ANTI SUYU: Una de las cuatro partes del Perú / ANTI: O anteruna, el indio hombre de los Andes   

Publicación del Centro de Investigaciones Precolombinas (CIP) - ISSN 1515-2804

PATRIMONIO NATURAL Y CULTURAL DE LA AMAZONÍA PERUANA

PRIMER CONGRESO EXTRAORDINARIO DE DEFENSA DEL PATRIMONIO CULTURAL Y NATURAL DEL PERÚ (Cusco, 17-20 nov.)

P. Joaquín García, OSA
CETA, Iquitos

Llegué a Iquitos hace más de tres décadas. En medio de la sensación de haber descubierto aquella isla complaciente, relajada como una boa en la inmensidad verde, algo me perturbó, dejándome en la sensibilidad una extraña desazón, un vago sentimiento de miedo. Por un momento tuve la visión fantasmal de que un huracán como el Mitch hubiera pasado por aquel remoto rincón de fantasía, y que algún día, con el tiempo, pudiera volver. Tres hechos me inclinaban a ello.

El primero es que me encontré con espacios vacíos donde, me contaban las gentes, se levantaban elegantes casonas de un cercano pasado señorial; que se había destruido gran parte del patrimonio arquitectónico singular, donde se acumulaban años de experiencia en el trato con el clima tropical, y se habían constituido inmuebles en una hibridación fecunda entre el modernismo a fines del siglo XIX y las condiciones ambientales del clima tropical. Todo en función de una falsa modernidad, un modo pragmático de entender el desarrollo como crecimiento económico sin rostro humano, y una reproducción de los modelos vigentes en los que se consideraban los países avanzados. En realidad la mentalidad común era la misma que llenó de fiebre y quimera el alma de los caucheros en la época de oro. Pero esta vez, se había agudizado con las propuestas de ocupación amazónica del gobierno de Belaúnde Terry y los distintos incentivos tributarios de los sesentas.

Un segundo hecho aumentó en mí el asombro. Había hasta hace pocos años en el Jirón Próspero una librería, la única, que había ido cobrando empaque con los años. Techos altos, olor a papel pasado por el tiempo y la humedad, estantes de curada madera de aguano semivacíos con libros sin el canto cortado, era uno de los lugares más universales de la ciudad. Decían las gentes que era como Roma, por donde pasan todos los caminos del mundo. Fundada por un viejo migrante español, combatiente entre los últimos de Filipinas, que arribó a nuestra ciudad hace cien años surcando el Amazonas en busca de fortuna. En su habilidad por descubrir espacios para ganarse la vida, había hecho cuanto oficio imaginarse puede: barbero, empresario, librero, fotógrafo y cineasta, concejal y regidor; había traído  no se sabe de dónde hasta este punto lejano del mapa los primeros omnibuses, e, incluso, había cruzado su mente la pintoresca iniciativa de plantar las primeras parras en los patios abiertos de las casonas hace más de 90 años, y abrir avenidas cubiertas de jardines en el centro como las ramblas de Barcelona. Curioso y ordenado, había agregado a sus archivos fotográficos el de otros tres célebres artistas españoles de aquel tiempo: Lira, Almenara y Gil. Sus hijas, dos inconfundibles damas gallegas a quienes la morriña ha hecho regresar a pasar los años del retiro en las rías bajas de su tierra, hicieron lo posible por salvar aquella nada despreciable cantidad de negativos de vidrio que guardaban en su misterio las imágenes fantasmales de un mundo desvanecido en el tiempo. Biblioteca Municipal, Instituto Nacional de Cultura, todo en vano. No había dónde ponerlo. Intentaron de nuevo. Tal vez no se hubieran dado cuenta, tal vez no hubieran entendido lo que significaba aquel caudal. Estéril intento. De buenas a primeras decidieron arrojar a las turbulentas aguas del Amazonas cinco cajones de imágenes que reproducirían hoy la vida local de tiempos de esplendor. Allí abajo, en alguna vuelta del caudal deben buscar oxígeno aquellos rostros ahogados por el lodo, como un enterrado vivo.

