
Publicación del Centro de Investigaciones Precolombinas (CIP) - ISSN 1515-2804
CIP- Centro de Investigaciones Precolombinas

Ana María Rocchietti
En el número 20 de Amazonia Peruana, James Dagget ofrece una crónica sobre los primeros contactos de los Nahua o Yura del Parque Nacional del Manú, en las cabeceras del río Mishagua, con el Instituto Lingüístico de Verano y con otros miembros del mundo exterior a partir del mes de abril de 1984 (Dagget, 1991). A lo largo del siglo XX solamente habían tenido contactos hostiles.
Antes de 1984, una compañía petrolera había tratado de tener contacto con este grupo y había arrojado herramientas y ropa desde el aire. Asimismo, habían construido campos de aterrizaje en su territorio. En el mes aludido, unos madereros que estaban trabajando en el borde de la tierra Nahua se encontraron con tres hombres de este pueblo; éstos les quitaron la ropa, ante lo cual los madereros les ofrecieron llevarlos hasta la localidad de Sepahua donde les dieron vestimenta, hachas y machetes. Este punto había sido una misión dominica pero en la actualidad es un caserío de mestizos y de gente de diferentes etnias. Los pusieron en contacto con un hombre yaminahua que podía comunicarse con ellos y luego los llevaron, otra vez, río arriba.
En junio, dos de los viajeros originales juntamente con otros dos hombres pidieron a un bote de la compañía petrolera, que pasó junto a ellos, que los llevara a Sepahua y fueron, nuevamente, a la casa del hombre yaminahua. Un representante de la compañía les tomó fotos que luego envió a Lima. Los nahua pidieron ayuda. Tres días después, se les puso en contacto con un miembros del Institituo Lingüístico de Verano y con un médico peruano que llegaron en avión a Sepahua, por casualidad. El hombre yaminahua fue empleado como intermediario. Después, éste y su cuñado los llevaron hasta una comunidad machiguenga cercana a Nueva Luz que estaba siendo trabajada por miembros del Intituto Lingüístico de Verano. Hasta allí llegaron dos lingüistas que recogieron los primeros datos sobre su idioma. Y confirmaron la vinculación de su lengua con la del idioma Pano. Además, les dieron chaquiras y un poco de hilo en pago de lo que les habían enseñado de su idioma. Ellos, enseguida, las ensartaron para hacer adornos faciales. El intermediario y uno de los hombres padecían de tos fuerte que habían adquirido en Sepahua donde muchos pobladores estaban enfermos. En los días siguientes, los hombres nahua pidieron hachas, machetes, espejos y tijeras y fueron cayendo enfermos. Los medicaron con aspirinas y antibióticos ante los síntomas de neumonía. Finalmente se les aconsejó que salieran de Nueva Luz y que no volvieran a Sepahua, que regresaran a su casa pero no inmediatamente sino descansando y cazando durante diez días para no contagiar a sus paisanos. Durante ese tiempo debían seguir tomando las medicinas, las que serían administradas por el hombre yaminahua. Él debería retornar inmediatamente a Nueva Luz para informar (por esto fue retribuido) y se les entregó un motor fuera de borda para la canoa. Nada de esto se cumplió: los nahua volvieron inmediatamente a su territorio y toda la comunidad contrajo la enfermedad. Los lingüistas viajaron a la comunidad el 11 de julio, enterándose que el yaminahua había llevado a seis nahuas a Sepahua (a pesar de las advertencias). Un hombre y su esposa fueron trasladados desde el territorio nahua a Yarinacocha para comenzar el estudio de la lengua, allí enfermaron de paludismo y fueron tratados. Por fin, el 31 de julio el hombre y su esposa fueron trasladados al estirón cercano a su territorio y e ILV se enteró de una fuerte epidemia en la comunidad. El 2 de agosto un médico y una enfermera salieron en avioneta y con otros lingüistas se unieron al hombre yaminahua (el intermediario) en el estirón más cercano a la zona de epidemia. El 4 de agosto localizaron en la quebrada de