49 Congreso Internacional del Americanistas (ICA)

Quito Ecuador

7-11 julio 1997

 

Fanny Carrión de Fierro

49. CONGRESO INTERNACIONAL DE AMERICANISTAS

49TH INTERNATIONAL CONGRESS OF AMERICANISTS

Comité Ejecutivo del 49. ICA

Pontificia Universidad Católica del Ecuador - Quito

SIMPOSIOS LINGuISTICA Y lITERATURA

LIN 08: LA VISION DEL OTRO: VIAJEROS DEL SIGLO XIX

Ponencia:

LA GENTE Y LA NATURALEZA EN EL ECUADOR: UN CONTRAPUNTO DRAMATICO Y FASCINANTE

Ponente: Dra. Fanny Carrión de Fierro

RESUMEN

Por medio de un enfoque semiótico deconstructivista, se hará un análisis comparativo de la visión del Ecuador que se presenta en los libros Hacia el Ecuador , de Joseph Kolberg, S.J. -publicado originalmente en Alemán en 1876 y en su versión española en 1977- y The Donkey Inside , de Lwdwig Bemelmans, publicado por primera vez en inglés en 1937. Dos son las propuestas que trataremos de demostrar. La primera, que la frescura del descubrimiento hace sincera y emocionada la visión de estos dos extranjeros del norte, lo cual no impide su objetividad. La segunda, que la visión de Kolberg da prioridad a la belleza natural de nuestro país y la de Bemelmans a la adaptación de la gente a su dramático entorno, lo cual no ha sido óbice para que ambos hayan percibido el fascinate contrapunto entre la tierra y el hombre ecuatorianos.

INTRODUCCION

Parecería que el destino del continente americano -que es como decir el de nuestro pequeño planeta- ha estado siempre marcado por los viajes. En efecto, cada viaje que un grupo humano ha emprendido, ha tenido la doble consecuencia de ampliar sus perspectivas y el conocimiento de su entorno por un lado, y por otro de sufrir el dolor y la violencia que toda conquista y colonización desatan. Los innumerables viajes que se iniciaron en 1492 no se escapan a esta interpretación. Al contrario, son el ejemplo más elocuente de ella, como nos lo muestran los crueles atropellos que desde el principio sufrieron los aborígenes americanos por parte de los invasores europeos, pero también las casi infinitas posibilidades de conocimiento que dichos viajes hicieron posibles. Más adelante, luego de los trescientos años de vida colonial, los viajes hacia Iberoamérica, en especial los que se efectuaron en la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, no perdieron la frescura del descubrimiento, aunque sí la ferocidad y la ambición iniciales. La razón para esta evolución es obvia: nuestros países eran ya políticamente independientes y se encontraban en pleno proceso de formarse a sí mismos.

La visión del otro, de la "otredad", como dijera Octavio Paz, es decir la genuina disposición a observar y comprender las diferencias, es quizás el rasgo más característico de estos nuevos viajes. Los ojos que nos ven no han cambiado, pero sí lo ha hecho la perspectiva desde la cual nos miran. Esta actitud, más humana que las precedentes, se presenta en los dos libros que vamos a analizar en el presente trabajo: Hacia el Ecuador , del jesuita alemán Joseph Kolberg, uno de los más ilustres profesores de la Escuela Politécnica Nacional traídos al país por Gabriel García Moreno, y The Donkey Inside -cuya traducción al español sería El Burro por Dentro -, del viajero y escritor estadounidense Ludwig Bemelmans. La razón que nos ha movido a comparar las notas personales de viaje de un académico jesuita, que permaneció cinco años en el país durante el dominio de uno de nuestro más controversiales gobernantes, con la crónica penetrante y humorística de un sofisticado aventurero que, sesenta años más tarde, puso a prueba las idealistas elucubraciones de aquél, ha sido ante todo el interés que esta comparación puede suscitar.

Nos ha parecido, en efecto, que resultará sugestivo comparar la metódica visión de Kolberg con la artística de Bemelmans, porque a través de ésta se podrá descubrir hasta qué punto las predicciones del futuro están cargadas de imponderables, de imprevistas circunstancias que hacen siempre más compleja la realidad que la grata tarea de anticiparla.

Sobre la base de estas consideraciones, queremos proponer que las dos visiones son tanto sinceras y emotivas cuanto objetivas. La objetividad, desde luego, es siempre relativa y corresponde a la experiencia vital de quien trata de ser objetivo. Por eso encontraremos objetividad en Kolberg cuando habla de la geografía y la belleza natural de nuestro país, y en Bemelmans cuando penetra en la vida social y personal de la gente. En cambio, Bemelmans es lírico al hablar de nuestro imponente paisaje y Kolberg hace intervenir sus emociones al hablar de nuestros diferentes grupos sociales, de nuestras cualidades y defectos y, sobre todo, de la época garciana. Interesantemente, ambos viajeros coinciden en percibir el fascinante contrapunto entre la tierra y el hombre ecuatorianos, es decir entre la circunstancia de vivir prácticamente en un paraíso terrenal y la de no saber cómo conducirse ante el imperativo categórico de crear una nueva sociedad, una nueva ética, una nueva estética y una nueva convivencia política, es decir un nuevo contrato social. En consecuencia, una característica común a las visiones de Kolberg y Bemelmans consiste en lo que hoy llamaríamos un etnocentrismo humanista, que no por eso deja de ser tal, puesto que considera que los ecuatorianos carecemos de la capacidad para salir adelante frente a los retos que la historia, la geografía y el destino nos han impuesto. No se deja de percibir en los dos sin embargo una especie de condescendencia paternalista que, a pesar de la innegable actitud de superioridad con que nos mira, implica que aun en las más altas virtudes o los peores vicios de esta sociedad, está escondida la inocencia de América, su incapacidad para diferenciar el bien del mal o el progreso del atraso, puesto que todavía no goza de las "ventajas" de la civilización.

Las diferencias que podrían encontrase entre el etnocentrismo de Kolberg -más bien ilustrado y de signo católico, con tendencia a la visión ética de la realidad- y el de Bemelmans -más inclinado hacia un enfoque socio-cultural influido por la civilización nórdica racionalista- no son significativas ni le quitan validez a nuestra propuesta, sino que, al contrario, le otorgan nuevos matices y posibilidades de interpretación. Por ejemplo, hemos encontrado que la narración de Kolberg está influida por el movimiento romántico, en auge en la Alemania de su tiempo, mientras que la de Bemelmans, escrita justo luego de la producción novelística de la "Generación Perdida" norteamericana y antes del nuevo arte realista de los años treinta y cuarenta, exhibe una actitud intermedia entre las dos estéticas.