Un tercer caso vino a confirmar mi presentimiento. El Oriente había sido el primer diario que circuló por la entonces diminuta ciudad de poco más de siete mil habitantes, fundado por el primer intelectual orgánico que comenzó a codificar con un razonable buen nivel literario las primeras estampas amazónicas y nos dejó otras latitudes del Perú y el mundo. Se llamaba Jenaro Herrera y había hecho un derroche de pasión y entusiasmo en colocar los fundamentos de una amplia cultura regional. Las páginas de aquellos periódicos desaparecieron víctimas de la incuria en un inevitable proceso de destrucción del papel en la década de los cincuenta.

Lo de hechos del 24 y 25 de octubre de 1998, casi ayer, demuestran que mi piel no se equivocaba. En el vandalismo desatado por un grupo de jóvenes, la aciaga tarde del 24 de octubre pereció entre las cenizas, lo único que restaba de la memoria de un pasado que casi se alcanza con la mirada: el Archivo Regional, con tanto esfuerzo, desventura y cariño acumulado durante más de siglo y medio de existencia política, se consumía en pocos minutos. Era aquello como la destrucción en un minuto de un árbol que ha costado a la naturaleza decenas de años.

Los cuatro hechos merecen una criptolectura. ¿Por qué? ¿Una mala memoria? ¿Desprecio natural a un pasado, que el inconsciente colectivo sintió amargo? ¿Pretender olvidar? Me desconcierta, me angustia, no dar con la llave que me ayude a entender cuál ha sido el origen de este perturbado sentimiento colectivo

Intuyo que intervienen aquí complejos procesos psicosociales donde se cruzan y confunden lo real y lo imaginario, lo simbólico y lo memorial, mucho más vinculado a los atavismos telúricos que a las formas y expresiones del sistema cultural dominante. Más allá de las circunstancias concretas que dieron cauce a la destrucción, hay una latente resistencia cultural de toda forma de imposición del Estado, máximo vigía y cuidador del discurso occidental.

La experiencia de tres décadas me ha enseñado que en este mundo insular y lejano se mantiene, en la cultura vigente, un discurso paralelo: en la superficie, lo formal, propio de la sociedad oficial, alentado por los frentes de expansión del aparato público, que funciona en los niveles públicos de las relaciones; debajo, el discurso telúrico subterráneo vinculado a la tradición étnica ancestral o marcado por las alucinaciones de un contacto con el torrente enervante de vida en que se inunda, que va sedimentando y transformándose como lo mítico latente.

Confirman esta tesis algunos hechos comunes en la gran ciudad que, en principio, se supondría las más radicalmente secularizada y modernizada. Un caso, por ejemplo, es el de los shamanes, que en el circuito urbano alcanzan la nada despreciable cifra de más de un centenar. Tienen los mismos rasgos y perfiles que los ayahuasqueros de la tribu o que los ribereños. A sus tambos acuden toda suerte de pacientes, sin distinción de edad ni condición. Y no es precisamente porque su demanda suponga un costo inferior, sino por la creencia de la enfermedad, la desgracia o la muerte misma están relacionadas con fuerzas superiores más allá de la racionalidad de lo tangible. Otro tanto sucede con los “pelacaras”, versión amazónica del “pishtaco” andino, que emerge periódicamente después de incubación en forma de una mitificación simbólica de la dominación, con variadas versiones y matices que evolucionan conforme a los adelantos de la ciencia, desde la que atribuye a la manteca del rostro unas capacidades especiales para engrasar los pistones de los aviones o para servir de combustible de los cohetes que ponen en órbita los satélites que alcanzan el mundo sideral. Lo permanente es que siempre son “gringos” los que realizan esta misión, y que siempre vienen a cubrir las demandas de los Estados Unidos. Hace poco más de una década los habitantes de una población de la ribera del Amazonas fondearon a una pareja de turistas alemanes. Otro tanto podemos decir de la Anaconda que, vía internet recorrió el ciberespacio, o de los hechizos propios de mujeres, etc. Hay un miedo íntimo incluso en quienes tratan de aparentar que no creen, porque “pudiera ser verdad”.