Putaya gente enferma y dejaron medicinas a los mestizos que se encontraban allí, llevados por el hombre yaminahua. El 5 de agosto llegaron al lugar donde la epidemia había hecho más estragos: veinticinco personas estaban muy enfermas, inconscientes o incapacitadas para ir a buscar alimento. Se trataba de una epidemia de neumonía, complicada con parásitos y paludismo. Los médicos empezaron a asistirlos aunque la gente estaba tan dispersa que les llevaba dos horas dar la vuelta de atención. Atendieron a ciento ochenta o doscientos pacientes declarando graves a ciento treinta. Algunos murieron. Confirmaron que el lugar había sido despejado por la compañía petrolera y no por los nativos. Luego tomaron la precaución de no usar la avioneta de aquélla y de remontar el río en canoa para no intensificar la epidemia. También tomaron noticia de que el hombre yaminahua ya no tenía interés en los nahua salvo en los que pensaba emplear en su proyecto de extracción de madera. Éste y sus hombres empezaron a extraerla y a cazar en territorio nahua. Hacia noviembre ya había setenta y siete nahuas en el asentamiento de Putaya y la compañía ofrecía al jefe un arreglo por dejar construir una pista de aterrizaje. Hacia diciembre la enfermedad empezó a desaparecer pero había desnutrición y se consideró que era necesario que la gente volviera a cazar, pescar y recoger alimentos. En enero comenzaron los pedidos de explotación maderera en la zona nahua y el Instituto Lingüístico de Verano comenzó la construcción de la pista a pedido de los nahua. Ya la compañía había despejado partes del bosque para hacer experimentos sísmicos, los que a la vez servían como campos de aterrizaje. El primer vuelo hacia el campo del se hizo en febrero de 1986. Algunos nahua estaban buscando lugar para vivir porque no les gustaba lo que habían visto en Sepahua y los lingüistas empezaron a descubrir que podían existir muchos clanes y diferencias dialectales entre los nahua que no habían advertido antes, al hacer el contacto original. Se mostró una división en tres regiones: Manú, Sepahua y Putaya y los mestizos iban y venían, en cantidades cada vez mayores, a Sepahua.
El autor describe los principales problemas del Instituto Lingüístico de Verano en este caso: 1. la cuestión del grado de contacto que el grupo debía tener, 2. cómo responder ante la noticia de que había epidemia, 3. como manejarse con el agente cultural[1] quien, por lo general, desea asumir el papel de patrón[2], 4. cómo manejar la publicidad, 5. cómo contemplar los derechos de la tierra de los recién contactados y, 6. cómo resolver el problema de la accesibilidad (especialmente la construcción del campo de aterrizaje).
Los trópicos representan una zona climática de anchura variable situada a uno y otro lado del Ecuador climático (el cual no coincide con el Ecuador geográfico debido a la desigual distribución de tierras y mares y por las influencias orográficas). Puede definirse como una línea de máxima uniformidad de humedad y temperatura en la que es poco probable una variación irregular e imprevisible del clima (UNESCO-CIAF 1980: 36).
El bosque tropical amazónico arraiga sobre suelos muy pobres pero en situación de equilibrio biológico; los nutrientes disponibles están contenidos en la vegetación, las partes muertas se descomponen rápidamente, se mineralizan y se reabsorben por las raíces (ibidem: 697) Pero la biomasa animal, en cambio, es escasa..
Sus principales funciones son las de protección del suelo, de las concentraciones de dióxido de carbono y de las especies animales, la regulación de dióxido de carbono, de la energía luminosa y química, la producción de biomasa, de madera, corteza, hojas y frutos y de compuestos (resinas, alcaloides, aceites, látex y otras sustancias.
La selva es imponente pero, en realidad, frágil.
El Amazonas es, en Iquitos, “el río que se aleja” (García Sánchez y Bermex de Fälen, 1994).