Dos principios deconstructivistas, propuestos originalmente por Jacques Derrida (Selden 84-91), nos ayudarán a iluminar estas propuestas. El primero, que la preeminencia del lenguaje oral sobre el escrito es una falsa premisa de la filosofía occidental, y que por tanto el lenguaje escrito tiene también la capacidad de hacer presente ante el lector el pensamiento del escritor, por no ser la mera reproduccion gráfica del lenguaje oral. Este principio confiere independencia y potencialidad expresiva al escrito y lo vuelve atemporal, lo cual es interesante para nosotros, puesto que pretendemos una lectura de textos de épocas pasadas que hablan sobre un mismo espacio. El segundo, que el signo escrito puede reproducirse en ausencia no sólo del sujeto que lo emitió en un cierto contexto sino también del sujeto al que fue dirigido. Esto significa que puede romper su contexto real y ser leído en otro diferente, sin importar lo que su autor pretendiera decir con él. Por tanto, cualquier cadena de signos escritos puede insertarse en un discurso con otro contexto, como por ejemplo el análisis interpretativo de dicho texto. Estos dos principios, esperamos, conferirán independencia y orignalidad a nuestro análisis, sin quitarle el rigor necesario.

Vamos a enfocar nuestro estudio desde dos puntos de vista, más que por rigidez o artificio por razones metodológicas, aunque los encontraremos entrecruzados frecuentemente en los textos. Antes de iniciar nuestra tarea, haremos un esbozo de los antecedentes históricos y culturales que rodean las dos narraciones y las ubican, por tanto, en su sociocontexto. Los dos temas en que dividiremos nuestro trabajo son:

- La Gente y la ciudad

- El Hombre y la Naturaleza

ANTECEDENTES HISTORICOS Y CULTURALES

Desde tiempo inmemorial, la simbología del viaje ha estado asociada a la búsqueda ritual de algo importante, trascendente, tanto para el viajero como para su comunidad. Quien lo ha emprendido ha asumido el papel del héroe que no descansa hasta encontrar la tierra prometida, el jardín del Edén, la isla donde le espera su amada, la ruta más corta al país de las especias, o también el significado de su existencia o el conocimiento de sí mismo. Se ha tratado en todo caso de un aprendizaje dinámico, dialéctico, fruto de una confrontación: lo propio, lo familiar y conocido, frente a lo ajeno, lo otro, lo desconocido.

Así se han comprendido, desde Homero y la Biblia, los viajes más heterogéneos, trátese de una excursión guerrera o de caza, de las tentaciones de Ulises, de las cruzadas, o de las innumerables carabelas que siguieron a las de Colón en lo que los europeos dieron en llamar "el descubrimiento del Nuevo Mundo". En todos se ha intentado, de una u otra forma, imaginar aquellos mundos nuevos antes de encontrarlos o añorar los perdidos paraísos, es decir que se han formulado nuevas utopías.

Con la conquista y colonización de nuestro continente -y en especial de Iberoamérica- se inicia una fiebre viajera hacia las nuevas tierras, la cual, sin descartar el carácter simbólico del viaje, le otorga sin embargo nuevas motivaciones y propósitos, algunos tan poco recomendables como la desmedida explotación de nuestros metales preciosos. Resultaba natural y necesario para la corona española, por ejemplo, enviar misioneros a las nuevas Españas, así como también oidores, encomenderos, inquisidores y tratantes de esclavos.

Ya avanzada la época colonial y en la antesala de nuestra luchas libertarias, hacia mediados del siglo XVIII, los viajes toman un giro científico. La Misión Geodésica franco-española llega a estas tierras para señalar con exactitud la línea del ecuador, y se dedica por años no sólo a sus labores específicas, sino también a lances de amor, aventuras imposibles, intrigas palaciegas y entusiastas exclamaciones ante la belleza y variedad de la naturaleza ecuatoriana. Alexander von Humboldt, por su parte, a más de su gigantesco trabajo como naturalista y botánico a lo largo de todo el continente, no vacila en estimular a Simón Bolívar para que se lance a la gigantesca tarea de enfrentarse al imperio español hasta sacarlo de estas tierras andinas.

Pronto las crónicas de estos viajeros ilustrados contribuyen a renovar la gastada visión del mundo que todavía prevalece en Europa. La fama de la bondad natural de los aborígenes americanos lleva a Rousseau a proponer la teoría del buen salvaje, propuesta que marca un hito en la historia del pensamiento occidental: la visión del nuevo continente modifica para siempre la concepción de la vida política y social de nuestra especie, y valores como la igualdad, la libertad, la justicia, adquieren una importancia hasta entonces insospechada.

La visión de América, como vemos, ha variado sustancialmente, se ha enriquecido. De aquella seductora concepción inicial de la utopía, alimentada por las crónicas de los conquistadores, que proclamaba haber encontrado por fin el lugar para la renovación del mundo, se ha pasado a un examen de conciencia, a una duda sobre si la visión del otro no será al mismo tiempo la visión de uno mismo. Y esta nueva actitud se expresa enseguida en una variedad de teorías, aplicaciones y modificaciones, de las cuales el movimiento romántico y la Ilustración son probablemente las más representativas.

Llegamos así al siglo XIX, época en que nacen la mayoría de nuestras repúblicas. Esta importante transformación política contribuye enseguida, hacia mediados de siglo, a que la visión de América se vuelva más y más compleja. Algunos de nuestros pensadores, como Domingo Faustino Sarmiento y Juan Montalvo, se han decidido por considerarla más bien como el lugar para el contraste entre la civilización y la barbarie. América, que bien podría ser todavía el hábitat natural del buen salvaje, parece de pronto haber sido abandonada de la mano de Dios. Las dictaduras, por ejemplo, empiezan a proliferar en las jóvenes repúblicas, con una tenacidad digna de mejor causa.

Pocos años después, en 1871, el jesuita alemán Joseph Kolberg (1832-1896) llega al Ecuador, traído por el presidente García Moreno para enseñar en la recién establecida Escuela Politécnica Nacional de Quito. Aunque no cumplía todavía los cuarenta años, su prestigio como profesor de ciencias era ya sólido y se lo había solicitado para enseñar física, matemáticas, mecánica e ingeniería vial. Gozaba además de la confianza de García Moreno, quien lo consultaba frecuentemente sobre la construcción de carreteras y puentes. A más de su trabajo de docencia, Kolberg encontró tiempo, durante su estadía en el Ecuador, para dos actividades más, que le apasionaban: la formulación de teorías sobre las relaciones entre los terremotos y las erupciones volcánicas, y la escritura de sus memorias de viaje, que enviaba frecuentemente a sus parientes y amigos en Alemania. En 1876, estas memorias se publicarían bajo el título de Nach Ecuador , Hacia el Ecuador en español. La cuarta edición en alemán vería la luz en 1897, pocos meses después de la muerte de su autor, y es la que sería traducida al español en 1977. Para el presente trabajo usaremos esta edición.