Naturaleza y cultura: dos caras de una misma moneda

En un sentido más amplio y general, la cultura viene a ser el resultado de las relaciones del hombre con su medio, el diálogo permanente e interactivo de un grupo humano con el mundo que le rodea, que va generando conocimiento en todas las dimensiones: productiva y tecnológica, social, simbólica, espiritual, etc. “En un determinado espacio, dice Nicole Bernex; queda escrita la historia de un pueblo”. En un valle tan duro como de Cuzco decidieron los incas construir la ciudad imperial, adecuaron la arquitectura teocrática al paisaje alucinante de las alturas de Machu Picchu o levantaron, Dios sabe cómo, las gigantescas murallas de Sacsayhuaman, o las indescifrables construcciones de Ollantaytambo.

La realidad no existe más allá de la conciencia y la conciencia no es capaz de ser tal sin la expresión de los objetos que le circundan. Tenemos que aprender a ver y este aprendizaje desarrolla una dinámica entre ambos polos en permanente dialéctica. La división entre naturaleza y cultura, entre el patrimonio natural y el cultural, es meramente formal. En la práctica no es posible separarlas. En el texto bíblico, el hombre pone nombre a las cosas y a los animales (Gen. 1, 19-21). Cuando aplicamos el nombre a las cosas estamos atribuyéndoles ya la calificación epistemológica y lingüística que les da nuestro modo de percepción.

De aquí la identidad esté inseparablemente vinculada a lo territorial. El grupo social estará fortalecido con una asertividad tanto mayor cuanto sea su vinculación al propio espacio. No en vano las poblaciones indígenas del mundo mantienen tres reivindicaciones fundamentales para su pervivencia étnica: tierra y territorios, a lo que necesariamente vienen articuladas la cultura y la autonomía. Esto sería lo que los antropólogos en términos genéricos entienden como núcleo ético mítico o núcleo duro.

La fuerza de la diversidad

Una de los paradigmas del Perú al tercer milenio será su megadiversidad. Diversidad de género, diversidad generacional, diversidad de formas de entender el mundo incluso en ámbitos culturales homogéneos, a partir de los conceptos de las ciencias de la naturaleza (biodiversidad, ecodiversidad, etnodiversidad), constituyen la base instrumental para el cambio del método en la visión e interpretación del mundo. Las mayores riquezas del Perú son sus espacios, ecosistemas, especies, genes y pueblos, que han sido históricamente reprimidos bajo criterios coloniales, incapaces de contemplar “enciclopédicamente” el universo. El nuevo rumbo es la generación de un pensamiento unificador desde la complejidad. “Una ciencia del hombre postula una ciencia de la naturaleza, la cual a su vez postula una ciencia del hombre” (Morin:1993).

La dificultad mayor es la imposibilidad de manejar lo diferente y complejo desde lenguajes y conceptos unitarios, cerrados y, por ende, individuales. Es preciso crear nuevas epistemes, elaborar otros lenguajes, que nos ayuden a gestionar las diferencias. Como veremos más adelante, la concertación requiere una capacidad de unir y armonizar hasta lo contradictorio.