El curso de agua se desplaza de la ribera de la ciudad porque sus meandros migran en un régimen de crecientes rápidas que erosiona riberas cóncavas y riberas convexas.
Frente a la ciudad se encuentra Padre Isla que es producto de la bifurcación del río. Entre 1973 y 1983, el brazo derecho se fue ensanchando y creando, por colmatación una isla nueva y moviéndola luego hacia el oriente hasta unirla con Padre Isla.
La topografía se escinde entre restingas o zonas altas cubiertas de árboles jóvenes y los bajiales tapizados de gramíneas, caña brava y vegetación flotante.
Las cochas son zonas de agua desnudas de vegetación.
Gonzalo Pizarro (hermano de Francisco, máximo conquistador del Perú) fue nombrado Gobernador de Quito y, desde allí, avanzó hacia la tierra del Oriente, desde donde venían noticias sobre la canela – planta perfumada y especia deseada por los españoles – y donde había que abandonar la montaña para descender hacia las brumosas selvas. Partieron trescientos cincuenta españoles y cuatro mil indios y una inmensa piara de cerdos (Prescott, 1967: 397) a comienzos del año 1540 Muchos indios encontraron la muerte en los desfiladeros del país de Quixos y tuvieron la desgracia de toparse con un terremoto que se tragó una población entera. Al bajar a las vertientes orientales el clima se hizo sofocante y llovió durante seis semanas. Finalmente llegaron a las Canelas pero no se detuvieron en ellas sino que continuaron su camino hasta las llanuras en las que los árboles formaban una red impenetrable. Comenzaron a comerse los caballos y los perros y a tener los vestidos destrozados por efectos de la vegetación y de la lluvia. Al llegar al Napo, construyeron un puente para poder atravesarlo (hombres y bestias) después de haberse enfrentado a sus cataratas. Decidieron construir un bergantín para los enfermos y debilitados, el cual quedó al mando de Francisco de Orellana mientras el resto caminaba y caminaba por largas semanas. Tuvieron noticias de que el Napo desembocaba en un gran río, habitado por una población populosa. Decidieron, entonces, que Pizarro permanecería en tierra con su gente mientras Orellana procuraba alcanzar ese punto con el fin de traer comida. Pero Orellana nunca volvió. Descubrió el Amazonas y abandonó a su jefe (o no pudo retornar por lo bravo de la corriente al tratar de remontarla) y continuó viaje, siendo atacado por tribus guerreras pero sorteando las dificultades (especialmente las derivadas de la navegación en un verdadero mar dulce) llegó al Océano Atlántico, se dirigió a la isla de Cubagua, pasó a España y obtuvo la comisión de conquistar y colonizar el reino descubierto.
En 1599, el Virrey del Perú, don Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, envió a Pedro de Ursúa con quinientos hombres al territorio de los Omaguas (ya por esa época considerado El Dorado). Entre ellos iba Lope de Aguirre, viejo soldado del Perú. Era un ejército lleno de tensión porque en él iban aquéllos que no habían conseguido enriquecerse con la conquista del reino de los Inka. Asimismo, al viajar la amante de Ursúa, doña Inés de Atienza, los conflictos aumentaron. Aguirre dio muerte a éste e hizo nombrar a Fernando de Guzmán en su lugar pero terminó matando a Inés, a su nuevo amante y a Guzmán con el deseo oscuro de proclamarse él mismo Virrey. Por el Amazonas, por el Negro o por el Casiquiare debió pasar al Atlántico, llegó a la isla Margarita desde donde intentó pasar a Panamá para volver, finalmente, al Perú. Pero mató a las autoridades de la isla y marchó hacia Venezuela. Sus propios hombres lo mataron; ya muerto lo descuartizaron, repartieron su cuerpo en varios lugares y le entablaron proceso póstumo. Antes, cuando estaba en Margarita escribió a Felipe II, el Rey: “Yo, rebelde hasta la muerte por tu ingratitud” (Martín Rubio, 1991: LXIII – LXV).
