientales, sino una constatación compartida por científicos, políticos y administradores. Hace mucho que viene siendo destacada la gravedad del deterioro ambiental, las degeneraciones que ha producido y sigue produciendo nuestro modelo de crecimiento, y que plantean con urgencia una acción internacional y una revisión de las actuales relaciones del hombre y la naturaleza, acorde con la magnitud de la amenaza. Afirma Angela Barrón(2002:23) “Frente a un mundo cada vez más globalizado, la Humanidad necesita afrontar el reto de globalizar la dignidad humana, debiendo usar sus recursos, incluidas las nuevas tecnologías al servicio de una humanización de la mundialización”.

A consecuencia de la escasa integración del hombre con la naturaleza; a la ausencia de planteamiento del ámbito moral a la ética tradicional; a la racionalidad técnico científica como dogma para el progreso del mundo y el “bienestar” de la humanidad; a la ausencia de sentimientos de solidaridad, justicia, compasión, etc.;  varios estudiosos del tema (Molero, 1996) (Novo, 1995) (Sosa, 1985, 1995,1998) (Barrón, 2002), han planteado la necesidad de analizar la ética 2 que ha guiado las jerarquías de valor imperantes, como un elemento esencial si se pretende enfrentar el problema ecológico. Conviene recordar que esa demanda fue hecha hace muchos años por Aldo Leopold en su obra A Sand Country Almanc (1949), cuando proclamaba la necesidad de una “ética de la tierra”.

Por supuesto que es efectivamente una tarea ética y que tendremos que plantear que tipo de soluciones y que obligaciones demanda tal reclamo: en el momento que nos predispomos a enfrentar problemas que han sido generados y provocan la llamada crisis ambiental o planetaria 3, entonces, la tarea prioritaria de esa ética será el establecimiento de nuevos criterios morales que permitan dar respuestas conducentes con el mundo y con los problemas que actualmente enfrentamos.

3. El aspecto ético de la Educación Ambiental

Conocemos los daños que hemos causados al medio ambiente y podemos intuir los peligros a que estamos expuestos. Es evidente que ya hemos tomado conciencia de que la ilusión de la certeza es cosa pasada, que tenemos que aprender a convivir con la incertidumbre y el riesgo. Pero, aun así, tenemos que tomar decisiones que, también sabemos, no podemos dejarlas totalmente en las manos de la ciencia, ni de la fuerza, el poder, el azar o el destino.

En suma, cada día, hay más evidencias de que los problemas  ambientales son en el fondo problemas de cosmovisión, son problemas filosóficos. Pero tambièn, todo parece indicar como dice Nicolás Sosa (1995:128) que ”... la gran ausente en la reflexión ética que constituye nuestro acervo filosófico-moral ha sido la relación del hombre con su medio”.

4. Ética Ecológica y Educación Ambiental: ¿relación simbiótica...?

Las indicaciones y alusiones al plano ético, según lo que afirma Nicolás Sosa (1995a) destacan la necesidad de hacer una revisión de las concepciones éticas, que incluiría inicialmente la necesidad de salir de una visión del mundo y de la vida fuertemente antropocéntrica que ha presidido nuestra civilización al menos en los últimos cuatro siglos y lo que resulta en un cambio de planteamiento ético; eso generaría como consecuencia, la necesidad de una adecuada definición o redefinición de conceptos centrales de la ética tradicional que ha respaldado nuestras acciones, como valor, interés 4, derechos; campo de las responsabilidades morales a dimensiones que transcienden a las contenidas exclusivamente a las relaciones entre los hombres, o sea la aceptación de existencia de intereses moralmente relevantes más allá del mundo humano; y, finalmente, una fundamentación del concepto de solidariedad diacrónica, que nos haría colocar en el mismo plano de prioridades, los intereses de las comunidades humanas y de las generaciones futuras 5

Eso solamente es posible a partir del momento que se desarrolla la llamada «conciencia ética» que hoy seria la forma concreta de la conciencia moral”. La conciencia ecológica resulta del examen y consideración de los fines de la actividad humana, sea científica, económica, política, individual o colectiva; y del examen y consideración de lo que podemos entender hoy por los intereses generalizables y de lo que podamos establecer hoy como valores compartidos argumentativamente (Sosa,1995a).