Otro siglo está por terminar y hemos llegado ya a las puertas del siglo XX. Mucha agua ha corrido bajo los puentes, muchos acontecimientos han sacudido la vida de esta lejana república en la mitad del mundo. García Moreno ha sido asesinado antes del regreso de Kolberg a su país. En 1895 ha estallado la revolución liberal, liderada por Eloy Alfaro, y con ella se ha iniciado la transformación del estado teocrático de García Moreno en uno laico, donde se establece la rigurosa separación entre la iglesia y el estado. Muchos de lo sueños de Montalvo parecen haber empezado a realizarse. Pero la maldición de la ingobernabilidad, como se llama en la actualidad a la inmadurez política, ha cortado de golpe las expectativas de cambio que ha generado la revolución liberal: Alfaro y sus lugartenientes son asesinados en Quito por una turba fanática, que asalta el penal donde están presos y los arrastra hasta las afueras de la ciudad, donde los icinera. Estamos en 1912, a escasos dos años del inicio de la primera guerra mundial.

Pero no se puede afirmar que la revolución alfarista no haya cambiado la sociedad ecuatoriana. Al contrario, se han dado notables cambios, especialmente en las áreas de la política y la economía. El regionalismo, y la consiguiente rivalidad entre la sierra y la costa, por ejemplo, se ha iniciado con fuerza. De entre las múltiples circunstancias que precipitan este fenómeno, podemos destacar: la expansión de la economía, la mayor comunicación entre la sierra y la costa -tanto por la carretera que García Moreno construyera como por la llegada del tren a Quito, obra gigantesca de Eloy Alfaro-, el establecimiento del modelo agroexportador, el auge de la producción y la exportación del cacao. El puerto de Guayaquil pasó a ser la capital económica del país y a ejercer por tanto una mayor influencia en la política ecuatoriana. Todos estos factores impactaron en la visión que teníamos de nosotros mismos. Era como si nuestra realidad se hubiera complicado de la noche a la mañana y nadie supiera exactamente quiénes éramos. A estos factores se unieron dos causas externas, una de las cuales nos ha perseguido desde el inicio de nuestra vida republicana: nuestro conflicto territorial con el Perú, y el impacto de la primera guerra mundial, que frenó el ritmo de nuestras exportaciones y nos hizo notar la fragilidad del modelo económico adoptado y nuestra dependencia de las grandes potencias mundiales, que en la época eran Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos.

El período de entreguerras, de 1918 a 1936, es duro y caótico tanto para el mundo como para nuestra república. Son precisamente estos años los que el periodista y narrador estadounidense de origen austríaco Ludwig Bemelmans (1898-1963) ha escogido para venir a visitarnos. Como nos cuenta al final del libro The Donkey Inside , publicado por primera vez en inglés en 1937, las narraciones que allí nos entrega son producto de las notas que tomara en varios viajes que efectuó por Sudamérica e intentan ser "un retrato de un continente /.../ de Chile a Panamá"(223). La razón por la que las ha ubicado en Ecuador, nos dice, es porque en este país se da "lo peculiar de Sudamérica" de una manera más fuerte que en cualquier otro lugar del continente.(1) Y añade que ha presentado de la manera más fiel la topografía, la arquitectura y el paisaje, con su flora y su fauna, mientras que la gente, con la excepción de dos personajes extranjeros -André Roosevelt y su esposa- y uno nacional -el joven mestizo Aurelio-, a más de ciertos personajes menores, han sido ficcionados o se han amalgamado varios personajes en uno. Esto -que de paso no le quita validez al libro como una crónica de viajes sobre el Ecuador- se justifica enseguida si se toma en cuenta que Bemelmans era un escritor profesional. Nacido en Austria, de padre belga y madre alemana, se lo considera como un autor estadounidense por haberse establecido en New York desde su juventud y haber adquirido la nacionalidad de ese país. Novelista, ensayista y autor de crónicas y reportajes para la revista New Yorker y otras publicaciones periódicas de los Estados Unidos, Bemelmans parece haber mostrado en toda su obra esa fina ironía, no exenta de ternura y humanismo, que tan magistralmente despliega en The Donkey Inside . Para el presente trabajo usaremos la edición en inglés de 1941.

Una vez establecido el entorno histórico y cultural que rodeó a los textos seleccionados, pasemos a iniciar el análisis con una aproximación al primer tema, el de la gente y sus vivencias en el marco de la ciudad, según la ven nuestros autores.

LA GENTE Y LA CIUDAD

Uno de los dos postulados de Derrida adoptados para orientar nuestro análisis, el que reclama el derecho a establecer la "presencia" del pensamiento del autor por parte del signo escrito, implica el rechazo a lo que él llama una "jerarquía violenta" entre el habla y la escritura, y que consiste en dar prioridad al lenguaje oral. La destrucción de esa jerarquía será el punto de partida para realizar la deconstrucción del texto sin someterse a absolutismos teóricos, y proceder por tanto a una lectura más democrática del mismo. Esta propuesta le cae como anillo al dedo a nuestro intento de analizar el diálogo entre el hombre ecuatoriano y su entorno, visto por Kolberg y Bemelmans. Sostenemos que ninguno tiene preeminencia sobre el otro, es decir que se da un verdadero contrapunto entre los dos. Sea que se trate del hombre y la ciudad, el hombre y la naturaleza, la gente junto al río o bajo el amplio dosel del bosque tropical, estaremos siempre ante un diálogo fascinante entre la vida y la muerte, que es lo que en último término parecen encontrar nuestros dos viajeros, tanto en la experiencia ecuatoriana como en la de nuestra especie. Veamos cómo.

Kolberg y Bemelmans inician su contacto con la gente y la tierra ecuatorianas a bordo de un barco que ingresa al país por el puerto de Guayaquil. La primera impresión es positiva, aunque les preocupa el evidente contraste entre la riqueza y la pobreza, la civilización y la barbarie. Como hemos anunciado, Bemelmans encuentra en la ironía la manera más acertada de ser objetivo. Por ejemplo, al contarnos sobre la entrada del vapor "Mesías" al puerto, prefiere describir el ambiente que le ha acompañado en su viaje desde Arica, Chile, a hablar de la tierra y la gente que está por descubrir, a pesar de que, como enseguida notamos, esto le servirá para pintar de un solo plumazo el alcoholismo de nuestros campesinos:

"Sólo estoy diciendo que la comida era mala aquí

hasta que mataron al cocinero", afirmó un hombre, un holandés /.../ con piel color de camarón /.../ estaba borracho. Una botella de Mallorca estaba sobre la mesa. La Mallorca es lo suficientemente barata como para que los indios la compren /.../ Aldeas completas en Ecuador pasan en un solo estupor los domingos y días de fiesta, gracias a sus poderes. (12)

Kolberg presenta una visión más optimista:

La impresión que produce Guayaquil es muy alegre;

no se cansa uno de admirar el hermoso panorama.