Francisco Requena fue un militar, enviado por la Corona para organizar los territorios del Maynas después que fueran expulsados los jesuitas en 1767. Este territorio era español pero los portugueses –eternos rivales en toda Sudamérica al este del límite establecido por el Tratado de Tordesillas- lo invadían contínuamente buscando expandir sus dominios hacia las montañas andinas. Requena fue nombrado maestre general de la expedición que debía velar por el cumplimiento del Tratado de San Idelfonso en 1777. Hombre prolijo y de observación certera escribió un informe sobre los caminos hacia el Napo y hacia los Baños del Pastaza. En 1779 se lo nombró Gobernador de Maynas y permaneció como tal durante dieciséis años viajando por los parajes de los omaguas, solicitando el respeto a las tierras españolas por parte de los portugueses, escribiendo una Descripción de Maynas y exigiendo la entrega de la fortaleza de Tabatinga, tomada por los lusitanos. Pero Requena era un gran diplomático: logró explorar en forma conjunta con ellos el río Yapurá para establecer la frontera entre< España y Portugal durante cinco meses. Luego se dedicó a fortificar el Putumayo y a obstaculizar a los portugueses. El 10 de septiembre de 1791 se instala en Jeveros y empieza a ocuparse de las misiones franciscanas de Ocopa (allí desde 17224) y del género de vida que llevaban los indígenas. Finalmente propone la Monarqauía incorporar la región a Lima. Creó reducciones de indios, fundó poblaciones y levantó escuelas. Finalmente fue llamado a España y abandonó la Amazonia por la vía del Pará para tornarse Ministro del Consejo Real Supremo de las Indias. Lejos quedaron las Indias de la Canela que él administró. (Marzal, 1984).
El shaman empieza la ceremonia ahumando el brebaje con humo de mapacho. Lo da de beber a los presentes, reza el Padre Nuestro y el Ave María varias veces e implora a nuestro Señor Jesucristo fuerza y poder por el éxito del ritual. Después de diez minutos vuelve a echar humo sobre los asistentes y va golpeando suavemente con la Shacopa (un abanico de hojas). El efecto aparece a los veinte o treinta minutos –aunque a veces no existe- en forma de trance que suele durar unas dos horas y media. La ceremonia termina cuando el shamán vuelve a pasar la Shacapa dirigiendo el humo del cigarro hacia la cabeza de los presentes. Los que han bebido sienten mareo sin perder la conciencia, o tienen visiones, vómitos, defecación, escalofrios y sudores (San Román, 1979, Chaumeil y Chaumeil, 1979)
La ayawasca se prepara haciendo hervir en agua el tallo de Ayawasca (Banisteripeis caapi) y de Chacuna (Psychotria viridis) y aprovechando, así, las propiedades de sus alcaloides (López Vinatea, 2000). Su uso tiene la finalidad de curar o de establecer una conexión con lo sobrenatural.
“El carácter de los indios son siendo de tantas distintas naciones como va dicho, no da tampoco mucho que hacer a los gobernadores ni a los misioneros a excepción de algunos vicios que son más comunes entre ellos. No cometen aquel cúmulo de desórdenes, que eran conocidos en los imperios de los incas y moztezumas, ni los que practican muchos blancos, y aún hay especie de pecados que los ignoran o que los han aprendido de éstos últimos. La inverecundia y la embriaguez son los más dominantes entre estas gentes. Y sólo se acuerdan de las ofensas que les han hecho cuando sus borracheras los incitan a las venganzas, pidiendo con la mayor sumisión y sencillez perdón a los agraviados, con quienes se reconcilian fácilmente luego que se les acaba el efecto de las bebidas, los plátanos y casi todas las frutas, granos y raíces con que se mantienen, yodo es fermentado materialmente que saben disponer para hacer sus chichas y como criados con estos brebajes, sin ellos se debilitan porque les llega a faltar su natural alimento, no debe enteramente prohibírseles y debe sólo el justicia, o misionero, donde no lo hay, procurar la usen cuando están dulces y suaves, estorbándoles beban aquellas que han llegado a un grande grado de fortaleza, por ser sólo en éste en que les priva la razón y en el que más las apetecen…” (Requena, 1785, en Martín Rubio, 1991:24)
“Los chullachaquis –le dice- viven bien lejos, en las profundidades del monte. Sus tierras están rodeadas de pungales y árboles gigantes donde crecen puros palitos fuertes. Si tú quieres cortar un palito, ¡plic! Tu machete salta echando chispas. Pero qué te vas a meter a cortarlos sabiendo que son ellos. Se pasan el tiempo jugando y embromando a la gente. Eso nomás les gusta hacer (Ríos Ramírez, 2000: 24).