Es decir, como afirma Nicolás Sosa (1998:141), la formación de una conciencia ecológica, supone replantear y reformular: a)  lo humano como parte del mundo; b) el principio ético regulativo que postula, no solo la supervivencia de género humano sin más, sino su supervivencia y la del medio de la que aquél es parte; c) las necesidades y la noción de la vida buena; y d) las posibilidades que en una tecnósfera como la que la humanidad ha construido, tiene aún el hombre para desarrollar su libertad, perseguir su felicitad y materializar sus ideales de justicia, nociones todas estas que han estado desde siempre en el horizonte del pensamiento ético.

Hoy más que nunca, es necesario buscar una ética ecológica, que al contemplar el fenómeno moral como algo humano no establezca alí sus limites. Al revés lo ubique en el medio global en el que lo humano se constituye y se desarrolla. “La tarea de «ecologización» supondría asimismo, importantes cambios en la definición social del sujeto moderno, cambios a los que obligaría el estado del mundo y de nuestras sociedades en el momento presente, lo que significa decir el reconocimiento de la imperfección, percibirse como sujeto humano, finito, imperfecto, que tiene limites, incompleto, ser vivo entre los demás seres vivos, miembro del movimiento de vida, no por fuera ni encima de él...” (Sosa,1998:118).

Hay que tener claro, que una ética ambiental así concebida, implica tener una perspectiva moral con por lo menos un principio moral, por cuanto explicitar el compromiso ético es el primer paso para someterlo a valoración crítica o justificación. Y, como defiende Robin Attfield, (1997) es importante destacar que para establecerse un principio moral hay que tener claro cuales son las cosas que deben ser tomadas en cuenta desde un punto de vista moral: lo que significa buscar que cosas merecen relevancia moral. La relevancia moral (Sosa, 1995: 128) o el merecimiento de consideración moral, es propio de todo cuanto posea un bien en sí mismo y la moral es la dimensión en la que se construyen los proyectos más personales de vida, en la que el sujeto humano se implica y responsabiliza. Es el lugar de los ideales de vida, de lo que podamos entender por la vida buena, por justicia, por felicidad(...). La ética (como discurso racional) y lo moral no pertenecen al mundo de lo que es, de ser, sino al mundo de lo que debe ser”.

Ahora bien, tales cambios no pueden ser creados a partir de un acto de voluntad. Por otro lado, para que el el cambio individual pueda ser ejercido en su plenitud, hace falta que sea asumido por toda la sociedad para que resulte en un verdadero cambio social. Y, como éste   debe venir de cambios estructurales en el ámbito económico, político, social y educacional, etc., no resulta inmediato, es gradual y proviene de la suma de modificaciones de conducta de cada individuo hasta alcanzar un cambio global.

Lo anterior no es una tarea fácil y debe estar centrada sobre todo en una profunda revisión del antropocentrismo como referencial última para los valores que han respaldado las éticas tradicionales. En este planteamiento, los intereses supremos serían los intereses comunes a todos - humanos y no humanos -; puesto que el sujeto moral, en el momento que se apropia de una ética ecológica, pasa a reconocerse habitando una casa que es de todos; una casa planetaria donde no hay limite para ninguno de los moradores. Y más aún, una casa donde el hombre que se asume como el poseedor del más alto grado de organización y conciencia de las demás especies, por consiguiente, asumiría la responsabilidad mayor ante los bienes que son de todos. De ahí que, al construir sus sistemas de valores, al dotarse de normas morales para su existencia cotidiana no iba a restringir el valor moral únicamente a sus miembros - los seres humanos racionales - sino dotaría tal valor a todo el conjunto de especies con las que estén intrínsecamente relacionados (Sosa,1998).

Es pues un enfoque que plantea un cambio radical en la concepción de los seres humanos como ecodependientes y responsable moralmente ante otros seres no humanos (Novo, 1995). Significa para el hombre, pasar a ser alguien en la Naturaleza y desarrollarse por lo tanto en armonía con las demás especies. Para eso hay que potenciar los valores que lleven al hombre a comunicarse armoniosamente con la Naturaleza. Pero, como bien nos dice Habermas (1984) la subjetividad de la Naturaleza, todavía encadenada, se queda con su liberación condicionada a que la comunicación de los hombres entre sí se vea libre del dominio. O sea, solamente en el momento que los hombres consigan comunicarse sin coacciones y cada uno pudiera reconocerse en el otro, liberará la especie humana a reconocer a la Naturaleza como sujeto.