Edificios de respetables proporciones se extienden por más de tres kilómetros a lo largo del ancho y elevado muelle, que se distingue por su limpieza; esta larga

hilera de edificios, junto a la animada ría, tiene incluso un cierto aire europeo, que hasta ahora yo

había echado de menos en América (15)

(el subrayado es nuestro)

aunque su etnocentrismo es más obvio que el de Bemelmans: si se ve linda Guayaquil es porque se parece a Europa. Además, nos hace notar enseguida el contraste entre el puerto, creado para recibir a los extranjeros, y el resto de la ciudad, especialmente sus barrios pobres:

... si Guayaquil /.../ ofrece un goce grande a los extranjeros /.../ yo no hubiera podido aconsejar a los viajeros el arriesgarse muy lejos de la ciudad /.../

las casas están construidas tan pobremente como en las aldeas del desierto /.../ sobre cuatro estacas /.../

la choza de un solo piso /.../ horribles y medio hundidas construcciones /.../ que /.../ en Alemania, hace ya cien años han sido clausuradas /.../ las inmundicias que los habitantes echan directamente a las calles ...(15-16)

para continuar diciéndonos que García Moreno ha luchado duramente para sanear y mejorar la ciudad, a pesar de la desidia de la gente, pues "en Sudamérica se tiene otra mentalidad".

Ante este pesimismo, echamos de menos la fina ironía de Bemelmans. Cómo suaviza el humor las críticas, cómo las humaniza y les quita ese aire etnocentrista, que sin embargo persiste. Veamos unos ejemplos:

Un grupo de niños y hombres vinieron al muelle /.../ Todos quería llevar mis maletas al Grand Hotel /.../

Esta casa /.../ está excelentemente equipada para

hacer infelices a los huéspedes . (20)

En un periódico de Guayaquil había una noticia sobre mi llegada /.../ mi nombre estaba mal deletreado /.../ se decía de mí que era un "muy inteligente y valioso autor norteamericano" y se ponía una foto de James Cromwell.

/.../ James Cromwell parece ser el ideal ecuatoriano del

norteamericano típico . (23)(los subrayados son nuestros)

Bemelmans es también magistral en la creación de personajes tipo, es decir representativos del latinoamericano al mismo tiempo desconectado de la realidad y con grandes ánimos de superación y progreso, tanto para sí como para su gente. Una de sus mejores creaciones es don Juan Palacios, conde de Asturias y Montegazza, quien visita a Bemelmans al día siguiente de su llegada a Guayaquil y lo invita a conocer la ciudad en su compañía, a más de a una cena en su casa. El conde, a quien Bemelmans define como el historiador del país, está encantado de que su huésped hable francés y trata de impresionarlo con su trato cortés, tal como corresponde a la nobleza y antiguedad de su apellido:

Me informó con una mirada burlona que su familia era tan antigua y distinguida que dos de sus tías sufrían

de hemofilia y que su tío tenía una cadera de plata(24)

Al pasear por la ciudad, el poder observador de Bemelmans se pone a funcionar. Muchas de sus observaciones contribuyeron, como veremos en la cita siguiente, a perfilar la primera imagen que del Ecuador se formaron muchos extranjeros:

Luego vino la aventura de cruzar la calle /.../ Miré a

mi alrededor y me impresionó la cantidad de inválidos

/.../ un hombre con una sola pierna; una mujer ciega

/.../ También noté la cantidad de boticas /.../ Al doblar la esquina encontramos una calle cubierta de

granos de cacao y a dos hombres, que usaban sus pies como pesas y caminaban del un extremo al otro de la calle para voltearlos. (25-26)

Más adelante, se sientan en una banca del parque en el malecón y observan la belleza del paisaje, al tiempo que gozan de la brisa del río. Es el momento para filosofar sobre la vida en este perdido paraíso y también para contar que los estadounidenses nos han traído el progreso:

Don Juan señaló un barco en el río /.../ Ese, explicó el conde, es la tercera parte de toda nuestra marina. Tenemos tres barcos de guerra: A, B y C. Este, el C,

es un viejo yate Vanderbilt. El otro, el B, es muy probable que esté en Galápagos ahora. /.../ Al barco

A no lo he visto en un buen tiempo /.../ Nadie lo

ha visto; tal vez tengamos sólo dos. (27)

Pero hay un consuelo, afirma:

Los americanos han desarrollado este país. Primero la refinería de gasolina,/.../ las locomotoras, los tranvías, /.../ el primer barco que ascendió por este río /.../ la planta eléctrica.

Aunque eso no significa que no seamos gente civilizada, continúa don Juan:

Somos en muchas formas muy avanzados. /.../ Se puede obtener un divorcio con sólo pedirlo /.../ y hemos permitido a nuestros soldados llevar a sus esposas al cuartel.

Luego añade, con cierta reticencia que no confirma si el nuevo dato indica civilización o no:

tenemos aquí una revolución cada jueves a las dos y media de la tarde /.../ y nuestro gobierno es administrado como un club nocturno (28)

Ante este despliegue de ingenua sabiduría, uno no puede menos que preguntarse si don Juan estaba convencido del todo de lo que decía o si estaba haciendo un poquito de teatro ante su ilustre huésped, especialmente si recordamos que todo esto se lo decía en francés, considerada entonces como la lengua civilizada por excelencia.

También García Moreno había soñado con traer la civilización a nuestro país, bajo el signo de Francia y Alemania. Kolberg nos lo cuenta haciendo un contraste entre los grandes esfuerzos del gobernante y la dejadez y pereza de la gente, en especial de los que llama "los españoles ecuatorianos". Al hablar de las mejoras que ha hecho en la Plaza de la Independencia de Quito, dice:

era una gran cloaca /.../ El presidente ha hecho poner un hermoso parque /.../ (pero) la falta de orden y aseo

se extiende /.../ a todo. (16)

aunque, para que no lo tilden de criticarlo todo, se justifica enseguida:

tengo que referirme a estos detalles (feos) /.../ porque debo ser verídico (16)(el subrayado es nuestro)

Como vemos, Kolberg está preocupado por decir la verdad, aunque sea la relativa que ven sus ojos. Así puede afirmar con más libertad que la "situación moral era lastimosa" y que García Moreno tuvo que reformar los claustros y traer monjas desde Francia, las cuales

trabajan en la enseñanza con sublime paciencia /.../

(y así) van superando la indolencia que hay en el

carácter de estos ecuatorianos españoles. (23)