Utopías y cultura en el Estado-Nación

Una realidad incontestable es que los pueblos del Perú no se sienten representados por el Estado, y encuentran una salida de sobrevivencia en la informalidad, el “criollismo, donde evadir la ley es proeza y someterse a ella, debilidad” (Conferencia en CADE 98, en Piura). Siguiendo la línea del dualismo griego civilización-barbarie, el Estado ha inventado una historia imaginaria, su historia, en categorías y valores orientados a darle consistencia, y, en torno a ella, ha creado una nueva identidad que absorbe a los pueblos dispersos que lo integran, para construir uno solo. Un himno, una bandera, un patriotismo global, que ignora lo local para perfilar una identidad nueva. Poco a poco va creciendo el proyecto nacional sustentado en el conocimiento científico occidental (modernidad) y en el nacionalismo político.

Antonio Cándido observa la dinámica cultural de los países latinoamericanos y constata que se desarrolla en diversos momentos. El primero es de “exaltación patriótica ingenua y peligrosa”, que él denomina ufanismo, o “nacionalismo ornamental”, que excluye de la nacionalidad al indio, al negro, al pobre, y anticipa una política cultural. Le sigue a este momento, cargado de excrecencias xenófobas, un “nacionalismo pesimista”, que mira a lo propio con sentimientos de subestima y se considera incapaz de desarrollarse con creatividad en los diversos campos, y especialmente en lo productivo. Es lo que algunos autores peruanos han llamado el “síndrome colonial”.

En el primer momento, lo autóctono, el saber popular, pasa a convertirse en algo folklórico que debe conservarse, incluso convertido en símbolo de la “tradición”, pero sin permitir que se aleje del proyecto nacional, y haciéndole formar parte representativa de cómo nos imaginamos que fueron nuestros antepasados sin que nos sintamos identificados con ellos ni en la realidad ni en el deseo. Es un discurso o sentimiento típicamente mestizo, que galopa cautivo y desgarrado entre lo que pretende ser y no logra, y lo que quiere olvidad y no puede. Se impone, pues, en un tercer momento, un necesario equilibrio.

El Estado, cuyo deber es alimentar la dinámica viva del patrimonio simbólico y del conocimiento popular, dedica sin embargo la orientación de las políticas y gran parte de sus recursos a la conservación museológica de un pasado muerto.

Esta, sino incorrecta sí insuficiente, nos ayuda a:

* Poner en debate las políticas patrimonialistas frente a las políticas culturales.

* hacer ver que se deben dedicar más recursos humanos y financieros a las formas contemporáneas de cultura que ala conservación del pasado que no está vivo en el presente. La idea del museo almacén del siglo XVIII se transforme en algo mucho más dinámico que aliente la identidad actual de los pueblos.

El patrimonio histórico y cultural de un país, que se conserva en los edificios, monumentos y obras de arte, y en los museos, es orientado por una determinada política estatal y consecuencia de una determinada visión de la realidad, y la selección consecuente. La cultura de nuestras independencias tiene una serie de paradigmas, batallas, héroes, leyendas y anecdotarios que se reproducen en determinados modelos tendientes a consolidad los estados que, como tales, no tenían otra identidad que la tradición administrativa de la Colonia.

Naturaleza, patrimonio cultural y estado

De todos es conocido el drama de Shakespeare “La Tempestad”. Próspero le insiste a Kalibán más o menos así: “Eres un ser miserable. Nada tienes propio. Incluso la palabra que pronuncias la has recibido de mí. No tienes futuro.” Pues bien: el reto de construir el desarrollo pasa por conquistar la palabra propia, nueva, distinta, creadora. Ese verbo que tienen el poder de crear y hacer vivas las cosas. Una cultura alienada no puede generar un desarrollo sólido y consistente.

La cultura autónoma se distingue de la asumida en que el individuo o el grupo tienen pleno control sobre los componentes culturales involucrados, y, por ello, capacidad para producir o reproducir creativamente las formas culturales. La cultura asumida sólo puede ser objeto de consumo, y viene a convertirse en un objeto congelado, inerte, sin fuerza creadora y transformadora de la realidad. *

La propuesta de política de los estados define una cultura propia, la oficial, y cierra la salida a culturas diferentes. Así por ejemplo, la macrocultura del Perú, o cultura dominante, está signada por el idioma español; el quechua es la lengua dominada, que no tendría posibilidad de supervivencia. Las expresiones artísticas diferentes, o son consideradas retrasadas o subversivas, o se les incorpora, en su dimensión floklórica, para fines conservacionistas y turísticos. Hay una expropiación cultural. En que sentido los frentes de expansión más demoledores de las diferencias son la educación, la ciencia, las tecnologías, que transforman la visión y los modelos, cambian los hábitos de consumo y trastocan cuanto afirme la identidad.

