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LAS TENSIONES ENTRE EL HOMBRE Y LA ORGANIZACION EN LA ERA POSTINDUSTRIAL
(ALIENACIONES Y UTOPIAS)

Roberto Vila De Prado*

Revista de Humanidades y Ciencias Sociales
Vol. 3, Nº2 (diciembre de 1997), pp. 101-114

El presente trabajo pasa una rápida revista a los desarrollos de la teoría organizacional para luego comentar algunas cuestiones en torno a la relación hombre-máquina. Posteriormente, se examinan las limitaciones del mercado como institución capaz de regir todas las relaciones interpersonales y, finalmente, se resumen algunas propuestas alternativas para la organización de la vida social.

Uno

Taylor y los clásicos de la administración científica actuaron con acierto cuando pusieron el acento en la productividad y cuando consideraban que los trabajadores podían mejorar su desempleo a través del entrenamiento. Se equivocaban, en cambio, cuando afirmaban que los principios de la administración podrían aplicarse en ámbitos tan diversos como la escuela y la familia. La competencia y el cálculo no resumen la esencia del hombre y, por lo tanto, no pueden ser trasladados fuera del ambiente de trabajo (GUERREIRO RAMOS, 1981). No obstante, hay estudios históricos y antropológicos que demuestran que solamente en la sociedad industrial moderna, debido a imperativos institucionales, el individuo fue obligado a transformarse en un ser económico (POLANY], 1947).

Otro de los grandes teóricos de la administración, H. A. Simon, concibe al ser humano como un sistema de comportamiento, algo equivalente a un sistema de procesamiento de información. La aparente complejidad del comportamiento tendría su causa en la complejidad del ambiente externo. La comunicación es un proceso mediante el cual se transmiten las premisas decisorias de un miembro de la organización a otro. Se espera que el empleado deje sus facultades críticas en suspenso para que las decisiones que le fueron transmitidas guíen su accionar. Por esta razón, basándose en Barnard, Simon habla de la doble personalidad del empleado; una personalidad particular y una personalidad organizacional. Ahora bien, esta doble personalidad exageradamente caricaturizada en términos mecanicistas ignora que la internalización de normas y exigencias organizacionales va a tener consecuencias que van más allá del ambiente de trabajo. El hombre se ve obligado a reprimir aquellos sentimientos y maneras de ver las cosas que apartarían su accionar del comportamiento esperado por la organización (SIMON, 1972). De esta manera, también se debilita su capacidad para formular juicios éticos, y es difícil creer que en su tiempo libre pueda estar al margen de las presiones organizacionales.

Sin embargo, tanto Taylor como Simon y sus respectivos seguidores tenían clara conciencia de que las organizaciones formales no eran el lugar apropiado para la plena realización de sus miembros. Otra es la posición de los llamados “humanistas” o “integracionistas” W. Bennis ha acuñado el concepto “salud organizacional” extrapo el término “salud mental”siendo este último ajeno  al campo de la  teoría de las organizaciones. Tras este tipo de conceptos se oculta la idea de que los individuos y las organizaciones tienen las mismas cualidades, algo así como el alma colectiva de Le Bon.

Lo cierto es que las organizaciones formales rara vez incluyen entre sus metas la actualización de las potencialidades de sus miembros. Los verdaderos actualizadores -según Guerreiro- son aquellos “capaces de maniobrar, en el mundo organizacionalmente planeado, de modo de servir los objetivos de ese mundo con reservas y restricciones mentales, siempre dejando algún espacio para la satisfaccin de su proyecto especial de vida´” (GUERREIRO RAMOS, 1981).

Hay siempre una tensión continua entre el individuo y la organización, y sostener -como a1gunos psicólogos lo hacen- que el empleado debe eliminar esa tensión para llegar a una situación de equilibrio, supone deformar la persona humana (GUERREIRO RAMOS, 1981).

Las organizaciones formales son sistemas proyectados, verdaderos artefactos sociales. Sin embargo, los analistas no cuestionan las reglas operativas inherentes a dichos sistemas y se empeñan en explicar cómo los individuos pueden adaptarse a ellos. Ponen énfasis en la dependencia de las partes (individuos) con respecto al todo (organización), en vez de resaltar la interdependencia. Esto equivale a dejar que las reglas operativas condicionen las necesidades humanas vinculadas con la alimentación, la protección, la educación, el tiempo libre, etc. Sin embargo, no se puede culpar al mercado y a las organizaciones por ser incapaces de satisfacer todas las necesidades humanas; estas instituciones no pueden actuar de otra manera.