Por otro lado, tanto Kolberg como Bemelmans, a pesar de sus diferencias de opinión y de los años que separan las visitas de uno y otro, tienen palabras de admiración para la gente, y en especial para los indígenas y la armonía que mantienen con la naturaleza. Más adelante, al hablar del contrapunto entre el hombre y la tierra, abundaremos en este tema. Bástenos señalar ahora que a los dos les ha impresionado la laboriosidad del pueblo, como por ejemplo en la fabricación de los sombreros de paja toquilla, y también la diversidad de caracteres y costumbres. Kolberg es aquí más preciso que Bemelmans. No se le escapa, por ejemplo, el contraste entre serranos y costeños:

El serrano es cerrado, avaro, adusto, patriarcalmente

conservador; mientras los costeños son vivaces, abiertos, gastadores, liberales. (18)

Pero donde resulta fascinante comparar las dos visiones es en los capítulos referentes a Quito y su gente. De nuevo, Bemelmans nos comunica sus impresiones por medio de la creación de ambientes y caracteres. Luego de informarnos que Quito, es "la ciudad más antigua del nuevo mundo" (2), nos dice que

parece haber sido construida sobre una montaña rusa,

(que) se ha dicho que tenía cien iglesias y una sola

tina de baño (y que) en la actualidad todavía hay más iglesias. (43)

La cantidad de iglesias debe haberle impresionado en verdad, pues sigue hablando de la exagerada religiosidad de los quiteños,

con penetración y finura, pero con una interpretación muy diferente a la de Kolberg, que veremos más adelante:

Las iglesias están abarrotadas desde el piso hasta las cúpulas con oro y estatuas /.../ y llenas de gente/.../

Los indios desempacan sus niños y se sientan muy cerca

entre ellos /.../ Las mujeres amamantan a sus hijos (en

la iglesia) /.../ aman a la Virgen por sobre todo /.../ y creen que un niño que es amamantado en la iglesia recibirá muchas bendiciones (44)

Continúa citando la interesante explicación que alguien le dio de por qué no habían progresado las religiones protestantes en aquella época: "porque los pastores no tienen el poder de perdonar los pecados" (45).

En cuanto a la ciudad y a sus habitantes, Bemelmans reconoce la belleza de Quito y la hospitalidad de la gente, sin llegar a la exaltación de Kolberg, que veremos enseguida, pero

con mucho entusiasmo:

Las casas, pobres o ricas, tienen patios /.../ en algunos hay pollos /.../ en los otros piletas de agua o una fuente /.../ los pisos trabajados en tilos de colores, combinados con vértebras de mulos/.../ también

paisajes pintados en las paredes o diseños ingenuos y coloridos /.../ vasos de mayólica /.../ balaustradas

/.../ columnas (46)

Es fácil adivinar que en tan agradable ambiente los quiteños

hayan desarrollado una vida amable, alegre y generosa:

En la página 110 de un libro de geografía escrito por el profesor Juan Morales /.../ se habla del carácter de los quiteños /.../ Traducido literalmente al inglés dice: "el quiteño es risueño, franco y sincero /.../ noble /.../ extremadamente patriota y altivo y no contaminado por ninguna miseria moral" (49)

Bemelmans está de acuerdo con esta descripción, y añade:

"Se le olvidó decir que son también extremadamente generosos, educados, hospitalarios hasta el extremo, y orgullosos". Luego cuenta que ha oído la anécdota de que los quiteños al morir desean ir "de Quito al cielo y en el cielo (tener) un huequito para ver a Quito".

Por ser jesuita y haber vivido en Quito en la época garciana, Kolberg nos presenta una visión diferente de la religiosidad popular, a la que exalta y admira. Afirma, por ejemplo, que las procesiones indígenas "son mejores que las de los blancos", pues es una fiesta donde hay "cohetes, arcos de flores, estatuas, angeles con alas de papel de oro" (188)

Además, su opinión sobre la belleza de la ciudad y la amabilidad de su gentes es semejante a la de Bemelmans. Y, desde luego, las iglesias no son para él ningún problema, sino muestras del talento artístico del pueblo. Veamos un ejemplo de la romántica exaltación de la ciudad:

Quito es una ciudad /.../ directamente bajo la línea

equinoccial /.../ en la maravillosa cordillera de los Andes/.../ (Por eso es) un jardín de continuo verdor

y adornado de toda clase de plantas de las más hermosas /.../(Es) la última avanzada de la civilización europea . Quito no es el paraíso /.../ pero con un poco de trabajo se podría hacer de ella realmente una

especie de paraíso en cuanto es posible sobre la

tierra. (183) (los subrayados son nuestros)

Añade que la ubicación de la ciudad es "la más interesante del mundo", y luego profetiza algo que, como sabemos, se ha cumplido con precisión:

En la hermosa y extensa llanura de Iñaquito /.../se levantarán con el tiempo las fábricas y la sección más bella de la ciudad. (184)

Sobre la arquitectura colonial, con sus casas solariegas, sus iglesias y conventos, tiene también expresiones de admiración, pues dice que las casas son hermosas y acogedoras, generalmente de dos pisos, y que

Al entrar /.../ se llega a un patio cuadrado generalmente muy amplio, alrededor del cual hay en ambos pisos galerías de pilares o columnas /.../

Al patio sustituye muchas veces un hermoso jardín.

La amable visión no se escapa sin embargo de su etnocentrismo suave y paternalista, que añora lo europeo como superior:

En el arreglo del segundo piso se procura imitar la elegancia europea, cuando lo permiten los medios; pero

el costo es increíblemente alto, pues a excepción de

los trabajos de carpintería, todo tiene que importarse de Europa. (187)

En cambio, su exaltación sube de punto cuando habla de las iglesias:

El estilo predominante es el renacentista, en el que la luz entra /.../ desde arriba, y en vez de bóveda ordinaria, se pone una serie de cupulines /.../ Si esta

disposición armoniza bellamente con el interior, mira

muy poco por el realce externo, cuya falta de adorno no puede encubrirse con la suntuosidad de las fachadas /.../ y por su gusto barroco constituyen el lado flaco de este estilo de construcción (187)

Es evidente que a Kolberg no le gusta la abundancia barroca, aunque está gratamente impresionado por el barroquismo de la religiosidad popular. No deja de añadir que "La más suntuosa de esta fachadas es indiscutiblemente la de la iglesia de los jesuitas", para continuar luego con su panegírico:

las iglesias, desde alguna distancia, proyectan una imagen de tranquila y noble majestad por las magníficas cúpulas principales de forma bellamente redondeada que,

al igual que los techos, están recubiertas de azulejos

/.../ El interior de las iglesias /.../ está decorado

con magnífica ornamentación. La más bella de todas es la iglesia de los jesuitas, que es una joya refulgente

de elegancia arquitectónica: todas las paredes, columnas y bóvedas están decoradas con arabescos en

relieve dorado (187) (el subrayado es nuestro)

La exaltación que hace de las procesiones, fiestas y celebraciones religiosas, a las que, dice, asiste siempre el presidente de la república y en las que los indígenas tienen el papel principal, implica una contradicción con su poco aprecio por el arte barroco, pues no llega a comprender que estamos ante una de las manifestaciones del sincretismo cultural que, con el tiempo, culminaría en la cultura mestiza latinoamericana.