De este punto de vista queda claro entonces que nuestras relaciones intraespecificas deben también ser revisadas sobre nuevos criterios para el uso y reparto de los recursos, como condición ineludible para el desarrollo de nuevas formas de relación entre nosotros y con el medio natural. Eso presupone una ética ecológica abierta y debatida entre todos en la sociedad para que pudiera ser asumida y conllevar implicaciones sociales fuertes. Evidentemente que el cuestionamiento inicial más importante  al sentido de nuestro modelo de desarrollo son las desastrosas consecuencias que ha generado a la naturaleza y las enormes desigualdades sociales para, al  final, estar en posibilidades de hablar de una real sostenibilidad.

Asimismo, es imposible hablar de ética en el contexto ambiental sin hablar de economía, puesto que en los principios que determinan el comportamiento económico de los grupos, están imbricados aspectos éticos que los inspiran o justifican. Solamente de pasada, sin tener la intención de profundizar en el asunto que no es el caso, merece la pena recordar que el sistema económico industrial avanzado arrastra, entre sus muchas implicaciones sociales y políticas, el grave problema de excedente laboral. Los criterios de maximización de producción y competitividad que orientan la automación de los procesos productivos, por razones de ahorro, tienden a eliminar mano de obra humana trayendo a consecuencia bolsas de paro laborales, que en ultima instancia se transforman en bolsas de miseria. El robot sustituye al hombre tornándolo pieza superflua de la cadena productiva. La expansión del “bien” está posibilitada por la producción masiva que genera, en consecuencia, injusticia y insolidaridad. Delante de la amenaza de los valores ahí imbricados, se encuentra la necesidad de recuperación de aquellos valores éticos-políticos, tales como la calidad de vida, solidaridad con las generaciones futuras y esencialmente justicia social.

En resumen, podría decirse que la dirección de una ética ambiental seguramente nos lleva hacia una ética holística ecológica. “ Los contenidos a los cuales deberá direccionarse tal ética no son exclusivamente de justicia -ámbito en el que cabria la discusión acerca de los derechos, los intereses y las reciprocidades-, sino también, habrán de integrarse a contenidos de felicidad, de bienestar y calidad de vida -los sentimientos, las emociones, los afectos no pueden estar ausentes de la dimensión moral humana porque también ellos nos conforman como lo que somos-. Y en efecto, si somos seres morales, lo somos en ese medio y con él, toda vez que lo que nos rodea, el medio, el paisaje, el mundo inanimado, esta estrechamente unido a nuestra percepción de ese mismo medio, y forma parte integrante de lo que somos” (Sosa, 1995:143)

Cabe entonces preguntar entonces, ¿qué podrá ser agente y vehículo de la formación de esa conciencia ecológica en los individuos humanos?, ¿cuál puede ser la forma de elevar a los individuos a cuestionar los modelos económicos y los sistemas de valores en los cuales se basan? ¿cómo elevar a los individuos a conocer la calidad de vida que tienen y cual de éstas es la más adecuadas? ¿de donde puede esperarse la contribución para la formación de una verdadera conciencia ecológica?

La mejora de la calidad ambiental y consecuentemente de la vida, está relacionada con la capacidad que tiene cada persona de modificar e intervenir en su entorno, asicomo en los comportamientos específicos que mantiene con respecto a los elementos que lo componen. Comportamientos estos, que son influenciados e influenciables culturalmente y dependen directamente del proceso educativo que se ven sometidos a lo largo de sus vidas.

Resulta de ahí que la educación ambiental pueda desempeñar un papel importante en la solución de la crisis ambiental en la medida que pueda funcionar como instrumento: de concienciación y sensibilización social; de transmisión de los conceptos y vivencias necesarias que les permitan desarrollar y adquirir actitudes más responsables sobre las implicaciones de los distintos comportamientos del hombre frente a su entorno natural y humano y, sobre todo, de auxilio a los individuos en la resolución de problema concretos (Bernayas del Álamo,1995).

