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LA IMPORTANCIA DE LAS ENFERMEDADES INEXTRICABLES MÁGICO-RELIGIOSAS DE LOS DIFERENTES GRUPOS ÉTNICOS DE MÉXICO Y SU RELACIÓN CON LA PRÁCTICA MÉDICA


Estrada Domínguez Rosa María*, Ponce de León Puig Ilia** y López Villegas Rosario**
*Facultad de Estomatología, Cuerpo Académico: Estomatología Social
** Facultad de Medicina Cuerpo Académico:  Ciencias de la Salud
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Puebla, Pue. México

Introducción

En la cultura del Imperio azteca establecida en el altiplano central de México, se consideraba a la enfermedad como castigo enviado por una deidad, casi siempre por haber violado un tabú de alguna ley religiosa, o bien, causada por hechiceros, brujos o chamanes, los cuales diagnosticaban el tratamiento de las enfermedades hacia los ritos mágicos y religiosos.

    Las nociones y prácticas relativas a la enfermedad y a la medicina en esta cultura se presentaban como una mezcla de conocimientos que explican a través de la religión y de la magia el diagnóstico para el tratamiento de las enfermedades, las cuales eran combatidas por los mismos personajes que causaban la enfermedad.

Con la incorporación creciente en los últimos años de alumnos indígenas en las diferentes unidades académicas de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (México), es necesario que los docentes conozcan de esta temática de  costumbres y creencias de los diferentes grupos étnicos que viven en nuestro estado, con el fin de relacionar estos  temas con el contenido de sus asignaturas que les permitan a los alumnos manejar las enfermedades mágico-religiosas dentro de la base científica con sus pacientes.

La enfermedad entre los aztecas

    La enfermedad entre estos indígenas se le atribuye a cuatro causas posibles: la primera causa, es la introducción, por obra de magia negra, de un cuerpo extraño en el organismo del enfermo; la segunda causa se le atribuía a sufrimientos o a la muerte infligidos al Dios del enfermo. La tercera causa es la pérdida del tonalli, término que designa a la vez al alma, que es el aliento vital y el signo bajo el cual ha nacido el paciente, es su suerte o su destino y, la cuarta causa son los “aires de enfermedad”, que son las influencias nefastas e invisibles que vagan alrededor de los humanos sobre todo por la noche.

    También, eran causantes de las enfermedades, algunas veces  Tláloc y otras veces los dioses de las montañas que provocaban las enfermedades de frío, ya que se decía que procedían de los montes y que éstos tenían el poder para sanarla; y aquellos  a quienes estas enfermedades acontecían, hacían voto de hacer fiesta y ofrendar a tal o cual monte de quien estaban más cerca, o con quien tenía más devoción. Las enfermedades como la gota de las manos o de los pies, o de cualquier otra parte del cuerpo y también el tullimiento de algún miembro o de todo el cuerpo; o tortícolis mencionaban que eran enfermedades que las quitaban los dioses del agua y de la lluvia. Se atribuía también a Tláloc las enfermedades de la piel, las úlceras, la lepra y la hidropesía. Se consideraba que las convulsiones y la parálisis de los niños provenían de las Cihuapipiltin (mujeres, diosas celestiales), estas diosas andaban juntas por el aire y aparecían cuando querían a los que viven sobre la tierra, sobre todo entrando en los cuerpos de los niños. La creencia actual referente a los “aires” no es más que la misma tradición, despersonalizada.

    Otras divinidades podían causar enfermedades: como las que presidían el amor carnal. Se creía que el hombre o la mujer que se entregaban a amores ilícitos extendían a su alrededor, como por un maleficio permanente, lo que se llamaba tlazolmiquiztli, que significa “la muerte causada por el amor”, y que los niños o los parientes de aquéllos eran atacados de melancolía. Estos síntomas eran como una contaminación a la vez moral y física, de la cual sólo se podía aliviar por medio del baño de vapor, rito de purificación y por la invocación de las tlazolteteo, diosas del amor y del deseo (Soustelle, J. 2001: 192).

    El dios de la juventud, de la música y de las flores, Xochipilli, castigaba a los que no respetaban las prohibiciones, por ejemplo los hombres y las mujeres que tenían relaciones sexuales durante épocas de ayuno, dándoles enfermedades venéreas, hemorroides y enfermedades de la piel.

    Todos estos dioses causaban enfermedades, otros, o bien ellos mismos, podían aliviarlas. Los tlaloques podían en respuesta a las oraciones y a los sacrificios, alejar las enfermedades que habían enviado. El dios del fuego auxiliaba a las mujeres durante el parto, lo mismo que la diosa Cihuacóatl, protectora de los que tomanban baños de vapor.