Es interesante señalar que la ciudad moderna que conoció Bemelmans en los años treinta no le mereció comentarios tan positivos. La calle Roca, en el barrio de La Mariscal, era hasta hace pocos años un ejemplo de lo que Alejo Carpentier llama el estilo del no estilo o de la indiscriminada mezcla de estilos, típico de las ciudades latinoamericanas. Bemelmans provoca más de una sonrisa con sus comentarios sobre esta característica:

es penoso ir a la sección moderna /.../ (donde) a un arquitecto que más parecería decorador de pasteles /.../ lo han dejado suelto, y ha construido una calle donde ha combinado cuidadosamente todo lo malo y horrible /.../ un castillo marroquí/.../un chalet de la Selva Negra al que le falta sólo la nieve /.../ un cuarto de baño virado de adentro hacia afuera, una brillante cajita con ventanas redondas demasiado grandes, puertas ovaladas y la borda de un barco de cromo en el techo. (46-47)(el subrayado es nuestro)

Pero, como hemos dicho, la gente , no solo quiteña sino de todo el país, recibe el aprecio unánime de los dos viajeros. Kolberg, en una de sus frecuentes apologías del presidente García Moreno, y luego de quejarse de que únicamente los indígenas trabajan, pues "sólo por excepción algún europeo ejerce uno o dos de los más difíciles oficios de artesanía", exclama:

¡Qué agradecimientos no se deben por tanto al hombre que procuró promover el florecimiento de la industria

con la formación de una artesano capaz! Este es mérito propio de García Moreno.(196) (3)

Más adelante hace suyas las siguientes palabras del viajero francés Alcides Dessalines d'Orbigny -quien habla de los indígenas andinos en general- porque le alegra "ver que esta descripción puede aplicarse con exactitud a los indios del altiplano del Ecuador":

Para con sus benefactores los indios demuestran un sentimiento de tal gratitud, que no rara vez se sacrifican por ellos en el peligro. Con los extranjeros

practican la mayor hospitalidad, y entre sí practican

un amor fraterno que todo es común entre ellos . /.../

En el amor conyugal y para con los padres pueden ser tenidos como modelos, y aunque a sus hijos educan con mucha estrictez y los acostumbran pronto al trabajo, no los dejan solos.(197) (el subrayado es nuestro)

Bemelmans usa casi las mismas palabras para referirse a los quiteños, no sin antes afirmar que "no hay sobre la tierra nadie que ame más a su ciudad" que ellos:

Las viejas familias de Quito pasan la mayor parte del tiempo en sus casas y en sus haciendas. Los padres aman a sus hijos y los hijos aman a sus padres, profunda, genuinamente; no se preocupan por las modas.(49-50)

Más adelante añade que, por ser la capital del país, la vida social en Quito se ha vuelto muy activa:

Quito, pequeña ciudad de iglesias, de tradición y sobre todo de lazos familiares, está abarrotada de legaciones y de carros que pertenecen a dichas legaciones /.../

Almuerzos, cenas, bailes, recepciones, visitas, presentaciones de credenciales, las fiestas de Todos los Santos /.../ y de varias advocaciones de la Virgen,

las celebraciones de varios días de idependencia y grandes batallas /mantienen a Quito embanderada (51)

y que, aunque:

Hay intrigas y contra-intrigas palaciegas, fidelidades

e infidelidades entre los extranjeros, /.../ entre los quiteños parece haber regularidad en las relaciones familiares.

Podríamos continuar con este tema de la gente y la ciudad, pero es hora de pasar a estudiar el contrapunto entre la gente y la naturaleza en donde, como hemos dicho, se percibe ya la armoniosa relación que el indígena ha mantenido con la tierra. Repetimos que esta división es artificial y se ha hecho sólo por razones metodológicas.

EL HOMBRE Y LA NATURALEZA

Al iniciar el capítulo 3, donde habla sobre su viaje por tren de Guayaquil a Quito, Bemelmans presenta una sabrosa viñeta sobre el ambiente de la estación en Guayaquil que, dice, "enfrenta al viajero con una pintura, iluminada por el sol naciente, que tiene cien años de antiguedad y es como el final de una opereta":

El jefe de estación con un saco entallado y una pequeña barba, monjas que caminan de arriba a abajo /.../ entre ellas las hermanas de la Caridad bajo sus inmensas

cofias como mariposas /.../ media docena de monjes, gordos y felices /.../ apartado y serio un jesuita,

con sus ojos en un pequeño libro /.../ oficinistas

/.../ familias numerosas con pañuelos listos para las lágrimas. (38)

De este ambiente, que "es el mismo de la Estación Victoria"

(en Londres) se pasa, dice, al mundo de las inmensas hojas de los

árboles de banano y la lujuriante selva tropical.

Como para confirmar la grata anticipación de Bemelmans, Kolberg dedica todo un capítulo a su navegación por el río Guayas, también para ir de Guayaquil a Quito, donde, con el entusiasmo de los naturalistas alemanes que lo precedieron, exalta la riqueza de este inmenso sistema fluvial, que cubre gran parte de la costa ecuatoriana. Navegar por el río Guayas pone de manifesto, afirma, la"sorprendente abundancia de enormes ríos que desembocan en él / .../ (y la) vegetación extremadamente

maravillosa de las orillas. (37) Qué no se podría hacer, exclama, "en una tierra así, si se la trabajara con ahínco". Pero se lamenta de que los blancos no la trabajan y por eso "deben pagar a los indios, negros y mestizos". (39) ¿Cómo comprender este indeciso etnocentrismo de Kolberg, que por un lado implica que el trabajo no es todo lo bueno que podría ser, por no ser hecho por los blancos, y por otro desprecia su dejadez? Esta contradicción subirá de punto cuando, como veremos más adelante, exprese su admiración por los aborígenes.

Pero su fascinación ante la naturaleza es evidente. Más adelante, al continuar su navegación por el Guayas, dice que

poco a poco se llega a ver un jardín interminable de inaudita belleza a lo largo de las orillas. ¡Qué poca cosa son nuestros jardines europeos en comparación de estos plantíos, cuyo sempiterno y jugoso verdor compite con la galanura de las delicadas flores y los frutos igualmente sazonados de un cuadro de pintura!