Dos

Los heraldos de las nuevas tecnologías han construido desde los años sesenta una verdadera utopía: la nueva sociedad de la información habría de lograr una mejora en la calidad de vida de los ciudadanos, mayor participación social y mayor democracia, así como mayor integración social y cultural. La realidad de estos ú1timos veinticinco años muestra otra cosa.

Como en la novela de Mary Shelley,1 la inteligencia humana puede volverse contra sí misma de la mano de sus propias invenciones. Según E. Tenner (Universidad de Princeton), es la combinación entre tecnología y sociedad la que hace que las máquinas adquieran una fuerza malévola. La tecnología adquiere efectos negativos cuando se ancla en leyes, regulaciones y costumbres.

Para los ideólogos del progreso técnico (neoliberales y marxistas), los desarrollos técnicos surgen como “respuesta” a  las necesidades sociales.

 

Sin embargo, el individuo que construye una máquina de vapor trata de solucionar su problema y no busca desencadenar una revolución industrial. El peso de los modelos de explicación funcional nos hace olvidar algo que ya sostenía Kalecki: la adopción de una innovación depende de los intereses de los individuos que poseen poder para adoptarla, no importa que la innovación pueda ser racional para la sociedad considerada como un todo (OVEJERO LUCAS; 1990). Por esta razón, las aplicaciones de las nuevas tecnologías toman ladirección que le imprimen quienes están en condiciones de perfilar los modelos y aun la investigación básica. Sin embargo, hay tecnologías, como la informática, que son versátiles, adaptables y, por lo tanto, ambiguas. Esto hace decir a Savater que numerosos aparentes gadgets han tenido un papel emancipador en determinadas circunstancias. Tal fue el rol del video en la lucha contra las obsoletas dictaduras de Europa Oriental.

Por otra parte, tenemos los efectos negativos originados por el control numérico de las tareas, que priva al operador de la capacidad para tomar decisiones, acelera la producción y lo somete a peligrosas situaciones de tensión (RIFKIN, 1996).

Según P. Drucker, ,para el año 2000 á 2010, en todos los países desarrollados de libre mercado, los obreros de fábrica no representarán más de una décima parte de la fuerza laboral,,. Sin embargo, no desaparecerán, “su lugar ya está siendo ocupado por un tecnólogo, es decir, por a1guien que trabaja tanto con sus manos como con sus conocimientos teóricos. Esto explica por qué tanto los técnicos en informática y paramédicos, como los fisioterapeutas, técnicos en radiología y laboratoristas médicos has sido los grupos de crecimiento más rápido de la fuerza laboral de Estados Unidos desde 1980,, (MUNIZ, 1996).

Estudios citados por Ovejero Lucas sobre la RFA sostienen que los empleos que desaparecen son cuatro por cada uno que se crea, como consecuencia de la robotización. Además, hay un proceso de “dualización” por el cual en algunos trabajos disminuye la capacidad exigida para desempeirlos y en otros se produce lo contrario (OVEJERO LUCAS, 1990).

El profeta de El Fin del Trabajo, J. Rifkin, calcula que en diez años la proporción de obreros quedará reducida al 12%, y para el año 2000 sólo un 2% del músculo laboral en todo el mundo serán obreros industriales. Además, es falso que el sector servicios pueda absorber la mano de obra excedente (RIFKIN, 1997). El fenómeno en las economías subdesarrolladas será peor porque las plantas industriales de mano de obra intensiva tienden a desaparecer. El obrero más barato puede ser más caro que las más caras líneas de montaje, y los trabajos de ensamble en línea serán sustituidos por la computación y otras tecnologías sofisticadas (J. RIFKIN, 1997).

La informática, la tecnología y la robótica ponen de manifiesto la prevalencia de los aspectos inmateriales del conocimiento, desplazan las concepciones tayloristas y fordistas, cuestionan las tradicionales estructuras jerárquicas y hacen necesaria la adopción de nuevas formas de contratos colectivos y políticas de protección del medio ambiente.