    Cuando un hombre nahuatl caía enfermo, la primera medida que había que tomar era distinguir la causa de su enfermedad: diagnóstico que descansaba no en la observación de los síntomas, sino en la adivinación. Para hacer esto, el curandero arrojaba algunos granos de maíz sobre un trozo de tela, o en un recipiente lleno de agua, y según el modo como caían los granos, en grupo o dispersos, o la manera como flotaban sobre el agua, o por el contrario se iban al fondo, sacaba sus conclusiones.

    Según Jaques Soustelle, el “nahualismo” en el sentido actual de la palabra, sea probablemente un fenómeno relativamente reciente, en aquel tiempo se engloba bajo el nombre de tonalli, tanto el “genio” (carácter) particular de cada uno cuanto su buena fortuna y su estrella en el sentido de suerte determinada de antemano.

    La enfermedad recibía el nombre de nitic mocomaltía in atonahuiztli, que literalmente significa “la fiebre acuática se hace bazo en mi interior”. Existía en la antigüedad una planta llamada tlacopatli, usada en contra de las enfermedades para fortalecer y reanimar al individuo. Hacían collares de cuentas con esta planta, las ponían a los niños para debilitar la enfermedad y los especialistas para devolver el tonalli, aplicaban la raíz a la mollera (fontanela) de los menores. Es extraño que una planta maloliente alojara o trajera a la entidad anímica, que apetecía objetos aromáticos.

También se recurría al cactus sagrado que era el peyote, como una planta que conducía a revelar la causa de la enfermedad, es decir, la magia que la había originado y la identidad del hechicero. La denuncia que estos oráculos lanzaban contra un individuo se tenía por indiscutible: de ahí arrancaban los rencores y los odios inextinguibles entre los familiares del enfermo y los supuestos hechiceros (Soustelle, J. 2001: 194).

La capacidad del tonalli no podía ser puesta en duda, puesto que una parte de la fuerza vital de los hijos de los nobles era dejada como prenda en el calmécac (escuela), en tanto los niños cumplían la edad suficiente para ingresar al templo-escuela. Una de las características más del tonalli era que podía ser introducido en un ser vivo que no fuese su anterior poseedor, así se revitalizaba al nuevo dueño, quien veía incrementada su fuerza (López Austin, A. 1996: 241).

    El cabello era considerado un recipiente de fuerza, que formaba una capa protectora en la cabeza, impidiendo que se saliera el tonalli; se usaba como materia médica y que dañándolo se dañaba a la persona de la que el cabello se había cortado o desprendido. Como cobertor de la cabeza que impedía la salida del tonalli el cabello se dejaba crecer; a los niños enfermos o se les hacían cortes en forma de serpientes, cuyo significado mágico no es del todo claro. Correlativamente, una de las penas más severas era cortar totalmente el cabello de los delincuentes, con lo que se les exponían a la pérdida del tonalli.

    Alfredo López Austin menciona en su libro Cuerpo humano e ideología (1996), las ausencias normales del tonalli sería el estado de inconsciencia, la ebriedad, la enfermedad y el sueño. Es muy peligroso despertar súbitamente a quien duerme, porque se puede provocar un espanto, esto es la pérdida de la sombra.

    El espanto según Fernando Benítez (1991), es una enfermedad endémica que hace estragos entre los indios mexicanos. Este mal se contrae fácilmente, basta que una mujer o un hombre se caiga en el río, resbale en un grieta, afronte el peligro de una rama desgajada o el ruido de la caida de un rayo. Los niños son los que con mayor frecuencia pierden el alma o tonalli. Durante sus juegos se caen y sin darse cuenta se les sale el alma y lo dejan tirado en el suelo, porque el alma es un objeto perdedizo, como las monedas, las canicas que guardan en su bolsa.

    Para saber si un niño enfermo había perdido su tonalli, la curandera lo sostenía por encima de un recipiente lleno de agua y miraba en él como un espejo mientras invocaba a la diosa del agua.

    Cuando la madre del niño o el hombre que han dejado tirado el alma advierten su pérdida y saben el lugar donde se les extravió, y pueden recobrarlo mediante un conjuro, pero si el conjuro se les olvidara o más tarde la aparición de la enfermedad les hace ver que tienen como causa la pérdida del alma, deben llamar al curandero porque es el único capaz de recobrarla y de devolverla al almario vacío.

    Se dice que la sombra alejada de los sueños visita sitios habitados por los muertos y los Dioses, lugares a los que el hombre no puede llegar normalmente, y que en los viajes es posible que la sombra sea capturada. Esto puede ser interpretado como el peligro del viaje del tonalli por el exterior del cuerpo en el momento en que las fuerzas de la oscuridad han dominado transitoriamente el mundo; la entidad anímica queda totalmente desprotegida y no puede regresar al cuerpo (López Austin, A. 1996: 246).