Su efusión ante la contemplación de tanta belleza nos recuerda el Diario de Colón. La utopía de América sigue vigente para este jesuita que, casi cuatrocientos años más tarde, no acaba de creer lo que sus ojos están viendo. Por eso exclama:

Qué maravilla de tierra ésta del Ecuador /.../ Ahí se dan, junto al anchuroso río, en fuerte contraste, los más densos plantíos de caña de azúcar, arroz, índigo, tabaco, y luego la piña, el abacá, interrumpidos por magníficos cacaotales. (39)

Qué lejos está de sospechar que, con el tiempo, esa lujuriante abundancia llevaría a nuestro país al callejón sin salida del modelo económico agroexportador. Qué lejos también de comprender que una buena parte de ese bosque tropical no debería ser tocado nunca. Al contrario, está convencido de que el progreso le espera a este país virgen, donde

parece brillar todo el intrincado mundo de hojas y troncos, si bien con un fulgor apacible, que es propio de la naturaleza tropical /.../ (y donde) siempre que un pequeño resquicio ofrece asidero a un germen de vida, al momento es ocupado por un pequeño helecho /.../ una orquídea, o por lo menos una brizna de musgo. (47-48)

Entonces, con el ingenuo convencimiento de que el "progreso" es la mayor bendición para el nuevo mundo, exclama:

Si la cultura quiere someter a su dominio estos amplios territorios, tiene que arrancar de cuajo la selva . (51)

(los subrayados son nuestros)

Esto no quita que, más adelante, elogie los rasgos físicos y el estilo de vida del pueblo indígena, para quien arrancar de cuajo la selva sería como arrancarle la vida:

el indio es ordinariamente de mediana estatura, especialmente en los alrededores de Quito; pero en otras provincias como Cuenca e Imbabura, es alto y apuesto, en nada inferior al europeo, ni siquiera al

alemán. /.../ Con frecuencia se ha tildado a los indios

de que poseen un cuerpo menos fuerte que el auropeo.

Este juicio lo tengo por injusto: la fuerza corporal, además de la constitución sana, depende del ejercicio /.../ (y) su vida se asemeja demasiado a la de una pobre bestia de carga /.../ y es horrible para un extranjero /.../ ver qué tremendos bultos lleva consigo una pobre mujer india, mientras sostiene todavía delante de su pecho al niño lactante (78-79) para terminar diciendo que los "caballeros sudamericanos" son más débiles que los indios, pues, luego de viajar a caballo, se tienden exhaustos al llegar a su destino, pero que, en cambio, han hecho venir consigo a lo largo de todo el viaje a un indio, por supuesto a pie, y no rara vez con carga, y después de la agotadora marcha, el indio no siente el cansancio de su amo, sino que se ocupa de todas las cosas, tan fresco como en la mañana al salir. (79)

Veamos ahora la más literaria visión de Bemelmans que, entre otras cosas por hacer participar al hombre en su narración, logra llegar más profundamente a la emoción del lector. En un viaje a la Amazonía -a donde va acompañado por el joven mestizo Aurelio, personaje símbolo de la inteligencia y el optimismo del pueblo ecuatoriano- Bemelmans sintetiza, en una serie de descripciones y metáforas brillantes, su reverencia ante el imponente paisaje:

Partimos con una luz rosa, con el amanecer reflejado por un cielo repleto de pequeñas nubes /.../ He aquí el Río Negro, con unas pocas casas a su izquierda y su derecha. Hoy el río no está negro, sino con una ligera sombra verde, que se vuelve espuma blanca cuando lo parte una roca. /.../ Las húmedas hojas cabecean en la fuerte corriente del aire que desciende con el río/.../ Todo es húmedo, una especie de lluvia hacia arriba cuelga del aire, un brillo de pequeñas burbujas opalescentes, y las rocas y las hojas son lavadas en azul y rojo y violeta cuando la luz las golpea (91-92)

La gente que Bemelmans encuentra a lo largo del viaje parece ser parte del paisaje, o por lo menos una extensión del mismo. Un pequeño grupo humano le llama la atención a la orilla del camino. Parece, dice, una dulce escena doméstica: un niño, una mujer, un hombre, semejan estar arreglándose mutuamente el cabello. Pero, al observarlos de cerca, descubre que ¡están espulgándose los piojos el uno al otro y comiéndoselos!:

Se los espulgaban con los gestos y la dedicación de los monos, partiendo el espeso pelo negro, rápidamente tomando los insectos y llevándoselos a la boca /.../

Estaban absortos en su actividad mientras las mulas y los burros pasaban a su lado, y desde la distancia vi otra vez en una vuelta del camino los tres ponchos rojos unidos. (95)

Otra escena, pintada con la misma objetividad, que también sacude su cosmovisión occidental, tiene lugar en un claro de la selva donde los viajeros se apean para descansar del viaje y saciar sus hambres atrasadas. Detrás de una casita, donde se ve ropa colgada y un perro, una mujer está ocupada cocinando. Una sopa hierve en el fogón y despierta el apetito. Al bajarse, Bemelmans advierte que la mujer está limpiando y cortando un mono en trozos. Con la ayuda de un cuchillo, las entrañas salen fácilmente y pronto el mono está listo para la cena. Bemelmans pierde su apetito y decide esperar. (114)

Pero la escena que más le impresionó debe haber sido aquella que probablemente le sugirió el título para su libro:

A la entrada de la hacienda yacía un burro muerto. El cuidador /.../ le había abierto la piel y sacado la carne, de manera que quedaban aparte la cabeza y las orejas. En el interior de las costillas estaba un perro que gruñía cada vez que alguien se aproximaba a interrupir su comida.(102)

¿Representan ésta y las otras dos escenas la enigmática pureza, la inefable inocencia de esta tierra y esta gente, que parece estar en un espacio y un tiempo anteriores a la separación del bien y del mal, en una especie de paraíso perdido desde siempre? ¿O se trata más bien de un mundo que los occidentales jamás podrán comprender? Quizás nunca lo sabremos, o quizás en efecto la visión del otro es al mismo tiempo la visión de uno mismo. Bemelmans ha intentado penetrar el misterio, ha tratado de ver el burro por dentro, pero ha tenido también la sabiduría de no juzgarlo, aunque la evidente connotación de estas escenas es de repugnacia.

Dos personajes, uno ficcionado, don Juan Palacios, y otro real, el joven mestizo Aurelio, parecen desvelar el doble enigma que Bemelmans no se ha atrevido a disipar sino de manera simbólica, por medio de la caracterización de estos personajes.