En lo que hace a la relación hombre-máquina, F. Guattari anuncia la emergencia de una nueva sociedad maquinizada que no deja de tener cierta calidad, en la que se podría establecer una alianza con la máquina en busca de la renovación de los valores humanos (GUATTARI, 1996). Víctor Schwach de la Universidad de Estrasburgo se muestra más cauto al hablar sobre la unión del hombre con la máquina y la compara con un matrimonio: “,Primero es el tiempo del deseo, luego viene la prueba de la realidad. Después de la luna de miel, se descubre el objeto tal cual es, opaco y recalcitrante. Pero ya es demasiado tarde. Sus destinos están unidos para lo mejor y para lo peor" (FOLGARAT, 1996).

Sin embargo, no debemos perder de vista que el carácter ambiguo y la versatilidad de a1gunas tecnologías permiten que los usuarios las conviertan en instrumentos de fines no previstos por el fabricante. Al igual que lo ocurrido con la escritura y la imprenta, hay una mutación de la inteligencia y de la sensibilidad de las personas ante las máquinas informáticas, las que, según Guattari, se van introduciendo cada vez más en los resortes del alma. Un sistema maquinizado no sólo supone consumo de energía y la producción de un objeto, sino que se encarna en una cepa que es el punto de partida de toda una serie genealógica de artefactos, y estas genealogías, además de estar influidas por las ciencias y las artes, reflejan evoluciones socio-culturales profundas, difíciles de captar.

Los instrumentos de la vida actual, esa mezcla de gadgets provisionales y tecnologías auténticas, son más jóvenes que quienes los usan, y esto no había pasado en otras épocas. Además -como apunta Savater- no van acompañados por un progreso semejante en el terreno de la racionalidad política:

“Somos capaces de destruir en cuestión de segundos toda la vida sobre la faz de la tierra, pero no de alimentar a millones de hambrientos; hemos pisado la luna y alcanzado planetas aún más remotos, pero millones de niños mueren cerca de nosotros víctimas de escuadrones siniestros o del simple abandono y desidia de unacivilización abotargada por la autocomplacencia” (SAVATER, 1995).

Ahora bien, como reconoce el mismo Savater, no podemos volver atrás y olvidar lo que sabemos, es decir, el conocimiento que la sociedad ha acumulado.

Tres

La instauración de mercados libres ha generado capacidades de producción sin precedentes en la historia. Es una institución inevitable para detectar ciertos deseos del consumidor y asignar recursos escasos y gratificaciones acordes al principio de rendimiento. Sin embargo, como bien lo señala H.C.F. Mansilla, no tiene la misma eficacia para resolver problemas cualitativos que pertenecen a esferas especiales de la vida humana. Entre estas, se encuentran:

“a) el campo de la experiencia estética, del arte y la literatura, donde lo único decisivo es el insondable juicio de la posteridad; b) el terreno del amor, del afecto, de la solidaridad humana y del genuino erotismo; c) el ámbito de la religión y de la posición del Hombre frente a la muerte y el sentido de la existencia; d) el espacio de la ciencia y el pensamiento, donde solamente vale el espíritu y la creación; e) la esfera de la ética y de las pautas normativas de comportamiento; y f) el ámbito de la organización del Estado y la sociedad, con especial referencia a sus principios rectores”. (MANSILLA, 1994).

Es evidente que todo esto está vinculado a ciertos valores compartidos que giran en torno a la idea de “bien común,” y aunque es difícil lograr un amplio consenso sobre este punto, hay elementos ampliamente aceptados:

“El respeto inalienable a la vida humana y a ]a integridad física y espiritual del prójimo; la invulnerabilidad de las condiciones vitales  de los niños y de las generaciones posteriores; la solidaridad basada en la confianza y la amistad; la seguridad que brindan los grupos primarios intactos; la protección de la familia; la salvaguardia del medio, ambiente, así sea contra poderosos -y comprensibles- intereses inmediatos; la responsabilidad de los órganos estatales para asegurar un orden público según los fundamentos de la razón; la obligación primordial del Estado de administrar justicia, de proveer educación y salud a sus ciudadanos; y la necesidad de establecer normas para resguardar la salud pública, pensando imprescindiblemente en la dimensión de largo plazo” (MANSILLA, 1994).

Pese a estos argumentos, el mercado se va constituyendo en el eje absoluto de la existencia y la racionalidad instrumental va penetrando todas las esferas de la vida. Por lo que cabe preguntarse con Hopenhayn, ¿en qué medida se puede imponer un carácter gerencial a todas las relaciones interpersonales y hasta qué punto la productividad puede absorber los lazos de solidaridad entre los grupos? (HOPENHAYN, 1994).