A la vez, la Educación Ambiental necesita de la Ética Ecológica para que le ayude a superar la concepción restringida y ambientalista de la Ética Medioambiental -que se ha centrado únicamente en un uso armonioso del medio ambiente  natural-, para sustituir así, la razón instrumental y antropocéntrica en la cual han sido basadas nuestras relaciones con el medio. Y, tanto la Educación Ambiental como la Ética Ecológica, vienen a necesitar de una nueva epistemología, que nos ayude a percibir la realidad de una manera relacional, interdependiente y biocéntrica, teniendo como base el pensamiento ecológico (Barrón, 2002). Podríamos decir entonces que hay una relación simbiótica entre ellas, en la medida que la ética ecológica ayuda a la Educación Ambiental a conformar los caminos que ésta puede y necesita avanzar; en cuanto la educación ambiental es el canal que permite la diseminación de los valores morales y éticos; y, las dos juntas, pueden conspirar para que la noción de desarrollo se desplace de su reducción al crecimiento económico y pueda así, demandar un nuevo modelo de vida y desarrollo que sea ecológicamente sostenible.

En cualquier planteamiento educativo se considera que educar (Novo,1995) significa posibilitar a que las personas no solo conozcan la razón instrumental de sus actos, sino, sobre todo, ayudarlas a comprender cuál es el sustrato ético que los orienta. “Correr el riesgo” debe ser decisión de la colectividad de los afectados, afectados que, a su vez, deberían incluir en su estimación asuntos cruciales como la preservación ecológica de la biosfera, la mejoría de sus calidades de vida o los derechos de las generaciones futuras (Guerra, 2001). De esta forma la ética viene a constituirse en el pilar básico de la educación ambiental, en la medida que es, antes que nada, un intento de adecuación da las actitudes humanas en el uso de los recursos de forma armoniosa.

En ese sentido podríamos tal vez considerar lo que Etxeberría6 sugiere como “ética de mínimos” en base a la cual sea factible restablecer o orientar las relaciones del hombre:

  • No destruir los equilibrios ecológicos nin los recursos naturales que atentan contra las posibilidades de vida digna y plena de las actuales generaciones humanas o de las futuras.
  • Intervenir en la Naturaleza guiados sólo por “buenas razones” y no por arbitrariedad.
  • Adoptar las decisiones por acuerdos obtenidos a través de la relación dialógicas argumentada entre todos los implicados en ellas.
  • Dada la exigencia de igualdad y simetría en la búsqueda de consensos, es de vital importancia construir dicha igualdad allí donde no existe, desde los niveles más locales a los más globales.
  • Cualquier opción deberá suponer un reparto equitativo de las cargas y los beneficios ambientales resultantes de nuestra intervención en la Naturaleza.
  • Se reprueba la crueldad sobre otras expresiones de vida.
  • Dada nuestra posición privilegiada de “seres humanos en la Naturaleza” debemos tratar a los seres naturales como análogos de los sujetos; esto es, no como meros objetos pero constituyéndonos de algún modo en sus abogados.

Así, es tarea de la educación ambiental contribuir al restablecimiento del valor moral de las acciones humanas en el medio, ayudándoles a rastrear las convicciones profundas que rigen o deben establecer nuestros impactos en todos los niveles, especialmente, los económicos puesto que allí estarían tomando cuerpo las enormes posibilidades de un movimiento educativo en dirección al cambio. Hay por lo tanto que reflexionar sobre las claves éticas que deberán orientar los programas educativos en coherencia con sus aspectos conceptúales y metodológicos de forma a proporcionar verdadero ejercicio crítico de los valores que intervienen como referencial para las acciones y puedan así tornarse efectivos.

4. Consideraciones finales


Como nos dice Antonio Caride (2001), la Educación Ambiental que se propone  como alternativa de solución a la crisis ambiental, actúa en verdad como legitimadora de estructuras socioeconómicas, políticas y sociales que, a la vez generan políticas y actuaciones ambientales que en la practica están poco o nada predispuestas  a cambiar el rumbo emprendido por la humanidad. La prueba más grande de esto se constata cada día, en todos los sitios, cuando los problemas crecen y se desarrollan y se presentan mayores obstáculos al derecho a la existencia. Ello ocurre, no obstante que el poder ambientalista institucionalizado de los gobiernos nacionales e internacionales ha venido activando en las últimas décadas, una sucesión sin fín de asambleas, conferencias, seminarios, reuniones, tratados, pactos, además de emprender sucesivas e exhaustivas análisis y evaluaciones de la situación ambiental en el planeta.