Aurelio es un ser que ejerce su libertad y su gozo de vivir porque está convencido de que los posee como derechos inalienables. El coronel Pereira -un rico quiteño quien, al enterarse de que Bemelmans tenía interés en viajar a la Amazonía, le ha dicho "mi casa, mis sirvientes, mis caballos, están a sus órdenes"- se lo ha entregado como asistente de viaje. El joven va al hotel Metropolitano para la partida. Mientras están sacando las maletas, pasan dos aviones sobre el hotel y Aurelio dice: "un día vendrán, cientos de ellos, y nos matarán". "Quién", pregunta Bemelmans. "Los malditos yanquis", contesta Aurelio. "Quién te lo dijo", pregunta Bemelmans. Aurelio responde que todo el mundo lo sabe. "Pero quién te lo dijo", insiste Bemelmans. Aurelio le cuenta que su hermano, que sabe leer y escribir, lo leyó en la revista La Voz del Trabajador . Ante tan conmovedora inocencia, Bemelmans no insiste. (73)

A lo largo del viaje, cuenta Bemelmans, Aurelio no se separó de él. Lo cuidó, se preocupó de su alimentación y su seguridad, le salvó la vida. Y todo lo hizo con alegría, como lo más natural del mundo. Su "patrón" era su responsabilidad y por eso lo acompañaría y lo llevaría sano y salvo por las selvas vírgenes del Oriente. Al llegar a los hoteles para pasar la noche, Aurelio duerme siempre en el piso al pie de la cama de Bemelmans. Al amanecer o al anochecer, en la oscuridad o en la luz malva de la aurora, la voz de Aurelio lo despierta, le invita a desayunar o a comer, lo apura para no perder el ritmo del viaje. Un día, extasiado ante la belleza de la selva, Bemelmans no se da cuenta de que la rama baja de un árbol lo va a degollar. "Cuidado, patrón", grita Aurelio, justo a tiempo para evitar el desastre. Es Aurelio, entonces, el que nos ha deparado el placer de leer las hermosas descripciones de Bemelmans:

La selva tiene puertas, como entradas a inmensos invernaderos. Afuera una pared de tierra, espesamente cubierta con una alfombra de hojas /.../ Hundidas en ellas,/.../ pequeñas flores , gencianas./.../ De una laguna inmóvil, poblada de raíces y pequeñas y gordas plantas que semejan berros, emergen los negros brazos de los árboles muertos, y sobre ellos un ejército de moscas, insectos y escarabajos de color azufre, arsénico y cobre. (110)

Semanas más tarde, ha llegado el momento de regresar a su país. Bemelmans mira por última vez las calles de Guayaquil. Don Juan Palacios, el dignísimo conde de Ampurias y Montegazza, lo ha acompañado al puerto. Frágil y altivo en su nobleza hispánica, el conde sube una a una las gradas del Santa Lucía para dar el último abrazo a su amigo, justo con el tercer pito del barco. Ha vuelto al mundo donde todo es limpio y ordenado, donde los relojes están siempre a tiempo, piensa Bemelmans. A la mañana siguiente, todavía en aguas ecuatorianas, encuentra junto a la piscina una pierna artificial, que lleva un zapato de tenis, media blanca y jarretera azul. Era el último resto, nos dice, "de la hermosa locura de esta encantadora tierra". (222)

CONCLUSION

Aquí termina también nuestro viaje por el ancho mundo descrito por Kolberg y Bemelmans. Nos quedan el sabor de la aventura y la nostalgia de un mundo cuya inocencia sospechamos irrecuperable. Nos queda también el convencimiento de que, a pesar de los dolores y las miserias de este tiempo postmoderno y neoliberal, no todo está perdido. La frescura del descubrimiento, el placer de la comprensión, deben seguir. En nuestra lucha por preservar los bosques y la abundante vida que sustentan, la Amazonía, las Islas Galápagos, que no son sólo nuestra herencia, sino patrimonio de América y el mundo. Este pequeño y hermoso planeta, con sus gentes y sus islas y sus bosques y sus mares y sus continentes, esta Mamapaccha nuestra, sigue dialogando con nosotros, sigue diciéndonos que la amemos con el mismo amor con que ella nos ha amado desde siempre. Nuestros dos viajeros estarían de acuerdo, a pesar del etnocentrismo de su época, con que éste es el camino, el de la armonía con el medio ambiente, el de la preservación y el respeto por la única casa que tenemos, la Madre Naturaleza. Y si lo seguimos, el viaje de nuestra especie continuará siendo sagrado. Entonces, finalmente, habrá paz en la tierra para los hombres de buena voluntad.

NOTAS

(1) Esta y todas las citas de The Donkey Inside han sido traducidas por mí al español.

(2) Bemelmans debe haber tomado este dato, directa o indirectamente, de la Historia del Reino de Quito , de Juan

de Velasco. Al margen de cualquier interpretación sobre la

validez histórica de este libro, la antiguedad del Quito

precolombino está bastante bien documentada, y su fundación parece en efecto haber tenido lugar en el siglo XI.

(3) Sin poner en duda la sincera admiración de Kolberg por la

gran obra educativa y civilizadora del presidente Gabriel

García Moreno, quien dominó la política ecuatoriana entre

1860 y 1875, debemos anotar que nos parece por lo menos

arbitrario que haya ignorado por completo su autoritarismo

y sus violaciones de los derechos humanos. Tanto en sus

períodos constitucionales como en sus dictaduras, García

Moreno abusó de su poder, persiguió, apresó y ejecutó a

decenas de personas, muchas de ellas inocentes. Otro visitante del Ecuador en la misma época, el diplomático

norteamericano Friedrich Hassaurek, presenta, en su libro

Cuatro Años entre los Ecuatorianos , una visión objetiva de

ese lado negro de la época garciana. Es conmovedor, por

ejemplo, leer su reseña sobre la injusta ejecución del general Maldonado y del doctor Viola, entre muchas otras.

BIBLIOGRAFIA

Ayala Mora, Enrique, editor, Nueva Historia del Ecuador ,

volúmenes 2, 5 y 7, Quito, Corporación Editora Nacional,

1990.

Bemelmans, Ludwig, The Donkey Inside , New York, The Viking Press,

1941.

Bradbury, Malcolm et al., United States and Latin American

Literature , Middlesex, 1971.

Hassaurek, Friedrich, Cuatro Años entre los Ecuatorianos , trad.

Jorge Gómez, Quito, Abya-Yala, 1993.

Kolberg, Joseph, Hacia el Ecuador , Quito, Ediciones de la Universidad Católica, 1977.

Selden, Raman, A Reader's Guide to Contemporary Literary Theory ,

Lexington, University Press of Kentucky, 1985.


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