Patrimonio natural, tecnologías, arte y artesanías

El patrimonio natural viene constituido por el espacio vital en su geografía. Clima, relieve, suelos, subsuelo, aguas subterráneas, aguas superficiales, mar, flora, fauna, grupos humanos, latitud, y altitud, constituyen las riquezas naturales del Perú. Los recursos son una derivación de las mismas (petróleo, minería, pesca, producción agrícola y ganadera, etc.). Una de las características más sobresalientes del Perú es la megadiversidad que lo inunda, que resumiríamos en el siguiente cuadro:

 

NÚMERO DE ELEMENTOS

ORGANIZACIÓN DE LA BIÓSFERA

MUNDO

PERÚ

AMAZONÍA

Reino, Región

Bioma, Provincia Biogeográfica

Ecosistema, Zonas de vida (1)

Especies de la flora (Plant. Sup.)

Especies de Mamíferos

Especies de Aves

Especies de Reptiles

Especies de Anfibios

Especies de Peces

7

227

120

450.000

4.170

9.189

6.300

4.398

 8.000

1

8

84

17.144

361

1.701

297

315

797

1

2

31

7.372

263

806

180

262

697

Si a esta variedad agregamos las aproximadamente noventa agrupaciones indígenas andinas y amazónicas, a las que se deben sumar otras numerosas identidades que han ido llegando a lo largo de la historia colonial y republicana, tendríamos el arco iris más grandioso como para poder enfrentar los retos de nuevos paradigmas en el desarrollo sociocultural y económico de los diferentes espacios. Un variadísimo espectro de identidades se ha ido formando desde lo más lejano de la historia hasta nuestros días y sigue recreándose cada día. Lo más importante no es el patrimonio arqueológico en su condición material y calidad artística, sea por su antigüedad o por su valor en el mercado, sino el espíritu latente que fue capaz de crear una determinada forma o tecnología en la relación con el espacio productivo y simbólico. Lo importante son las estructuras, arquetipos y símbolos profundos que permanecen en el inconsciente colectivo. Existe en las formas de elaboración de las artesanías donde late el espíritu originario, que van desde los tallanes de Catacaos, a los pueblos cocamas de la Reserva Pacaya Samiria, desde las comunidades de los keros hasta las expresiones tan propias de agrupaciones no consideradas como aborígenes.

Se debe hacer un nuevo psicodiagnóstico y sociodiagnóstico con un enfoque cognoscitivo para redefinir hasta dónde laten aún en las distintas expresiones populares los elementos originarios, desde las tecnologías agrícolas, los viejos cultos a la naturaleza, las cosmovisiones simbólicas más profundas, las muestras de la religión popular en las celebraciones de los santos, los sistemas familiares y la prevalencia de cierto tipos de rituales de iniciación (Regan, 1994).

La interacción entre espacios naturales y formas de expresión artística, las tecnologías, muchas de ellas aún en uso, que corresponden a concepciones arquetípicas del imaginario, y que se inscriben en la narrativa histórica o legendaria, abren una riquísima veta al debate psicoétnico.

Urge diseñar nuevas categorías holonómicas, que definan el pensamiento que, trata lo complejo de modo complejo y múltiple, que aborden, al mismo tiempo, fenómenos concurrentes y complementarios, aunque antagónicos, y que respeten las diversas coherencias dialógicas y poligógicas. Hay que construir una ontología plural, partiendo de nuevas epistemes y hermenéuticas distintas.