“Mi tío buscó a su hija todo el resto de su vida, liquidó todo cuanto tenía, pero ella nunca apareció; la había llevado un chullachaqui” (Augusto Cárdenas Greffa).
El malecón se ve renovado por los arreglos de fin de siglo (XX). Una serie de bares contiguos enfrenta el agua turbia del río con sillas y mesas en la vereda. Los escasos parroquianos diurnos son asaltados por una nube de mosquitos persistentes. Con la vista puesta en las aguas, uno toma conocimiento de que aquello que se ve no es todavía el Amazonas sino una avanzada del Nanay, uno de sus afluentes. Las mejores piezas arquitectónicas de Iquitos están allí, enfrentando la línea verde de la selva que aparece lejana e indefinible. Torciendo la mirada hacia el uno de los extremos del paseo costanero, con dificultad, se divisan las casas flotantes de la mísera barriada de Belén. El calor es sordo e implacable. A una cuadra hacia el oeste, en la calle Próspero (paralela al malecón), el paisaje cambia. Puerta a puerta se desliza el comercio de ropa, zapatos, fotografía, papelería y las internet. Y una muchedumbre seria y reconcentrada avanza, va y vuelve. El resto de Iquitos se recorre en mototaxi (una especie de rickshaw chino montado sobre una moto Honda con toldo de protección) a gran velocidad, con el viento en la cara y sin necesidad de hablar porque su ruido colma la atmósfera y el alma.
En la esquina de Próspero y Putumayo, frente a la Plaza de Armas está la Casa de Hierro. Fue construida por el ingeniero Eiffel durante la euforia del caucho. El dinero que la pagó fue amasado por la sangre de los siringueros. Pero ahora es un bar caluroso adonde van los extranjeros. Pero sólo una vez. Porque sirve para contarlo a la vuelta al país y adornarlo con las impresiones acompañadas con detalles fantásticos, con el suave brillo de la aventura latinoamericana.
Iquitos evoca la selva montaraz y la vida desbordada y errante. Pero hay muerte vieja, histórica, detrás del esplendor (Taussig, 1987) y demasiada pobreza estructural por todas partes. Pero, así y todo Iquitos es bella.
Los gringos se agolpan en el hotel colmado de estrellas. La vida parece lánguida. Pero cada tanto estalla: la última convulsión ha sido la guerra contra Ecuador y el incendio de un edificio. Ya hay una base norteamericana en la cercanía de Pevas y se ve a miembros de tropas especiales, con ropa civil en los restaurantes, en la plaza, paseando en moto, en la recepción del hotel. En el María Antonia (aunque ya ha cambiado de nombre todos lo conocen por éste) la planta baja remeda la selva con plantas de plástico y cascada de agua puesta en marcha sólo para la entrada de huéspedes. Después se ahorra consumo dejando desguarnecidas las marquesinas de la escena montada para atrapar clientes.
Despertar en Iquitos es despertar con fervor; con el fervor de salir a la selva y estar ahí.
¿Quién es uno? Sólo un visitante sudamericano. Sólo un viajero mirón con sello porteño, con marca del Río de la Plata. Es decir, con marca de una tierra, también, de historia feroz.