Esto nos trae a la mente unas frases amargas de Marie Langer:

“Vivimos en un estado constante de anomía. Anomia significa que no podemos vivir según los preceptos morales que nos inculcan desde pequeños. Padecemos un sentimiento de culpa vago y constante porque simultáneamente nos exigen una carrera de lobos y el amor al prójimo” (LANGER, 1988).

Será que, como se interroga Guattari, la alegría de vivir, la solidaridad y la compasión hacia otros deben ser considerados sentimientos en vías de desaparición (GUATTARI, 1996).

Las necesidades humanas son diversas y su satisfacción requiere de múltiples escenarios. Sobre este punto es necesario tener en cuenta los esfuerzos teóricos de A. Guerreiro Ramos que se sintetizan en lo que é1 llama delimitación organizacional; vale decir en la adopción de políticas gubernamentales que, manteniendo al mercado en su enclave, permitan compatibilizar las estructuras productivas con formas de consumo que respeten "las exigencias ecológicas y socio-psicológicas de la población" (GUERREIRO RAMOS, 1991).

Aunque no se puede abolir la competencia capitalista, y es necesario afianzarla contra los monopolios, sí es posible, a través de instrumentos políticos, modificar las bases del cálculo económico para inducir, en quienes operan en el mercado, comportamientos que resulten racionales desde el punto de vista de las exigencias señaladas en el párrafo anterior.

Cuatro

Las soluciones que aquí exponemos, tomadas de diferentes fuentes, constituyen una nueva utopía y, como dice Skolimowski, una filosofía (en este caso una filosofía social) tarda mucho en demostrar sus méritos. Mientras un mal almuerzo muestra sus efectos en horas y un par de zapatos en un par de semanas, los supuestos filosóficos tardan décadas en mostrar sus frutos. Comienzan siendo muy frágiles, como todo producto de la imaginación, pero una vez se traducen en formas de cultura adquieren gran fortaleza y perdurabilidad (SKOLIMOWSKI, 1993).

En tanto el mercado es incapaz de proporcionar ocupación a todos los que están, dispuestos a trabajar, un acto de imaginación consistirla en movilizar el ejército de reserva a través de la asignacién de fondos de asistencia social. En otros casos, el recorte de la semana laboral y la distribución más equitativa del trabajo parecen constituir la única solución para evitar la exclusión social de un gran número, de personas. Finalmente, se pueden imaginar formas alternativas para la financiación del trabajo en el sector de voluntarios.

A continuación, examinaremos estas tres posibilidades.

M. Lovenstein dice que “retrocedemos ante la presencia de una utopía como si se tratase de un ámbito de doloroso vacío”. Por esta razón, no podemos concebir que los desocupados que perdieron su empleo como consecuencia de los cambios tecnológicos perciban sus salarios completos y aun obtengan aumentos de sueldo, si aumenta la productividad, aunque no trabajen (LOVENSTEIN, 1968).

Los fondos de pensiones son los mayores grupos de inversión en los países desarrollados. Ellos representan un tercio de los activos financieros de la economía estadounidense. Estos mismos fondos han sido invertidos por bancos y compañías de seguros en nuevas tecnologías que permiten ahorrar tiempo y mano de obra, eliminando puestos de trabajo. Si estos ahorros son los que se usan para aumentar la productividad, los trabajadores tienen derecho a compartir los mayores beneficios generados por dicha productividad (RIFKIN, 1996).

J. Rifkin habla de la necesidad de practicar una reingeniería de la semana laboral. La revolución de la productividad ha operado de dos formas: por un lado, ahorrando tiempo y mano de obra ha permitido que las empresas eliminen en forma masiva puestos de trabajo; por el otro, los que conservan sus empleos se ven obligados a trabajar más horas para compensar la reducción de salarios y subsidios; sin contar que “muchas empresas prefieren emplear una reducida fuerza de trabajo durante más horas en lugar de contratar una mayor durante menos horas, para ahorrar los costes de subsidios, que incluirían coberturas asistenciales y fondos de pensiones” (RIFKIN, 1996).