Hábitat e identidades

Sin caer en los extremos deterministas de la sociobiología, podríamos afirmar que se da un alto grado de interacción entre el medo físico y la dinámica de una determinada identidad. Si es cierto en todo grupo humano, más lo es cuando se trata de un universo tan subyugante y complejo como el amazónico. Las ciudades imprimen su carácter determinado; los concentrados demográficos amazónicos son distintos a los andinos y adquieren incluso un color y una piel capaz de enfrentar desde el tórrido clima tropical hasta el frío de las alturas de los cóndores.

En las poblaciones amazónicas, el poder de absorción del hábitat en tan fuerte que en una o, a lo más, en dos generaciones, aun los que han ido llegando de lejos, se van convirtiendo en su modo de asumir el espacio en verdaderos nativos. Colombia ha acuñado un vocablo que grafica: enmaniguarse. La historia lo confirma: los inmigrantes sanmartinenses o europeos que llegaron en la época del caucho, quedaron anclados a la selva baja de modo natural con la caída precipitada de su mercado. Fueron absorbidos por el medio, asumiendo sus valores, y dejándose dominar de la fuerza magnética del bosque y el río. El proceso comienza por adaptarse a la cultura material nativa, incorpora las tecnologías en uso y acaba siendo diluido en el imaginario simbólico y mágico del mundo circundante. Caso similar de los últimos años es el de los Israelitas del Nuevo Pacto Universal, que, desconociendo esta realidad que les desborda aplican implacablemente tecnologías agrarias del mundo andino de donde procede la mayoría. La agresión a la selva, produce en ella una reacción de negarse a la fertilidad, como una mujer ultrajada, y provoca reacciones de descontento por parte de los naturales asimilados armónicamente al hábitat. Los observadores aseguran que, de no dejarse absorber por el medio y su espíritu, morirán de inanición.

La interacción entre naturaleza y hombre, entre lo natural y lo cultural, tiene en el mundo urbano de la selva una especial connotación. Existe allí un doble discurso, aparentemente incompatible de concebir el mundo: por una parte lo telúrico, lo ancestral, lo vinculado a los ecosistemas, lo mágico; por otra, lo formal y lo oficial, la cultura de la “sociedad nacional”, que se impone y oculta lo profundo. En este tenso paralelismo de un discurso represivo de toda diferencia por parte de la cultura dominante, y, otro el de la cultura dominada que resiste a la imposición, se producen periódicamente desfogues, fruto de choques de creencias incompatibles: explosiones populares, destrucción de todo aquello que de algún modo represente la dominación. “Pusangas”, filtros, shamanes urbanos, yacumamas, y “pelacaras”, son períodos de crisis internas donde el inconsciente colectivo se resiente.

Globalización y patrimonio

La globalización ha sido un hecho sorpresivo. Ha llegado tan de repente como un alud. El avance de las comunicaciones ha ido borrando las fronteras y ha hecho que las economías sean una sola. El poder de las imágenes de los países desarrollados extiende su brazo hasta el último rincón del bosque, a la tribu más escondida de la selva. Los indígenas demandan incorporarse a esta modernidad, integrando su economía a las economías nacionales y mundiales.

Pero el problema comienza cuando pensamos qué va a ser de las identidades. ¿Qué destino tendrán los valores y principios éticos que las definen y caracterizan? ¿Se diluirán, se irán haciendo más híbridas, o se quedarán en el pasado? ¿Tendrán capacidad de reacción para regenerarse y reinterpretar los impactos de la civilización occidental?