La Amazonía de Iquitos es una tierra de terrazas aluviales pleistocénicas, de llanuras meándricas y de áreas inundadas. Una región a la que se ajusta bien el ingenio de Geertz (refiriéndose a los Tristes trópicos de Claude Lévi-Strauss): un hinterland olvidado, a un paradigma de exoticidad (Geertz, 1989: 142) ensamblado en una pobreza patética y en la encrucijada de tres fronteras (Perú, Brasil, Ecuador). Es un mundo impreciso que se abre hacia otro mundo más impreciso aún: la selva y sus gentes de multitud de lenguas y de pasado nebuloso. En el fondo, el petróleo y el narcotráfico, la globalización y la desesperada apertura de mercados, la vida, el hacinamiento y la muerte en Belén.
Maynas fue el territorio del Alto Amazonas a partir de 1638 y este nombre conmemora a uno de los tantos pueblos belicosos, que residían a lo largo de los cauces y quebradas de agua del gran río. Es un país de sol que lastima y de estrellas que habitualmente no se ven. En el lenguaje común, la población establece diferencia entre la Tierra Firme y la Várzea. En aquélla el bosque es alto y frecuentemente el agua escasa y hay que obtenerla a través de pozos profundos. En el valle inundable, el bosque se vuelve compacto y de difícil penetración, en la Várzea – que son las tierras de aluvión fértil – en cambio, se ubican los cultivos típicos del trópico: mandioca, banano y arroz.
En la nomenclatura vernácula, los caseríos son o “nativos” o “ribereños” bajo la improbable distinción entre aborígenes y “mestizos” aunque el modo de vida es idéntico. Sin embargo, los primeros tienen todavía sus lenguas y sus linajes imprecisos, su ideología de parentesco y de brujería.
En términos generales, todos los aborígenes fueron re-localizados en la época del caucho; ella está presente en los relatos de las historias de las familias que viven en el Napo, en el Ampiyacu, en el Yaguasyacu. Un número importante tenía patria en el Putumayo, en Colombia. El desarraigo forzado ocurrió cuando el látex era requerido por las insaciables bocas de las fábricas de autos a fines del siglo diecinueve y de comienzos del XX. Un alud de extranjeros y de peruanos serranos y costeños construyó casas y compró fundos caucheros buscando y haciendo fortunas y malgastándolas con suma rapidez. En 1911 esa economía de trabajo forzado y de expoliación de la selva se derrumbó: los ingleses llevaron las plantas a Malasia y la empezaron a producir más barata con trabajo forzado en aquel rincón del planeta.
Caseríos nativos y caseríos ribereños poseen la misma factura: son un conjunto de viviendas de palma pona, de forma rectangular y aireadas, que descansan sobre postes hundidos en el agua cuando la creciente avanza silenciosa pero sostenidamente. En general, se disponen contiguas y paralelas a la orilla, en una superficie limpia de la maraña de hojas y troncos por la quema. Levantadas en el concierto del trabajo solidario de la minga, limitan con el bosque siempreverde. En algunas, con un plantío pequeño de coca.
Las chacras de yuca (la mandioca) y de banano, frecuentemente, se alcanzan en bote porque ellas se encuentran río arriba o río abajo, en las afueras del caserío. Una vez por semana (o menos) llega el regatón (o la regatona) para canjear o comprar productos del monte y la escasa artesanía en fibra de chambira y dejarles pantalones, remeras o, jabón o sal.