Lo primero que hay considerar es que integrar la educación ambiental en el proceso educativo no resulta una tarea fácil. Podríamos destacar como causas, inicialmente, la dificultad en educar en la complejidad resultante del propio concepto de medio ambiente que es borroso, complejo y hasta difícil de definir. El medio es un sistema caracterizado por poseer un gran número de componentes de naturaleza diferente, en interacción contínua y lo fundamental en su estudio son las relaciones. En la medida que estamos acostumbrados a poder diseccionar el conocimiento, cuando nos deparamos con un tipo de estudio con un alto nivel de mutación y complejidad como éste, acabamos por quedar sin el propio objeto de estudio pues se nos escapan los referenciales para hacerlo. Además, los conceptos tales como la Teoría General de Sistemas o la Teoría del Caos, son bastante complejos y difíciles de ser tratados en clases convencionales. En fin, las respuestas a los problemas ambientales no son únicas, ni siquiera es posible establecer la solución óptima de lo que sea  más adaptable a tal complejidad, educar sin proporcionar un objeto elaborado, sin comunicar una certeza. O sea una educación que viene desde abajo, desde la vida cotidiana de los educandos y no de respuestas prontas, impuestas y dirigidas por un sistema educacional.

Ahora bien, al no existir ninguna respuesta objetivamente válida a los problemas ambientales, la consecuencia es que todas las respuestas que se den están cargadas de valor. Eso significa decir que, consciente o inconscientemente lo que se acaba por transmitir es aquello que “consideramos bueno” desde nuestra subjetividad y de nuestros propios valores. Y lo más, en muchos casos los valores que se van inculcando se hacen patentes, pero en muchos otros no resultan tan evidentes.

Por otro lado, la educación ambiental que acaba por organizarse o intenta reorganizarse en el mismo marco en que se mueve la educación que carga una tradición de muchos años de enseñanza que se podría llamar de transmisiva  y donde los espacios y tiempos fueron planteados, estructurados y construidos de forma que estuvieran perfectamente adaptados a la estructura de la lección que la educación tradicional se proponía. Así, se tiene que si la acción es el objetivo de la educación ambiental, es poco más o menos imposible suponer que, en periodos de tiempos previamente definidos, con grandes grupos de alumnos hacinados literalmente de forma que a cada uno solo queda del otro la visión de su nuca y, además, apretados entre si en aulas diminutas; se puedan realizar acciones ambientales como medio de educación. Si bien hay que destacar, que representan una gran motivación para la educación pero con el cuidado de no limitar tal educación ambiental al segmento de los huertos escolares; plantar árboles en fechas conmemorativas, permanecer algunos días en centros específicos haciendo algunos recurridos por sendas ecológicas o a realizar algunas acciones reducidas a favor del medio, entre otras.

En todo caso, se trata de impulsar una educación que de facto pueda ser practica, que tome como constante, participar e intervenir de todos los niveles en la toma y puesta en practica de todo tipo de medidas que signifique mejorar los problemas ambientales y la calidad de vida de las personas. Específicamente hay que caminar en la dirección de huir a los peligros de la teorización y la memorización y buscar crear siempre situaciones que faciliten la participación e intervención tanto en el planeamiento cuanto en la resolución de problemas que reflejan nuestros entornos.

De esa forma la base de la enseñanza- aprendizaje será: la vida real, los problemas de conservación que reflejan en el entorno de todos los seres. En ese proceso debe quedar claro que si queremos desarrollar en las escuelas, colegios y centros educativos o en cualquier sitio que se pretenda, una educación verdaderamente ambiental, que nos haga dignos de la racionalidad de que estamos dotados, hemos de tener como cierto que la prioridad no es la formación académica, aunque ésta no debe olvidarse puesto que la adquisición de conceptos es parte integrante del proceso educativo. Pero, el principal objetivo a alcanzar debe ser la formación de valores, comportamientos y actitudes positivas que nos hagan obrar de forma racional pero afectiva con todo el medio que nos rodea para que podamos llegar a un desenvolvimiento de forma armónica con todo los demás seres y, a final, a la formación de la persona en el sentido más amplio y mas natural.