La demanda por una semana más corta ha sido promovida por un número importante de economistas y sindicalistas. Basta recordar el slogan de los sindicatos italianos: Lavorare meno, Lavorare tutti. La empresa Volskswagen redujo la semana laboral a 34 horas. P. Larrouturan, de la consultora Arthur Andersen, propuso la semana de 33 horas. Algunos fabricantes de ordenadores llegaron a establecer semanas que varían entre las 33 y 34 horas de trabajo. Muchas de estas reducciones han ido acompañadas de incrementos en la productividad y han contribuido a crear nuevos empleos (RIFKIN, 1996).

El individuo no sólo teme a la desocupación porque lo privará de ingresos, sino porque “configura la amenaza de cesación de todas [as formas de actividad que parecen significativas, y aun fomenta las actividades antisociales” (THEOBALD, 1968). De ahí la importancia que adquieren las asociaciones de voluntarios que abarcan una amplia gama de actividades: servicios sociales, asistencia sanitaria, educación e investigación, las artes, la religión y la abogacía. Entre estas organizaciones se destacan las que atienden a ancianos y discapacitados, a enfermos mentales, a jóvenes con problemas, a los que carecen de hogar y a los indigentes. Muchos trabajan en la protección del medio ambiente, en las artes o tratando de cambiar la opinión pública.

En la medida en que desaparezca la diferencia entre la tarea voluntaria y la remunerada, y que el esfuerzo voluntario sea retribuido por donaciones privadas o por el subsidio del gobierno, será posible reducir las tensiones señaladas en la primera parte de este trabajo.

“El ciudadano libre podrá volver a elegir su propia tarea y estará en condiciones de seguir sus propias inclinaciones, donde quiera éstas lo lleven, porque dispondrá de una renta mínima de subsistencia” (ARENSBERG, 1968).

Guerreiro Ramos distingue dos tipos de asociaciones: isonomías y fenonomías.

En las isonomías todos los miembros son iguales. El objetivo es posibilitar la realización de sus componentes. La autoridad pasa de persona a persona y son eficaces cuando el tamaño de la organización es reducido. Son ambientes isonómicos las asociaciones de padres y maestros, los clubes de estudiantes, las asociaciones de artistas y las asociaciones religiosas. En ellas las personas buscan estilos de vida que trascienden las normas ligadas al mercado (GUERREIRO RAMOS, 1981).

Las fenonomías son sistemas estables iniciados por un individuo o por un grupo, que permite a sus miembros un máximo de elección personal con un mínimo de normas. Los miembros se ocupan de actividades automotivadas y se libera la creatividad de las personas. Son ejemplo de este tipo de asociaciones los talleres de artesanos e inventores, los talleres de escritores y artistas, y otros ambientes similares. Los productos pueden ser Ilevados al mercado, pero esto es secundario desde el punto de vista de la motivación (GUERREIRO RAMOS, 1981).

Estas prácticas no son tan "utópicas" como puede parecer. J. Rifkin dice que el sector de voluntarios representa el 6% de la economía de los EEUU. Guerreiro, basándose en estudios de K. Boulding, afirma que entre el 20 y el 50% de la economía estadounidense esté subvencionado de una u otra manera, y que la imprecisión en la estimación obedece a que la subvención adopta formas visibles e invisibles. Junto a las que corresponden a instituciones hay diversos mecanismos de distribución de riqueza: manipulación de precios y salarios, autorizaciones, prohibiciones, accesos, oportunidades, etc. (GUERREIRO RAMOS, 1981).

Cinco

De alguna manera, la humanidad ha desarrollado una creciente capacidad para sustituir el trabajo por máquinas, “inteligentes”, meta que, de ser alcanzada, sólo exigiría la ocupación de una fracción de la masa laboral. Esto ya está produciendo una fragmentación de las sociedades que puede conducir peligrosamente al darvinismo social. La solución es obvia, hay que dar más horas de trabajo a quienes las solicitan y disminuir el horario de trabajo de quienes las poseen.

La pérdida del trabajo es un verdadero drama:

"Perder el trabajo es desordenar todo un sistema de relaciones sociales. Más todavía: interiorizada la disciplina del trabajo en lo más hondo de cada individuo, la pérdida del trabajo es sentida, internamente, como una culpa que hay que pagar y, la más de las veces, como autocastigo, llámese éste alcohol, depresión psicológicaoagresión física. Deestemodotienelugar, además del deterioro, de la vida individual, el de la familia" (MIRES, 1996).