A pesar del temor que hubo en un primer momento, cada día se abren imprevisibles horizontes para las diferencias culturales y patrimoniales. A medida que avanza la globalización, y el universo toma forma de aldea acontece la fragmentación;  crecen los megaestados y los bloques, pero emergen las nacionalidades. Pierde fuerza el Estado-Nación y se desarrollan las identidades hasta en los ámbitos donde pretendería que la uniformización hubiera sido incontenible. Las macrópolis latinoamericanas, en contraste con las ciudades menores de otras partes del mundo desarrollado, se convierten en el reflejo y compendio de todo un país, generándose ghetos culturales e, incluso, lingüísticos que se defienden de la agresión uniformizadora.

Además de las identidades que mantienen un genio común vinculadas a un determinado espacio, se da también progresivamente una desterrito-rialización de las culturas  que perviven (caso del pueblo judío), fuera de los lugares determinados con expresiones culturales híbridas y sincréticas, donde cada identidad se reconstruye y recrea en las formas más variadas. Darcy Ribeiro llamó a esta interacción dinámica, transfiguración étnica.

Si la fuerza capaz de impulsar el desarrollo es el conocimiento, esta interacción dinámica lleva consigo la potenciación de las posibilidades y la generación de muchas alternativas de desarrollo (diversidad), no basadas en criterios de crecimiento, competitividad y consumo, sino en una saludable calidad de vida que se sustente en la dimensión cultural de las identidades, enriquecidas en una dialéctica de interculturalidad. “La cultura puede considerarse actualmente como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan una sociedad o grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias” (UNESCO. Plan de Acción sobre políticas culturales para el desarrollo. Estocolmo,  abril de 1998).

La mayor riqueza de cualquier grupo humano está en su sabiduría acumulada, en el bagaje de sus experiencias y conocimientos. La homogenización tendería a eliminar toda forma de experiencia distinta a la occidental y a privar al futuro de la humanidad de múltiples salidas posibles al entrampamiento en que se encuentra, encerrada en un pensamiento lineal, que hace que haya adelantados y atrasados, blancos y negros, desarrollados y subdesarrollados, como lo sostiene el neohegeliano Francis Fukuyama, para quien habríamos llegado al “fin de la historia”. Distintos conocimientos, que tienen su fundamento en una determinada forma de relación con un hábitat, indican distinto tipo de respuestas a los problemas del mundo en sus dimensiones espirituales, culturales y económicas.

“Esta diversidad y este florecimiento de la multiplicidad de culturas que caracteriza a las sociedades centrales es el resultado, en gran parte, de los cambios recientes en el mundo de lo económico. Allí la diversidad –tanto la genérica en los animales y las plantas como cultural entre los pueblos humanos- se valora porque se la percibe como un banco de posibilidades de recursos potencialmente valiosos como fuente de utilidades para el capitalismo moderno” (John Durston, 1993).

La interculturalidad es, pues, el único camino posible hacia una vida social en paz en el Perú y en el planeta al trasponer el umbral hacia el tercer milenio. Más que la simple tolerancia y respeto a las alteridades, es la concertación de lo complejo la que se erige como único camino posible para la convivencia humana. “Poco a poco las ideas de tolerancia ante la diversidad, de democracia, de negociación de conflictos, ganan terreno” (John Durston, 1993).

* * * *

Los seres humanos forman un todo inseparable con el universo que los circunda, y son el resultado de una evolución que no cesa. La interrelación con el medio, “poner nombre a las cosas, significa crear cultura. La comprensión integral y unitaria del mundo, el universo complejo en que vivimos, es la única vía para poner sobre el desarrollo una mirada diversificadota, que, desde las diferencias, sea capaz de construir un nuevo modelo de sociedad, donde la afirmación de lo local, no signifique en modo alguno la negación de alteridad alguna de cualquier orden real y posible.

Lima, 16 de noviembre de 1998

 

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* Hay que reconocer que estos conceptos sin embargo están en una profunda revisión a raíz del desencadenamiento del proceso de globalización. Se viene comprobando que, cuando en estas condiciones las culturas interactúan en contactos íntimos sin precedentes, se hace ardua tarea en la práctica identificar en qué medida una cultura es alienada o autónoma.


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