    En cuanto a la pérdida del tonalli que supone enfermedad o muerte en el individuo deben distinguirse la salida que causa la enfermedad, a la postre la muerte y la salida de la entidad anímica como consecuencia de la muerte, esto podía deberse a una violencia física, como la de cortar los cabellos protectores de la mollera, o a la súbita impresión del miedo. La forma más común era el susto lo que significaba el espanto.

    Ruy Pérez  Tamayo en su libro Concepto de Enfermedad (1988), señala: la forma muy generalizada de la pérdida del alma es la enfermedad llamada “susto”, “espanto”, “pasmo” y otras maneras más de llamarlas en diferentes localidades. Es susto afecta a miembros de distintas comunidades, tanto indígenas como mestizos, rurales o urbanas, ricas pobres, lo pueden presentar niños o adultos y aunque afecta a ambos sexos, parece ser más frecuente en mujeres. Los sujetos afectados por “susto” muestran muy diversas formas de la pérdida del alma, pero en general todos tienen insomnio, debilidad, apatía, falta de apetito, desinterés en el vestido y en la higiene personal, depresión y no pocas veces, tendencia a la autodestrucción. En muchos casos el episodio que desencadena la enfermedad es un verdadero susto, o sea un miedo repentino ocasionado por alguna fuerte impresión, como un accidente que pone en peligro la vida del sujeto mismo o de algún miembro de la familia.

    En ciertas sociedades, el síndrome del “susto” aparecerá como consecuencia de un episodio en que el individuo es incapaz de cumplir con las expectativas de su propia sociedad para el papel con que se ha integrado a ella. Aunque todas las personas de una sociedad crean en el concepto de la pérdida del alma y su consecuencia patológica, no todos los miembros de esa sociedad serán víctimas de este tipo de enfermedad.

Se supone entonces que las personalidades individuales actúan como variables contingentes. Esto es, si dos miembros de la sociedad, apareados en relación con edad y sexo, no son capaces de cumplir adecuadamente con las expectativas de la sociedad, uno puede responder ante la percepción de su incapacidad adoptando el papel de enfermo, o sea sufriendo “susto”, mientras que el otro puede adaptarse de manera distinta por ejemplo, expresando enojo generalizado o desplazando su hostilidad. Además entre los que se enferman de “susto” la gravedad, la cronicidad y la frecuencia de los episodios variarán sistemáticamente con respecto a circunstancias sociales y de personalidad.

El mal de ojo. Una enfermedad hasta nuestros días

    El mal de ojo es una de las creencias más extendidas en el mundo. En términos muy generales puede caracterizársele como la emanación personal de una fuerza que surge en forma involuntaria debido a un fuerte deseo, y que va a perjudicar al ser deseado. Hoy se habla del mal de ojo en todo el territorio que ocupó Mesoamérica; pero al parecer, tanto el nombre español como la influencia europea del concepto han venido a sinterizar distintas creencias que tienen su origen en la antigüedad nahuatl.

    Ceferino Palencia, (1996) menciona: la síntesis hace difícil la distinción, más si se toma en cuenta que desde épocas muy tempranas el término “mal de ojo” se aceptaron para designar creencias y eran contrarrestados por los amuletos, que son hasta en la actualidad los únicos efectivos contra esta enfermedad. Éstos también llamados mascotas, se derivan directamente del concepto de fetiche. Los pueblos primitivos consideran que son objetos que contienen un espíritu. Así los fetiches son el lugar donde habita un espíritu que actúa a favor del que lo porta, y las mascotas son objetos que se emplean para protegerse de la mala suerte o influencias negativas. Los amuletos se hacían con semillas, piedras, dientes, gorras, conchas, corales y emblemas simbólicos. La semilla de ojo de venado contiene una mancha negra que semeja una pupila, y era para los aztecas la indicada para alejar la mirada fuerte, la envidia de una persona.

    El mal de ojo se considera un mal causado voluntariamente y se traduce como calor encerrado o sangre irritada y lo pueden transmitir los cansados y sudorosos, los hambrientos, los sedientos, las menstruantes y los iracundos. Se habla del estado del causante como humor muy revuelto. Daña a las recién paridas, a las embarazadas, a los recién nacidos y aún a los niños ya mayores. También se menciona que se transmite con la sola presencia de los irritados, aunque se llega a hablar del paso a través de la vista. Otro daño causado por la mujer embarazada a su hijo y a su marido es la chipilez, que es un padecimiento provocado por el mal de ojo.