Sin embargo hay que entenderse que esta no es una acción para ser desarrollada solamente en la actuación con los alumnos. Nosotros, como profesores, también estamos con la responsabilidad de intervenir en ese proceso de enseñanza. Y una de las mejores acciones ambientales que podemos realizar es transmitir a los demás nuestra experiencia, reflexionando sobre ella y abriéndonos a la crítica. No hay que olvidarse que como dice Maria Novo (1995) el educador ambiental debe establecer un “vinculo del compromiso de educar con el compromiso de ser” pues su compromiso ético se extiende hacia adelante de su capacitación profesional en dirección a una búsqueda constante y permanente de revisión de las razones y acciones que configuran el ser de cada uno de nosotros en el medio y con los demás: educar educándose será la única forma de conseguir llegar al final del camino que queremos nos proponer. Es decir, debemos afrontar el reto de que la educación ambiental supone la necesidad de investigar, desde dos perspectivas diferentes: la investigación sobre el terreno, guiando y ayudando a los alumnos en la construcción de su conocimiento, y la investigación docente, ayudando a nuestros compañeros con nuestro trabajo.

Ante todo hay que considerar que a la educación ambiental cabe la tarea de reforzar sus funciones de servicio a la sociedad, y más concretamente sus actividades encaminadas a erradicar la pobreza, la intolerancia, la violencia, el analfabetismo, el hambre, el deterioro del medio ambiente y las enfermedades, y esto implica un planteamiento interdisciplinario y, a lo mejor, trans- disciplinario para analizar los problemas y las cuestiones planteados. A este respecto podríamos concordar con Nicolescu 7 que afirma que la visión transdisciplinaria es una perspectiva que propone considerar una realidad multidimensional estructurada en múltiples niveles, que sustituya la visión de una realidad unidimensional del pensamiento clásico. Los diversos niveles de realidad resultan de la interpretación armoniosa del conocimiento y de la percepción, pero, la realidad y sus niveles de percepción son múltiples y complejos. Además la realidad es una unidad abierta que engloba al sujeto, al objeto y a lo sagrado, que serían tres facetas de una sola y misma realidad. En la medida que la realidad reducida al sujeto destruyó a las sociedades tradicionales; la realidad reducida al objeto conduce a los sistemas totalitarios, y la realidad reducida a lo sagrado conduce a los fanatismos e integrismos religiosos. Así que, la transdisciplinariedad es en definitiva, una actitud que implica un cambio espiritual equivalente a una conversión del alma. En la práctica evoca el cruzar e ir más allá de diferentes disciplinas y áreas de conocimiento, es necesario impulsar una educación ambiental en estos moldes para que esta sustituya al tipo de educación fragmentaria basada en división de disciplinas.

Sabemos que el ritmo y la velocidad de desarrollo de cada país ocurren de forma diferenciada y desigual, teniendo en cuenta sus condiciones materiales, su historia, el grado de desarrollo de las instituciones y la de sus ciudadanos. Puede que unos tengan condiciones de ir con más prisa  y velocidad que otros, asimilando rápidamente los cambios, lo que genera a su vez desigualdades sociales expresadas en la pobreza, la intolerancia, la violencia, el analfabetismo, el hambre, el deterioro del medio ambiente y las enfermedades. Por consiguiente, cábenos concordar con Angela Barrón (2002:23) cuando afirma que “frente a un mundo cada vez más globalizado, la Humanidad necesita afrontar el reto de globalizar la dignidad humana, debiendo usar sus recursos, incluidas las nuevas tecnologías al servicio de una humanización de la mundialización”.

En ese escenario, es importante señalar que la Educación Ambiental no debe integrarse a vanos discursos y practicas de la educación global que, en todo caso, no contribuyen a avanzar hacia los cambios significativos que permitan al ser humano contribuir a un mejoramiento sustancial del bienestar humano y del entorno que hacen posible la vida. La Educación Ambiental, hay que buscar de facto, cooperar en la creación de una conciencia crítica, promover modelos sociales y estilos de vida alternativos, en los que la equidad y la justicia se constituyan como principios irrenunciables del quehacer pedagógico, lo que significa decir no acomodarse a las neutralidades ideológicas que acaban por legitimar el orden ambiental, social y económico establecidos. sobre los desafíos que el actual horizonte planetario presenta. (Caride, 2001).