La reducción de la jornada laboral no es la única solución, pero sin ella no hay solución posible (MIRES, 1996). Hay además una ampliación de la noción de trabajo.

"Si planteamos a un trabajador de la industria que va a tener que deshacerse de un par de horas para ayudar a los desocupados, puede que no manifieste demasiada alegría. Si planteamos; que parte de su salario va a ser transferida a otra estera de su trabajo, no tiene por qué sentirse expropiado. Su tiempo “libre” será ocupado en hacer compras, en ayudar a su esposa, en atender a la reproducción mental y biológica de sus propias fuerzas, etc., en fin cualquier actividad que para é1 es importante, pues toda actividad demanda trabajo" (MIRES, 1996).

La crisis del trabajo industrial (como consecuencia de la aplicación de nuevas tecnologías) posibilita traspasar cuotas de trabajo a campos como la restauración ecológica y la economía  doméstica. Sobre este ú1timo punto, si consideramos que el desarrollo pleno de la mujer tiene como prerrequisito el hecho de trabajar fuera del hogar, es necesario que el hombre trabaje mas en su casa para que la familia pueda "exportar" más fuerza de trabajo femenina (MIRES, 1996).

Las nuevas propuestas van desde quienes, como Claus Offe, propician dar bonificaciones en dinero a los que abandonen voluntariamente horas de trabajo, hasta quienes consideran que un ciudadano -por el hecho de serlo- debería tener asegurado un ingreso mínimo que le permita vivir con dignidad (MIRES, 1996).

La separación del ingreso del puesto de trabajo no es algo nuevo, ya en 1968 R. Theobald compiló un conjunto de ensayos sobre el tema. Sin embargo, la cuestión no ha sido considerada en toda su dimensión por las é1ites económicas y políticas. Se trata de cambios que no resultarían eficaces si son implantados sólo en algunos espacios (empresas o naciones), pues su viabilidad exige que sean el resultado de estrategias aplicadas en espacios supranacionales y acciones concertadas en el  ámbito de la política internacional.

BIBLIOGRAFIA

ARENSBERG, C.C. (1968). “La transformación cultural y el sueldo asegurado”. En R. Theobald y otros. El sueldo asegurado. Buenos Aires. Paidos.

FOLGARAT, A. (1996). “La revancha de la máquina,,. En Noticias (7 de septiembre). Buenos Aires.

GUATTARI, F. (1996). “Refundar las prácticas sociales”.  En Manière de voir, Nº 19.  Reproducido por Le monde diplomatique ( 16 de octubre).

GUERREIRO RAMOS, A. (1981). A nova ciencia das orgaizaVoes. Rio de Janeiro. Fundación Getulio Vargas.

HOPENHAYN, M. (1994). Ni apocalípticos ni integrados. México F.C.E.

LANGER, M. (1988). Entrevista. Revista Crisis. (marzo). Buenos Aires.

MANSILLA, H.C.F. (1994). “¿Por qué no legalizar las drogas?". En La Raz6n (14 de agosto). La Paz.

MIRES, F. (1996). La revolución que nadie soñó, o la otra posmodernidad. Caracas. Nueva Sociedad.

MUÑ1Z. (1996). “El viejo maestro ataca de nuevo”,. Noticias (1 0 de junio), Buenos Aires

OVEJERO LUCAS, F. (1990). Intereses de todos, acciones de cada uno. México. Siglo Veintiuno.

POLANYI, K. (1947). La gran transformación. Buenos Aires. Claridad.

RIFKIN, J. (1997). Entrevistas. Ambito Financiero; y La Razón (23 de junio).

RIFKIN, J. (1996). El fin del trabajo. Buenos Aires. México. Paidos.

SAVATER, F. (1995). “Ciencia tecnología y sociedad”. Auditorio.

SIMON, H. A. (1972). El comportamiento administrativo. Madrid Aguilar.

SKOLIMOWSKI, H. (11993). “Las bases ecol6gicas de la política”,. En El socialismo del futuro, N' 8. Madrid. Fundación Sistema.

EDITORES

José M. Mansilla Vázquez.

Gustavo A. Prado Robles.

La Revista de Humanidades y Ciencias Sociales es publicada semestralmente, en junio y diciembre, por la Unidad de Incentivo y Apoyo a la Producción Intelectual y el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Autónoma "Gabriel René Moreno".

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1 Mary Shelley, Frankestein o el Prometeo moderno.

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