    Los niños recién nacidos que son dañados tienen diarrea y les sangra el ombligo; el niño mayor sufre diarrea con pujos o sin ellos, fiebre, vómito, sobresaltos durante el sueño y una de las aberturas palpebrales es más chica que la otra; la mujer sufre prolongación de los trabajos de parto. Todo esto se evita si las personas irritadas esperan a enfriarse antes de entrar en contacto con los vulnerables (López Austin, A. 1996: 298).

    También existe el mal de aojar. Lo causaban los gemelos, sus demás hermanos, los padres de éstos y los caminantes. La transmisión se da por la proximidad y contacto del transmisor por cansancio dejado en los manojos de las hierbas usadas para limpiarse las piernas. Se decía que se evitaba este mal, haciendo que los gemelos o las demás personas entraran en contacto con los enfermos, como un acto de recoger el frío o de devolver el calor robado. Hoy se evita este daño entregando dinero a los gemelos o poniéndole saliva de uno de los gemelos a la parte del cuerpo del enfermo donde se manifiesta el daño (López Austin, A. 1996: 299).

    Finalmente, se utilizaban otros procedimientos de diagnóstico mágico: la adivinación por medio de cordeles, especialidad de los mecatlapouhque (adivinadores de cordeles), y “la medida del brazo”, rito por el cual el curandero, habiéndose embadurnado las manos con tabaco, “medía” el brazo izquierdo del paciente con la palma de su mano derecha.

    Una vez determinadas la naturaleza y la causa de la enfermedad, comenzaba el tratamiento propiamente dicho. Si se trataba de una enfermedad enviada por un dios, procedía desagraviarlo haciéndole ofrendas. En otros casos, los métodos terapéuticos conllevaban una proporción variable de operaciones mágicas: invocaciones, insuflaciones, imposición de manos, “extracción de piedras, gusanos, o pedazos de papel que se pensaba habían sido introducidos en el organismo del paciente, así como curaciones fundadas en conocimientos positivos: sangrías, baños, purgantes, apósitos, cataplasmas, administración de extractos o de infusiones de plantas.

    El tabaco y el incienso vegetal (copalli) desempeñaban un papel muy importante en todas esas prácticas. Se invocaba al tabaco, comprimido y macerado, llamándolo “el que ha sido golpeado nueve veces”. Los dedos del curandero eran llamados “los cinco tonalli”, y en general puede decirse que el lenguaje que se empleaba en estas fórmulas mágicas estaba lleno de imágenes y era muy oscuro.

    Al mismo tiempo que las invocaciones y los gestos mágicos, los curanderos mexicanos sabían emplear una terapéutica fundada en un cierto conocimiento del cuerpo humano y en las propiedades de las plantas o de los minerales. Sabían reducir las fracturas y aplicaban tablillas sobre los miembros rotos. Sangraban hábilmente a los enfermos con navajas de obsidiana. Colocaban emplastos emolientes sobre los abscesos y obsidiana finamente molida sobre las heridas.

    La farmacopea de los aztecas comprendía algunos minerales, la carne de ciertos animales y sobre todo un gran número de plantas que al conocerlas los conquistadores quedaron impresionados por la eficiencia y eficacia perfecta de las virtudes de la herbolaria mexicana, teniéndola como una tradición hasta nuestros días.

    Así el hombre es concebido como un ser en el que el equilibrio es básico para su salud y ante un estado de desequilibrio, ya francamente patológico, ya de riesgo, se procura restablecer la normalidad por medio de la ingestión o de la aplicación de productos de naturaleza contraria al mal. En forma general, debe destacarse la importancia del sistema ideológico de las concepciones patológicas del cuerpo humano en la sociedad nahuatl, ya que el hombre libre contaba con tan exiguos recursos económicos. Las sanciones sobrenaturales de mayor importancia y número se dirigían contra la salud y la vida del tributario y de su familia. La existencia era una lucha constante contra invisibles peligros. El hombre sumiso al orden cósmico, al orden social, era el de cuerpo menos vulnerable.

 

CONCLUSIÓN


    Con respecto a todo lo anteriormente descrito se considera la importancia de la inclusión del conocimiento de costumbres y creencias de los grupos étnicos, en la actualización de los docentes y alumnos con el fin de relacionar todo esto dentro del marco científico y respetar la ideología de estas culturas.

Bibliografía

Benítez, F. (1991).  Los indios de México. Biblioteca ERA. México.

López Austin, A. (1996). Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas. Universidad Nacional Autónoma de México.

Palencia, C. (1996). La medicina en la historia. El médico moderno. México.

Pérez Tamayo, R. (1988). El concepto de enfermedad. Fondo de cultura económica. Universidad Nacional Autónoma de México.

Soustelle, J. (2001). La vida cotidiana de los aztecas en víspera de la conquista. Fondo de cultura económica. México.

 

 

 

 

 

 

 

 

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