Este es el momento de desarrollar una efectiva educación ambiental pues como dice Fritjof Capra estamos en el “Punto Crucial” que se caracteriza por el surgimiento de una nueva visión de la ciencia que se resiste a encajar en el esquema newtoniano, excesivamente mecanicista y nos orientamos a un paradigma mucho más abierto, flexible, holístico y ecológico que nos exige un ejercicio de transformación fundamental de nuestros pensamientos, de nuestras percepciones y de nuestros valores. Este pensamiento del paradigma emergente lleva consigo un cambio de la mentalidad occidental y consiguientemente una profunda modificación de la mayoría de las relaciones sociales, así como de las formas de organización.- Un cambio que como asegura F. Capra “va mucho más allá de las medidas superficiales de reajustes económicos y políticos tomados en consideración por los dirigentes actuales”.

El “cambio de paradigma” supone un modo nítidamente nuevo de enfocar antiguos problemas. Ahora bien, aunque sean problemas antiguos, hemos de buscar soluciones nuevas, aunque la gente no esté lista para ellas; no hemos de basarnos en soluciones antiguas, del ayer, porque eso estaría indicando nuestra incongruencia y, tal vez, nuestra testarudez y nuestra falta de ética con nosotros mismos y con los demás.. La solución no está en meter a los problemas parches y remiendos aquí y allá y esperar que el sistema educativo siga funcionando. Tenemos que rediseñar todo el sistema. Inventar todo lo nuevo que podamos y pensar sobre cómo van a ser las nuevas estructuras para que, cuando por fin se desmoronen las antiguas, estar preparados para cuando tengamos que reemplazarlas.

Tenemos cada día más claro que el destino de la humanidad depende de la capacidad que tengamos de asumir el desafío frente a los nuevos modos que tengamos de ser, de sentir, de pensar, de valorar, de actuar, hasta de rezar o de establecer nuestra relación con nuestra dimensión espiritual, que, según dice Leonardo Boff (1996), en su libro Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres, necesariamente conllevan a “nuevos valores, nuevos sueños y nuevos comportamientos asumidos por un número cada vez mayor de personas y comunidades”.

Este es, por supuesto, el momento de desarrollar una Educación Ambiental impregnada de valores de una ética ecológica que concordando con Nicolás Sosa(1995), atienda a contenidos de felicidad, de bienestar, de calidad de vida repensados en los valores que incluyen bienestar integral y vida digna; habría que incluir también, en tal dimensión moral, los sentimientos, las emociones y los afectos que nos conforman a todos: lo que nos rodea, el medio, paisaje, el mundo inanimado que está estrechamente unido a nuestra percepción de ese medio y que por consiguiente forma parte integrante de lo que somos.

Si consideramos lo que afirma Humberto Maturana (1990), en El árbol del Conocimiento, de que las conductas humanas se constituyen a partir de los deseos, de las aspiraciones, de las envidias, de los enojos, del amor, lo que significa decir que son constituidos desde las emociones y no desde la razón, el potencial existencial está dentro de cada uno de nosotros mismos como lo están los flujos cíclicos de materia y energía generadores de la miríada de posibilidades que como “co-creadores debemos traer a la existencia”. Asimismo, si  consideramos lo que asegura Fritjof. Capra en La Teia de la Vida, de que todos los miembros de un ecosistema están interconectados en una vasta y complicada red de relaciones que conforman “la trama de la vida” entonces, nosotros, los seres humanos, al igual que los demás seres, “somos lo que somos, como consecuencia de esas relaciones”. Resulta en consecuencia, coincidente con lo que Leonardo Boff plantea en su libro Ecología: Grito de la tierra, grito de los pobres:  la urgencia de no permanecer sordos ante la agresión ecológica de nuestro planeta Tierra y ante la feroz agresión hacia los excluidos.

En conclusión tendríamos que “en el corazón de las dificultades del hombre actual esta su desconocimiento de conocer” (Maturana, 1990:210) puesto que en el recorrido hecho hasta este momento queda evidente que, desde hace mucho, han sido puestos los problemas ambientales y las consecuencia para el planeta y para el futuro de la humanidad; han sido puestos los valores, las acciones necesarias para hacer frente a lo problemas. En efecto, todos los que tienen en las manos los destinos de la humanidad saben lo que deben y es necesario hacer. No lo hacen porque están impregnados de egoísmo y desamor y actuar significaría mirar el otro como un igual, significaría admitir una condición de igualdad al otro y a los demás seres a los cuales el hombre, “todopoderoso ser de universo”, no quiere admitir. No lo hace porque le falta voluntad o actitud positiva para actuar de manera responsable. En fin, no lo hace porque le falta la capacidad de recuperar su relación de sacralidad con la naturaleza y con los demás seres del planeta.