En cada poblado nativo existe una escuela con un maestro bilingüe, también nativo. Una radio regional es activada en la madrugada por el jefe (el cacique) para llamar a la gente al trabajo. Este medio emite un mensaje moral basado en la laboriosidad y la espiritualidad religiosa. En pocos minutos, las mujeres empiezan a deslizarse hacia la quebrada o hacia el aguajal para lavar los trastos de la cocina, para acarrear agua hacia la casa, para lavar a los niños y para encender el fuego de la mañana. Reparten masato (con el cual alimentan a niños y a grandes, a bebés y a muchachos). Con ese ligero desayuno salen a buscar comida a la chacra, a la cocha o al monte; con esta actividad se va todo el día. Todas, en cada casa, tejen sin apuro bolsas, hamacas y pulseras de chambira para satisfacer el canje con el regatón, muelen el pijuallo para el masato y preparan las tortas de harina de yuca. Los hombres, por su parte, deben repartir el tiempo entre la caza (con escopeta) y la pesca. Cuando consiguen majá o mono, hay fiesta.
De lo que se trata es de no caer en la trampa del daño. Una mirada intensa, un deseo de mal o el enojo tendrán, fatalmente, una víctima de la brujería, un dolor de cabeza, una sensación de enfermedad. Sólo quedará la posibilidad de tirarse en la hamaca y dejar que pase el tiempo o pedir al visitante ocasional alivio para la malaria endémica.
El Estado peruano parece lejano e indiferente. Pero los nativos votan, así es que en las comunidades suele haber un gran cartel que publicita las obras: una senda de cemento para unir a las casas en tiempo de lluvia y salvar a sus habitantes del barro (generalmente rota o fracturada por la presión de la creciente), baños sostenidos sobre pilotes, con puerta y excusado (generalmente inútiles en un paisaje donde la vegetación abigarrada pone a uno fuera de las miradas); escuelas de una o dos aulas a lo sumo. La cancha de fútbol es obra de la gente y en ella juegan los muchachos una buena parte del día. El fútbol los inserta en la mundialización y los hermana a los lejanos hinchas de Lima o de Quito e incluso de la Argentina porque aquí se ven las camisetas brillosas de algunos de sus clubes más notorios. Proliferan los Diez de Maradona y a pesar de la atmósfera húmeda y pesada, las piernas flacas y jóvenes corren sin par, atajan la pelota y hienden la existencia amazónica en una edad previa a probar suerte en Belén y en los suburbios del mundo. Lejos del cielo.
Chaumeil, J. Y Chaumeil, J.P. 1979 Chamanismo Yagua. Amazonía Peruana, vol. II, nº 4, enero: 35-69.
Dagget, J. 1991 Dilemas que se presentan en los primeros contactos con un grupo étnico aislado. Amazonia Peruana, tomo XI, número 20: 49-64.
García Sánchez, J. Y N. Bermex de Fälen 1994 El río que se aleja. Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía Peruana (CETA), Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana. Iquitos.
Geertz, C. 1989 El antropólogo como autor. Piados. Buenos Aires.
López Vinatea, L. A. 2000 Plantas usadas por shamanes amazónicos en el brebaje ayahuasca. Universidad Nacional de la Amazonía Peruana. Iquitos.
Martín Rubio, M. del C. 1991 Historia de Maynas, un paraíso perdido en el Amazonas (Descripciones de Francisco Requena) Ediciones Atlas. Madrid.
Prescott, G. 1967 Historia de la Conquista del Perú. Editorial Schapire. Buenos Aires.
Ríos Ramirez, A. 2000 De bellas y brujos. Relatos de la selva. Nantu Editores.. Iquitos.
San Román, J.V. 1979 Visiones, curaciones y “brujerías” (hablan los shamanes). Amazonía Peruana, vol. II, nº 4, enero: 3-4.
Taussig, M. 1987 Cultura del Terror. Espacio de la muerte. El informe Putumayo de Roger Casement y la explicación de la tortura. Amazonía Peruana, vol. III, nº 14, mayo: 7-36.
[1] Se trata de miembros de las comunidades indígenas que el Instituto Lingüístico de Verano elige como intermediarios en la transculturación ya que éstos ya han avanzado en el tránsito hacia las costumbres occidentales.
[2] Es decir, de quienes tienen a su servicio trabajadores indígenas y con quienes arreglan formas de trabajo sin remuneración monetaria.