 

5. REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS


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BERNAYAS DEL ÁLAMO, Javier y Barroso, Clara (1995) Concepto y Fundamentos de la Educación Ambiental. Historia y Antecedentes. Master en Educación Ambiental. Ed. Instituto de Investigaciones Ecológicas.

BOFF, Leonardo (1996) Ecologia, grito de la Tierra, grito de los pobres. Madrid:Trotta, D.L.

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SOSA, Nicolás M. (1995a) La Ética en la Educación Ambiental. En: Educación Ambiental Sujeto, Entorno y Sistema. Salamanca: Ed Amarú. p.p. 140-163.

NOTAS

1 Entiéndase Antropocentrismo como un conjunto de valores y acciones que se basa en la dominación del hombre sobre el resto del mundo vivo y no vivo. En esa corriente se inscriben muchas de las ideas conservacionistas de nuestro tiempo, en las que escudan la idea de conservación y desarrollo de los bienes naturales pero lo hacen desde un marco ético que juzga a la Naturaleza esencialmente como recurso al servicio del desarrollo humano. Por consecuencia, todo el mundo inanimado y los seres vivos (animales y plantas) quedan fuera del campo de las relaciones morales con los humanos (Novo,1995).

2 Entiéndase como ética “la percepción que el sujeto tiene de su mundo y su entorno, pasando por la experiencia de sus necesidades, la estimación de lo que considera valioso y digno de ser defendido, lo cual generara en él ciertas convicciones con arreglo de las cuales conformará sus actitudes y sus comportamientos”. (Nicolas Sosa, 1995:122).

3 -por ejemplo, la inadecuada gestión de los recursos naturales, la constante y progresiva explotación y destrucción de bienes materiales primarios, o de los conflictos existentes entre las relaciones del hombre con el hombre y de este con el medio. .

4 Contrario a los que niegan la posibilidad de una ética medio ambiental, interés aquí seria entendido por lo menos un conjunto de necesidades básicas que es pertinente y conveniente satisfacer para los hombres, los animales y interés o derechos de la biosfera.

5 Es evidente que hablar en generaciones futuras adentrarse a un problema de difícil solución pues que significa una cuestión de plantear la existencia de derechos por parte de seres que ni siquiera existen, pero de quienes se supone fundamentalmente que tendrían interés en un espacio vital, aire limpio, por fin, condiciones  que les permitan desarrollar una vida que tenia condiciones de ser calificada de humana. En este aspecto, según Nicolás Sosa los filósofos que intervienen habitualmente en la discusión ecológica son mucho más proclives a admitir un tipo de obligación moral respecto a esas generaciones, basados en que el egoísmo desconsiderado de las generaciones es tan contrario a la razón como lo es el de los grupos (Sosa, 1990). Segundo Attfield (1997), cuando aceptamos como plausible el punto de vista de que todo lo que posee interés posee también relevancia moral, nosotros estamos aceptando que case todos los seres humanos merecerían relevancia moral. Por otro lado, si las personas actuales poseen relevancia moral, y las de futuro serán prácticamente iguales a estas, la conclusión a que se llega es que las personas del futuro también merecen consideración moral. También, si entendemos que actualmente nuestras acciones pueden afectar para el bien o para el mal un gran numero de personas, ya sea preservando el planeta, ya sea empobreciéndolo o contaminándolo, entonces lo que se venga a empeorar las perspectivas de generaciones futuras hay que ser evitado. Hay que considerar todavía, que somos responsables de gran parte de lo malo y de lo bueno con relación a las vidas de todo cuando esté vivo. Significa decir que todas y cada una de las personas poseen relevancia moral incluso cuando no todas ellas lleguen a vivir, teniendo en vista el beneficio o prejuicio que podamos causarles.

6 Etxeberría (1994) La ética  ante la crisis ecológica. Cuadernos Bakeaz, nº 5 p.p.10-11, citado en Caride, José Antonio y Meira, Pablo A. Educación ambiental y desarrollo humano. 2001. p.p.231.

7 Basarab Nicolescu, físico teórico del Centre National de la Recherches Scentifique (CNRS) y presidente del CIRET, que ha investigado el nacimiento del término “transdisciplinariedad”, citado en Motta, (2002).

 

 

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